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lunes, 26 de diciembre de 2016

Frío: Esteban Gandulfo

Frio

Ustedes quieren que yo les hable acerca del frío. Que yo recuerde… la primera vez que sufrí frío, en serio, fue cuando yo tendría unos siete u ocho años de edad. Descontemos ese breve frío en las manos y orejas durante la formación escolar mientras se izaba la bandera, el frío mañanero que ocasionaba los sabañones escolares no cuenta. Aquella vez fue toda una noche de frío. Estábamos en el Yeca.

El Yeca era el nombre de origen misterioso que tenía una casilla en las islas a las que íbamos con mucha frecuencia en el verano. ¿Cómo es que sentía frío en verano? Pues debe haber sido un frío inesperado y desubicado en el calendario, o tal vez fuimos allí durante las vacaciones de invierno. El Yeca era una construcción toda de madera con el techo de chapa.

Se encontraba en el interior de las islas del delta. Uno llegaba en ferrocarril hasta la estación terminal, y de allí había que remar unos cuarenta minutos por uno de los ríos principales, y después internarse en un zanjón hasta el corazón de la isla, donde con toda seguridad los terrenos eran mucho más baratos. En la planta baja no había nada porque se inundaba con frecuencia.

Solamente se erigían los pilares que soportaban la parte superior, que de este modo siempre quedaba protegida del avance de las aguas.

A decir verdad, en la parte inferior había algo, estaba una pequeña cocina, un depósito de leña y un retrete. A la cocina se la utilizaba poco y nada, sólo calentar agua para el mate en el primus, no recuerdo el olor del café por aquellos lugares. El depósito de leña protegía de la lluvia a una buena cantidad de ramas de ciruelos y duraznos producidos durante la poda de los frutales en el invierno.

De cualquier modo, la leña estaba siempre húmeda, cuando se lograba prender fuego siempre se veía que el extremo de las ramas exudaba agua o savia en ebullición. Era un fuego absolutamente inútil.

El retrete era para utilizar cuando las crecientes impedían llegar al baño del fondo, pero no eran tan altas como para que él también quedara sumergido. Realmente no recuerdo cómo dábamos rienda suelta a nuestros desperdicios las veces en que el repunte era bravo, cuando casi llegaba al piso superior.

La escalera que se iniciaba en el suelo limoso rodeado de maleza conducía a una pequeña plataforma, que a su vez conectaba con dos puertas correspondientes a un dormitorio muy pequeño con una cama matrimonial, y a otra estancia mucho más grande, con un enorme ropero y un montón de camas.

Aquella ocasión en que pasé mucho frío estábamos solo los cuatro, mi hermano y yo con nuestros padres. Mis padres dormían en el dormitorio pequeño y mi hermano y yo en la habitación grande.

El dormitorio pequeño era reservado para parejas. Lo ocupaban mis padres o Pascual Pastorino con su novia. Me da la impresión que Pascual Pastorino tenía cierta prioridad, porque en ocasión en que coincidía nuestra estadía con la de él y su novia, ellos tomaban el dormitorio matrimonial y nuestros padres compartían con nosotros y tal vez otros visitantes la gran habitación con camas amontonadas.

Yo no lo entendía en aquel momento, pero resulta obvio que el dormitorio matrimonial quedaba reservado para parejas que debían intercambiar palabras de amor, caricias y humedades. Tal vez no lo quería entender, porque si alguien me hubiera dicho que mis padres tenían actividad sexual allí a pocos metros, me habría parecido por parte de ambos una sucia traición.

El frío, ya lo mencioné, llegó durante la noche. Mi madre nos acostaba y nos daba las buenas noches y una golosina para que nos quedáramos dormidos.

Ella no seguía demasiado en serio las recomendaciones de los dentistas. Normalmente clavábamos el pico muy rápido porque los chicos estábamos extenuados después de recorrer los senderos de la isla explorando como nuestros héroes de los cuentos e historietas.

Los accidentes eran menores. Hundirnos hasta las rodillas en un barrial inesperado, herirnos las piernas con las hojas de paja brava, o caernos desde un ciruelo cuando nos dábamos una panzada de aquellos maravillosos frutos rojo oscuro, que le llamaban corazón de buey. Se ve que mi madre pasaba a verificar si nos habíamos quedado dormidos antes de acostarse ella misma, porque se acercó silenciosamente a nuestro dormitorio, y como no producíamos esa acompasada respiración típica del sueño, me preguntó:

― ¿Qué pasa que no te dormís, no tenés sueño?

―Tengo frío.

Por primera vez en mi vida tenía frío en el lecho, tanto que no me podía dormir a pesar de que estaba rendido. Yo no estaba acostado en una cama, sino en un catre de campaña. En aquél gran dormitorio del Yeca había algunas camas y dos o tres catres de campaña. Los catres de campaña de mediados del siglo veinte no debían diferir mucho de aquellos comienzos del siglo diecinueve, donde acostaban a los soldados heridos en los hospitales del frente durante las guerras napoleónicas.

Se trataba de un artefacto que estando plegado constituía un sólido bloque de hierro, maderas y lona. Para el armado, se iba abriendo y desplegando. Aparecían patas de madera en forma de equis con articulación metálica, Otras sólidas varillas de madera actuaban como separadores, y la lona, por la parte superior constituía el apoyo donde se armaba la cama con almohada, sábanas y frazadas.

Nosotros los chicos podíamos ver cómo los mayores armaban y desarmaban un catre de campaña, pero no podíamos hacerlo por nosotros mismos porque era una operación en la que íbamos a perder algunos dedos.

Mi hermano dormía plácidamente como un oso de Siberia durante el mes de diciembre y yo no podía conciliar el sueño. Los chicos, por lo general no sufren de insomnio, de modo que no tienen desarrollados trucos para caer, como se dice vulgarmente, en los brazos de Morfeo. La sensación de frío había desalojado completamente el sueño de mi mente.

Viéndolo a la distancia, uno piensa en lo terrible que debe ser que un niño no pueda dormir, no solo por frío sino también por hambre. Nosotros no lo podíamos imaginar entonces, como éramos sanos, protegidos y bien alimentados.

Sin embargo, mi madre debía pensar entonces que no me protegía lo suficiente porque yo seguía teniendo frío y ella no podía ir a dormir tranquila.

Mi madre verificaba que la puerta estaba bien cerrada y los protectores de las ventanas estuvieran en su lugar.

Las dos ventanas del dormitorio grande contaban con unas placas de chapa que las aislaban completamente, además de los paños vidriados.

Esas placas debían estar bien cerradas cuando venía de improviso un fuerte ventarrón.

― ¡Cierren bien todas las ventanas que se vuela la casa!

Ese era el grito imperioso cuando venía a dar su golpe el Pampero polvoriento. No me cabía en la cabeza como esa pesada casa podía salir volando, sin embargo los grandes aseguraban que era posible, que ya había ocurrido alguna vez.

Se ve que mi madre pensaría que yo no me dormía porque ella me estaba cargoseando, así que desaparecía por un buen rato. Y yo no me podía dormir por el frío, a pesar de que me habían colmado de frazadas.

Entonces yo estaba acostado en mi catre de campaña cubierto de abrigo, sabiendo que en cualquier momento mi madre se acercaría, como la madre de Proust cuando iba a dar las buenas noches al petit Marcel después de su velada con el señor Swann.

Mi madre se acercaba sigilosamente con la esperanza de que yo me hubiera dormido y no quería despertarme, pero yo no me había dormido a causa del frío que sentía. En una de sus visitas, ya más decidida a cortar por lo sano, me sacó de la cama, me hizo fricciones con alcohol por todo el cuerpo y me vistió con un sweater por encima de la camiseta con que estaba durmiendo.

Tal vez con la idea de incorporar calorías por dentro, me dio otro caramelo y me instó a que cerrara los ojos, pensara en una de las cosas más lindas que se me pudieran ocurrir y que se me iba a ir el frío y quedaría dormido.

Ahora yo no solo sentía frío sino también un poco de culpa por estar dándole tantos trastornos a mi mamá. Con los ojos cerrados traté de imaginarme un momento de calor.

Habíamos salido del Yeca e íbamos caminando por el sendero a lo largo del zanjón de entrada, luego cruzamos el puentecito de madera que atravesaba el zanjón y continuamos por un sendero a la vera del río.

Ahora el sendero iba elevado, por encima de esas defensas o taludes que se construían para proteger a las islas de las inundaciones. Llegamos al muelle de “La Querencia” un recreo al que nosotros no íbamos a pasar el día como lo hacía mucha gente sino a tomar prestado el muelle para descender por la escalera y meternos en el agua del río.

El agua era marrón claro, arrastraba limo de miles de kilómetros al norte, pero no estaba todavía contaminada por industrias o poblaciones. Era agua sucia pero a la vez limpia y refrescaba, ayudaba a sacarse de encima ese denso calor húmedo del verano en las islas.

Cuando pasaban las lanchas de la Interisleña o del Correo Caraguatá, la estela se nos acercaba como una blanda ola y nos elevaba despegando los pies del fondo fangoso del río. No podíamos ir al mar, a los balnearios de temporada, pero nos divertíamos de lo lindo con las olas de las lanchas en aquel río, abajo del muelle de La Querencia.

Me costaba respirar mientras trataba de dormir. Mi madre me había cargado con tantas frazadas, colchas, mantas y cubrecamas que tenía sobre el cuerpo un peso fantástico. Mi diafragmita de ocho años de edad tenía que hacer un esfuerzo considerable para que los pulmones pudieran tomar aire, elevando aunque sea un poco todas esas capas de abrigo.

Siempre que llovió paró, y todo insomnio, que no deja adormecerse a alguien por la razón que fuera, acaba con una persona dormida. A la mañana siguiente, con el desayuno y la actividad propia de los chicos el frío había desaparecido, yo me sentía bien, no estaba enfermo y ese largo ataque de frío seguía siendo una incógnita, pues ningún otro miembro de la familia lo había sentido.

Antes del mediodía llegó mi tío Horacio. Tío muy a la distancia porque era primo lejano de mi mamá.

― ¡Hola! ¿Cómo les va? ¡Pero qué bien! Toda la familia…

Nos habíamos acercado en grupo hasta el muellecito del zanjón porque estando amarrado nuestro bote, había que correrlo y hacer lugar para que Horacio pudiera pegar su borda a la plataforma y descargar sus cosas.

Horacio era uno de los dueños principales del Yeca y siendo comienzo de temporada además de la comida traía varias latas de aceite de linaza con el que se impregnaban los pisos de madera, dejando ese olor tan característico y penetrante durante los días de calor.

― ¡Qué bien que viniste Horacio! Te esperábamos ayer… ― Le saludó mi mamá.

― ¡No!... Si ayer se me hizo tarde, pero hoy me vine tempranito… tan lindo que está el día… y va a hacer calor…

Todos ayudamos a llevar sus cosas a la casilla, y cuando se intercambiaban las preguntas del caso, de cómo están todos, la salud, esas cosas, mi madre le contó:

― Estamos todos muy bien, pero anoche el pequeñito se moría de frío, casi ni pudimos dormir porque él no pegaba los ojos...

― Me parece que ya sé lo que pasó, y me parece que la culpa la tengo yo…

― ¡Pero Horacio! ¿Cómo podés decir eso?

― El chiquitín durmió en el catre… ¿No es verdad?

― Claro, durmió en el catre, si el hermano mayor es mucho más grande, a él le dimos la cama…

― ¿Y no le pusiste ninguna frazada debajo?

― ¿Debajo de qué, en el piso?

― ¡No mujer! Debajo de la sabana de abajo, si no, si no ponés una frazada debajo la lona es helada, te congela el frio que viene de abajo, aunque sea en pleno verano…

Mi mamá se quedó con la boca abierta y se agarraba la cabeza, ¡Cómo no había pensado en eso! Pero Horacio la defendía, entre los dos se disputaban la culpabilidad de mi noche fría.

― La culpa es mía porque dejé todas las otras camas paradas, apoyadas en la pared, es que el domingo le di una mano de linaza al piso y quedaron casi todas las camas paradas, y por eso vos utilizaste el catre…

Esa, que recuerde, fue la primera ocasión en que sufrí frio, y la tenía prácticamente olvidada. Después hubo otras, como aquella en que, también por la noche, me levanté muerto de frío a orinar y el agua del inodoro se había solidificado en un bloque de hielo ¡Dentro de la casa! Pero esas son ya otras historias.

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domingo, 7 de marzo de 2010

El Debut - Gandulfo

El Debut

Estéban Gandulfo

Las Golondrinas – Lago Puelo – Chubut

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Eran otras épocas, no como ahora en que todos los pibes saben de sexo como para aprobar un doctorado. ¡Y las pendejas! Ni hablar.

Yo era muy boludo. No, gracias, no creo que fuera tanto un problema generacional. Yo estaba especialmente atrasado. Todos mentían, por supuesto, hasta un momento en que la embocaban en serio, y dejaban de mentir.

A veces te contaban las cosas con tantos detalles que vos te decías, no, este tipo no puede estar macaneando. Cuando los del equipo fueron a correr en el Panamericano, Panamá creo que fue, volvían con unas historias que te sentaban de culo: dos minas con un tipo, ahora vamos de a cuatro, y de premio el que acaba más veces sin sacarla no paga… Se ve que allí el tema de los quilombos estaba bien organizado y las putas se daban un banquetazo con los deportistas recién llegados, con las pelotas que le reventaban de hormonas.

Yo mentía, por supuesto… sí, en el barrio hay una piba que se deja con todos, y bueno, yo también le doy… pero mentira, por poco yo ni sabía por donde se le arrimaba al agujerito. No, si yo ya era grandecito. Trabajaba de cadete en una agencia de publicidad, que llevas un original, traés un cheque, buscas la pauta… trabajo de cadete, pasar taxi y viajar en colectivo o darle a pata. Entró una dibujante, Ana María se llamaba la guacha. Se llama, debe seguir viviendo. Un poco más grande que yo.

Súper callada, tímida diría. El tema era que formábamos una pareja casi obligada. Ninguno de los dos tenía novio, y éramos los más pibes del grupo. Yo me sentía como un sapo torpe, feo y pelotudazo. Ahora veo las fotos y digo ¡pero si tenía una facha de matar! Pero las cosas son así, no son como son sino como las sentís.

Ana María estaba bastante bien. Buenas tetas sobre todo. ¿Querés creer que yo todavía no le había metido mano a una teta? Para colmo era la época de los corpiños súper-armados, reduros. Vos sabías que la mina tenía mucha teta, pero de la calidad ni hablar.

Podía ser un flancito delicioso, o podía ser una operada de mamas que el carpintero del barrio, fabricante de baleros, le había hecho un parcito de madera balsa para que no le pesen mucho.

Ana María tenía tetas grandes, y antes de palparlas al desnudo, vos podías tener la esperanza de que fueran suaves, blandas y tersas.  Buena figura, mala sonrisa, de esos que se tapan la boca cuando sonríen, ocultando una ventana o dientes marrones. A Ana María yo la espié un tiempo, porque no iba a planear nada con una mina con un buraco en la boca o dientes marrones. El problema era que, simplemente, la sonrisa no era linda.  O mejor dicho, tenía una carita que daba mejor seria que sonriendo, y como ella también debía tener su mambo, se tapaba la boca cuando sonreía. Decile al gallego que traiga otra cerveza, bien fría que esta ya está caliente.

¿Ves?, en eso los brasileros son capos, tienen unos termitos que meten la botella, perdón, la garrafa adentro, y la podés estirar media hora, una horita, y vas tomando cerveza siempre fría. No Ana María no era brasilera, bestia, estoy hablando de la temperatura de la cerveza. El plan mío, porque tenía un plan, no es que fuera ingenuo, sino que era retorcido, complicado y torpe. Yo te conté que de chicos íbamos siempre a remar.

Y de adolescentes le seguimos dando. El hecho es que de tanto andar curioseando habíamos descubierto una casillita a la que nunca iba nadie, y nos metíamos a boludear.

No me acuerdo bien si era en el Abra Vieja o en el Pajarito… ¡Alzeimer tu hermana! Pelotudo, ¿No ves que pasaron como cincuenta años? Aparte ¿Qué tiene que ver el nombre del río? Yo te estoy haciendo un análisis cultural acerca de la adolescencia y el sexo y vos te detenés en pendejadas que no hacen ni a la historia ni a los conceptos… ¿Por donde iba? Bueno, el plan era que yo me la llevaba al río, como decía Federico, que antes sí leíamos poesía, y la recitábamos, y no como ahora que leen nada más que mensajitos, y en medio de una romántica soledad, yo hacía mi debut con Ana María, sin que ella advirtiera mi inexperiencia. Era un feriado nuestro, el día de la publicidad, y ella había aceptado la invitación para ir a remar, aunque nunca lo había hecho.

Las complicaciones venían de entrada: Porque ella vivía en la zona Sur, yo en el Oeste, y teníamos que ir al Norte. No, ni auto ni moto. Nada. ¡Eran otras épocas! ¿O vos tenías auto a los diecisiete? Nos encontramos en determinado punto y de allí en tren, que en aquel entonces se podía tomar el tren a Tigre.

El comienzo fue divertido, porque todo el mundo iba a laburar, y nosotros como unos bacanes salíamos de farra. El tiempo no estaba demasiado cómplice con las actividades planeadas. Otoño, supongo, no me acuerdo bien. Problema número uno: Como yo era socio cadete en el club, no podía sacar invitados, así que Ana María tendría que abordar el bote de contrabando.

La dejé en un muelle de las inmediaciones, esperame que ya vengo, fui al club a los repedos me cambié de ropa y saqué lo que se llama un par de paseo. Un botecito chico y finito, con un punto que rema en un carrito mirando para atrás, y el otro sentadito enfrentándolo, mirando para adelante, y con un par de soguitas manejando el timón, que como yo no tenía timonel en ese viaje, ni había calzado el timón. Ya en el agua, tenía que remar hasta donde estaba Ana María, sin que me junara desde la rampa el ñato del club, que sinó me daba la cana.

El rio estaba desierto, una colectiva bien lejos, una chata cargando sauces pop pop pop acercándose de a poco, agua tranquila. Solamente el arrime por la escalera del muelle delató que Ana María no tenía la menor experiencia náutica. De esos que te escoran el bote solamente con el cagazo. Bueno, con ella a bordo empecé a pegarle despacito hacia boca del rio, como para que la chica se fuera acostumbrando y ganando confianza.

Pero el rio estuvo tranquilo no más de diez minutos. Empezó a soplar la clásica sudestada: Se achataron las nubes, bajó la temperatura y empezó a venir aire fuerte del sudeste. Esa fue mi primera oportunidad perdida. Tendría que haber dicho: Bueno, ya conociste lo que es esto. Como se pone feo mejor nos vamos al cine. Con lo que habría evitado todas las desgracias subsecuentes ¿No te digo que era muy boludo? Bueno, sobre la actualidad no emito opinión, estoy hablando del pasado.

Seguí remando y en menos de media hora estaba en la boca del arroyo, ya te dije el Abra Vieja o el Pajarito. Y ahí empezó a llover. Dentro de mi cadena de imprevisiones no le había dicho, traé ropa para cambiarte, así que ambos empezamos a mojarnos, yo con mi pantaloncito y remera y la ropa en el bolso, y ella con lo único que traía puesto. Por suerte la casillita estaba ahí cerca y llegamos enseguida. Eso sí, desembarcar otra aventura porque el muellecito era minúsculo, y de esos hechos con sauce verde que brota todo, era como atravesar el monte para salir del bote, lo aseguré con un cabito al muelle y nos metimos dentro de la casilla.

Era una de esas de madera, elevada sobre columnas también de madera, precisamente por las sudestadas como esa que estaba empezando. Chiquita, una mesa, dos sillas, una catrera… Lo primero, prender un cigarrillo, porque yo fumaba… Y, unos cuantos años después. Ella debe seguir fumando, ahora sonrisa marrón garantizada, no, nabo lo digo en joda, ¡Yo que sé! Gallego, haceme un favor, traete un quesito… Prendimos un cigarrillo y yo traté de encaminar la situación: Soledad, río, lluvia sobre el techo, intimidad… Parecía que las cosas se habían vuelto favorables. Pero no. Ana María estaba tiritando y le castañeteaban los dientes. Como yo había remado como un descosido ni me enteré de que había refrescado de lo lindo.

¡Y esa era mi oportunidad! ¿Te das cuenta Tano? Ahí tendría que haberle dicho: Pero no Mamita no tengas frío, sacate la ropa que tenés mojada que yo te caliento toda, y no me interesa que tengas los dientes negros porque yo empiezo chupándote el culo, ¡Que hoy estoy para cualquier cosa! Pero no, yo a mi me habían dado el Master de Pelotudo en Harvard y lo único que se me ocurrio fue darle una remera mía, seca, que tenía en el bolso, para que se pusiera.

Y lo único que hice fue mirar de reojo cuando se cambiaba. No debía haberse mojado mucho porque se dejó el corpiño, y sus tetas seguían siendo una incógnita. Che ¿este queso está bueno? Tiene gusto a papa hervida… Gallego, por favor, traete un salame, con gusto a salame de ser posible… ¿querés? ¿Dónde andaba? No comer, no me acuerdo…

Aunque yo debía de haber llevado algo, porque fui morfón toda la vida. Ponele que llevé un pancito, o algunas galletas, o un salamito, mejor que éste, y para que sea medio simbólico para la situación. Digo, la cosa fálica que puede tener un salamín. Imaginate la escena: Joven pareja en una cabaña, por la ventana se ve un juncal, comiendo pan y salame y mirándose lujuriosamente a los ojos. Bergman: Un poroto. ¿Te acordás? El tipo hacía una película inocente y un ejército de críticos argentinos encontraba una tonelada de símbolos que dejaba al mismo Bergman rascándose la cabeza. Antonioni, ni hablar.

Yo me la imagino más onda neorrealismo, porque esa casillita era bastante miserable. Tipo Rocco y sus Hermanos, en que Alain Delon ¿O era Renato Salvatori? no se podía lavar la cara porque se le había congelado el agua de la palangana. No ahí ni baño había, literalmente: Los yuyos. Bueno…

¡Esperá un segundo! Claro, terminamos en la cama. Vestidos por el momento, y yo, dentro de mi boludez, me animé y le saqué el corpiño. Las tetas, al tacto, eran bastante buenas. Tetas generosas, suaves, maternas. Estaba medio como para quedarse a dormir un rato, pero no, las hormonas y el amor propio hacían lo suyo, y era cuestión de arremeter. Pero no pude: Ana María me dijo que estaba muerta de frío, no pareció que estuviera mintiendo.

Hasta yo mismo empecé a sentir la baja temperatura. Esa fue la segunda oportunidad de cancelar el ataque y emprender la retirada. Pero no, además de pelotudo, cabezón. Me dije, vamos a calentar el ambiente. Había una de esas estufas rusas: Un tacho de metal con una puerta para alimentarlo y un tiraje hacia arriba.

El problema es que no había leña a la vista, así que tuve que salir. Al bajar pude ver que el repunte, porque le llaman así cuando el agua sube con la sudestada, venía a los piques. Encontré unos tronquitos y me metí en la casilla a encender el fuego.

No te cuento el laburo que me costó porque sinó se nos va la tarde, primero que no encendía, después que parecía un ahumadero de arenques y al final, la rusa encendió de lo lindo. Pero la cama estaba medio lejos de la estufa, así que nos levantamos y pusimos el colchón a una distancia prudencial de la estufa, como para que nos diera calor.

Ahí traté de montarme a Ana María, pero yo era como la luna ¿viste? La mitad helada y la mitad que quema. Si vos mirabas para la rusa, nos veías a los dos de perfil, como los egipcios, y la mitad del lado de allá que se achicharraba, y la mitad del lado de acá: congelada. Hice un par de pruebas: misionero, perrito, pero no hubo caso, no la embocaba.

Mejor dicho, promediando una de las posiciones perdí el equilibrio y en mi inconciencia me apoyé en la rusa: Un bife de chorizo me quedó la mano. Un olor asqueroso y un dolor que ni te cuento: agua, aceite, de todo le metimos a la mano, y tenía que volver remando: figurate que diversión la mía. No te voy a aburrir a vos ni hacer sufrir a mí, porque me acuerdo y todavía me duele. El tema es que decidimos volver, manoteamos nuestras pertenencias y subimos al bote, que para ese entonces ya se había elevado casi al nivel de la casilla.

No me preguntes como hice para remar en esas condiciones ¿No te dije Tano que no me preguntaras? La cosa es que volvimos al muelle donde había subido Ana María y ella se bajó y yo seguí al club a devolver el bote y cambiarme… Galleguito ¿no te traés unas aceitunas por favor? Entonces, en el vestuario me avivo que me había olvidado el Lee blanco.

Estaban de moda, eran blue jean que en realidad eran white jean. Unos pantalones caros, muy de moda, andá a saber si no eran importados ¡Verdes! Y unas papitas fritas ya que venís… Así que me tuve que laburar al tipo del vestuario para que me consiguiera unos pantalones, unos tipo buzo de gimnasia me prestó.

Así, todo ridículo y con la mano vendada volví a mi casa. No, no hablábamos casi nada. Ves esa era una virtud de Ana María, hablaba poco, y en una mina, eso vale oro. Digamos, una tetona callada… Al fin de semana me voy a buscar los Lee y estaban hechos mierda, llenos de manchas barrosas, lo peor es que tuve que explicarle a mi vieja, que era quien me lavaba la ropa, y que se esforzaba infructuosamente en volver a dejarlos blancos.

En la escalera los había dejado apoyados, mejor que se los hubiera llevado el río… Y bueno, seguía preocupado, el amor propio ni te cuento, si hasta pensaba si yo no sería medio puto, pero no, los tipos no me atraían, me gustaban las pendejas.

Finalmente debuté, pero fue más adelante, otra vez te cuento porque sinó me voy a quedar sin temas. El problema es que no estaba sistematizada la iniciación. Sin ir más lejos, en Samoa…

Bueno, sí es lejos. En Samoa los veteranos instruyen a los que se inician. Clases prácticas digamos. Entonces los que tienen experiencia, se acuerdan y todavía pueden, les enseñan a los que no saben y quieren como locos, porque los pendejos están que se salen de la vaina en todo el mundo. Si aquí fuera así, a mi me habría agarrado una madurita canchera, y yo no tendría esta cicatriz en la palma de la mano, y de paso, yo ahora podría estar dando clases con alguna potranquita…

¡A tus hijas no las voy a tocar! Quedate tranquilo… A tus nietas en todo caso… ¡Pará! Largá la botella, te imaginás el titular de crónica “Reyerta entre borrachos en el bar del club Brisas del Plata arrojó un herido de arma blanca” si es que una botella de cerveza reventada contra el piso puede considerarse un arma blanca.

Sí Tano, la próxima vez te cuento como pude perder mi virginidad. Ahora, si te acordás, contame las memorias de tu debut. Gallego, otra cervecita… Fría por favor.

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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Una muerte muy triste - Gandulfo

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Una muerte muy triste.

Esteban Gandulfo

Las Golondrinas - Chubut

Cuando llamé por teléfono para averiguar el horario de la ceremonia, me dijeron que a las dos de la tarde la llevaban para el cementerio. Y como ya era prácticamente el mediodía, decidí dejar pasar unos minutos antes de ir hasta el lugar donde la estaban velando, para después acompañar el cortejo.

Llegando a la chacra Los Aromos, enseguida vi que no iba a poder ingresar en la propiedad de los Galarza: Había varios vehículos detenidos frente a la tranquera. Y trasponiendo la entrada, se veían otros tantos a lo largo de la extendida alameda que conducía a la casa del fondo, donde con toda seguridad habría un montón de coches congestionando el sitio.

Estaba buscando un lugar donde dejar el auto sin que estorbara, para luego entrar caminando, cuando vi que varios automóviles venían saliendo lentamente. Uno de ellos era un furgón, del que descargaron un féretro, para trasladarlo al vehículo que encabezaría el cortejo. Cuando los empleados de la empresa funeraria cerraron la puerta trasera, Pedro se quedó unos segundos parado frente a la ventanilla, apoyando unos dedos en el vidrio, con toda seguridad tratando de hacer llegar una caricia a su hija. Yo me acerqué a él y nos abrazamos. ¿Qué podía decirle a un vecino amigo que acababa de perder a una de sus hijas?

Pedro volvió a su vehículo y la caravana se puso en marcha. Yo los fui dejando pasar a todos para incorporarme al final del cortejo, y pude ir viendo todos los rostros llorosos, apesadumbrados. Salimos lentamente por los callejones de Golondrinas, luego fuimos un corto trecho por la ruta 40 y de allí bajamos por la ruta de Cerro Radal camino al cementerio de Lago Puelo. Era una peregrinación interminable. Yo nunca había visto una fila de vehículos tan larga, que se perdía dando vuelta por detrás de la montaña.

La familia de María del Carmen, los Galarza, tiene muchas relaciones en el paraje, y los parientes políticos, los Hansen, posiblemente más, porque están radicados en la comarca desde un largo tiempo atrás.

A María del Carmen yo la había conocido muy ligeramente, durante algunas reuniones en la asociación vecinal. Con sus padres habíamos tenido bastantes encuentros, pero a ella la había tratado en muy contadas ocasiones. Sabía que estaba casada con Pablo, uno de los hijos de Laura y Ricardo Hansen. En la última reunión que la vi, se percibía levemente el embarazo, y me sorprendí porque no sabía que estaba esperando un bebé. María del Carmen se mantenía delgada y apenas si se le notaba la pancita. Escuché que a uno de los asistentes le comentaba que la fecha del parto era para unas pocas semanas más.

Después, a los pocos días, fue como un palazo “María del Carmen está en coma, la llevaron a Bariloche, tuvo un pico de presión en el parto, tuvieron que hacer cesárea, la bebé está bien pero ella no responde”

Estuvo sin dar respuesta alguna cerca de una semana. Se hizo todo lo que la ciencia médica podía y mucho más: Se rezó mucho por su recuperación, Giordania, experta en musicoterapia, tenía la esperanza de que María del Carmen escuchara algo, y se esforzó por transmitirle en el sanatorio, al borde de su lecho, su arte y esperanza. Todos esperaban un milagro, hasta que el equipo médico convenció a la familia de que no había posibilidad alguna de recuperación, y decidieron desconectar los equipos que la mantenían vegetativamente viva.

La gran caravana de vehículos ingresó en el centro de Lago Puelo, y se dirigió al cementerio. Cuando yo llegué, prácticamente el último de la fila, la concurrencia se había acomodado rodeando el féretro. El cementerio de Lago Puelo no dispone de una capilla para responsos. Hay una base donde se deposita el ataúd y alrededor de la cual se dispone el acompañamiento para escuchar las rogativas. Como había una cantidad de personas que se acercaban a dar sus condolencias a los deudos, yo fui hacia Laura, Ricardo, Pablo y Fernanda, les di un abrazo y murmuré unas palabras. La familia estaba destrozada. La repentina desaparición de María del Carmen era de por sí un golpe terrible. Pero además había que añadir que durante la última semana ellos habían alternado de la esperanza al desconsuelo, no habían dormido casi nada, tenían que ocuparse de la bebé huérfana de madre, habían tenido que ordeñar las vacas, entregar la leche, cumplir con las obligaciones de la granja que no se podían eludir, y para las cuales no disponían de personal. Yo no sé si en las condiciones en que se encontraban escuchaban las palabras del sacerdote.

El padre comenzó a hablar y a mí me costaba trabajo seguir sus palabras porque me estaba muriendo de frío. Había salido sin ropa adecuada, la temperatura había caído y estaba lloviznando. El cementerio está al pie del cerro Currumahuida. Mirando hacia arriba, se veía caer la nieve, que se depositaba en los cipreses altos, pero que al llegar a nosotros, ya estaba fundida en finísimas gotas heladas.

Todos estábamos muy tristes por la desaparición de María del Carmen. Pero María del Carmen había dejado su humilde casa, que no era más que una choza, su cuerpito, y ahora estaba ingresando en un palacio, que era la morada del Señor. El padre dio unas vueltas alrededor de esta idea, que yo no podía compartir. Tal vez la familia de María del Carmen, profundamente católicos, encontraba un consuelo en las palabras del cura.

De cualquier manera, estaba claro que todo el mundo la pasaba muy mal en esos momentos. Los más allegados debían sentir un dolor desgarrante en el alma, los otros, tristeza, congoja, sentimiento de rabia ante las injusticias de la vida. Pero además, los deudos estaban físicamente agotados, y todos estábamos sufriendo el frío y la mojadura.

En ese momento decidí que yo no haría pasar a los míos por una situación tan fastidiosa como aquella. Resolví disponer que mis propias exequias fueran sin velatorio ni ceremonias, reduciéndose a una sencilla cremación privada.

Así como fui uno de los últimos en llegar, partí de los primeros, con muchas ganas de llegar pronto a casa.

Ante un drama de la magnitud como el que acababa de sufrir una familia vecina, era difícil que en las horas siguientes, dejara de rondar la idea de la muerte: La desaparición física de las personas. Yo recordaba que mi primera experiencia referida a la muerte de un ser humano había sido el fallecimiento de mi abuela materna. Yo tendría unos tres años de edad. Para justificar sus propias lágrimas, mi madre me dio una explicación naturalista respecto a la desaparición de la abuela Matilde Rossi. Poco después, yo me di cuenta de que en algún momento mi mamá también iba a morir, y me puse a llorar desconsoladamente. Ella le dijo entonces al niño que yo era en esos días: “No te preocupes ahora Esteban, falta mucho tiempo para eso…”

Unos cincuenta años más tarde sufrí la partida de mi madre. Muy dolorosa, pero cumpliendo en cierto sentido con “la ley de la vida”: Un anciano que se va dejando lugar a quienes vienen detrás. Yo no podía confortarme con el consuelo del hipotético paraíso del que podría disfrutar mi madre, una excelente persona, poco pecadora según las leyes de la iglesia; pero sí podía sentir la resignación de que se había ido después de una vida plenamente vivida.

A lo largo de muchas oportunidades en la infancia, había sentido ese ataque de congoja ante la certeza de la futura desaparición de mis padres. Durante la adolescencia y juventud, uno se siente tan lejos de la muerte que juega con ella haciendo deportes de riesgo, convirtiéndose en guerrillero lo que puede dar paso a una muerte heroica, o simplemente, sintiéndose inmortal. A la llegada de la edad madura, el tema se considera con mayor gravedad y uno piensa sobre cómo será la mejor manera de aprovechar el tiempo restante.

El párroco de Lago Puelo aseguraba que María del Carmen gozaría de la hospitalidad de la Casa del Señor por la Eternidad. En ese punto, yo no sólo sufría la ausencia de la Fe que me imposibilitaba aceptar la existencia del Paraíso, sino que tenía grandes dificultades para concebir el concepto de Eternidad. Mi pobre mente estrecha no podía imaginar la dimensión del tiempo más allá de una secuencia de hechos, épocas, años, eras, lo que fuera. Por otra parte, si todos los seres humanos que habían adquirido el derecho de ingresar en el Más Allá ya se habían acomodado, y en el futuro lo harían los siguientes ¿Qué dimensiones debería tener la Casa del Señor? Se me amontonaban las dificultades para comprender la extensión de la Eternidad, como las dimensiones del Más Allá, ya fuera morada de fallecidos justos o pecadores.

Pocos días después de darle vueltas al asunto sin encontrarle solución ni explicación, llamé a mi primo, brillante matemático, Guillermo Hansen para que me ayudara a lidiar con el concepto de infinito. Guillermo me confesó que a pesar de sus cátedras, conferencias, publicaciones, etc. él mismo tenía dificultades para aceptar el concepto de infinito. De cualquier manera, convinimos en que si se admitía la idea de infinito, cualquier número, dividido infinito, daba por resultado cero. Lo que se puede expresar en la siguiente fórmula: x ÷ ∞ = 0

Aplicando esta fórmula a la dimensión temporal, llegaba a que por ejemplo, dos horas, el tiempo de escuchar Tosca completa, dividido la eternidad, daba cero. O sea que si existe la eternidad, el presente no existe, es cero. Dando vuelta la ecuación, tenemos que reconocer que si aceptamos la existencia de un segmento temporal, por ejemplo, un día, el tiempo en que la Tierra da un giro completo, el concepto de Eternidad no puede considerarse como infinito, o hay que reformular la ecuación de mi primo Guillermo…

Durante bastante tiempo estuve empantanado con estas meditaciones, que me volvían a la cabeza cuando salía con Maggie a caminar por los bosques del fondo. En esas circunstancias, disfrutaba de la sombra oscura de los abetos, y vigilaba que Maggie no se perdiera por un sendero de aquellos que tienen trampa para liebres o zorros. Ya por segunda vez había tenido que liberarla de un lazo de alambre acerado apretado en su cuello.

Caminar solo por la montaña invita a la reflexión, y en muchas oportunidades contemplando las vacas de Ricardo y Laura allá lejos en lo bajo, echadas y rumiando, volvía a recordar a la pobre María del Carmen y su prematura desaparición. ¿Estarían cicatrizando las heridas de su marido y los padres? Volvía a filosofar sobre el concepto de Eternidad, que el sacerdote había dado por sentado en el responso. Curiosamente, pocos días después del fallecimiento de María del Carmen, enterraron cerca de ella a un miembro de la etnia mapuche. Ellos creen que el alhue del difunto, algo así como su alma, se eleva hacia el Huenú, que es un segundo cielo, que está más allá del cielo visible por los seres vivos. Algunos aseguran que el espíritu se eleva al tercer día de haber sido enterrado el cuerpo, lo que constituye una curiosa coincidencia con otras creencias. De ahí que los deudos muchas veces concurren o permanecen junto a la tumba por los tres días posteriores a la sepultura. Pero nadie dice nada respecto a la permanencia del alhue en el Huenú, la duración de la estadía.

Otros mapuches coinciden con que el espíritu del muerto va al más allá, pero no se eleva hacia el cielo, sino que lo hace por mar, y tan fuerte llega a ser la convicción, que el difunto no es colocado en un cajón sino en una canoa. Navega tras neblinas y finalmente llega a una isla donde se encuentra con los otros espíritus, que viven –si se puede aplicar este término a lo que hacen lo espíritus de seres muertos– viven durante la noche, y que durante el día se convierten en trozos de carbón. Los espíritus con los que el difunto se encuentra corresponden a los seres conocidos durante la vida, no a toda la humanidad, y la extensión de su permanencia en la isla no está determinada, por lo que no hay que estar torturándose para desentrañar el concepto de eternidad.

Muy probablemente este mito mortuorio se haya originado en el pueblo Mapuche original, ocupante de lo que hoy es el sur de Chile, donde hay tanto mar, y que aquellos que cruzaron la cordillera y se establecieron en los valles y estepa patagónica de lo que hoy es Argentina, hayan encontrado más natural creer en un más allá celestial, en esta tierra donde mirar hacia las alturas es siempre asistir a un espectáculo fascinante.

Yo había concurrido solo aquella tarde al sepelio de María del Carmen porque Elvira había viajado a Bariloche, y Lucas ni siquiera la conocía. Un par de noches después estábamos cenando los cuatro en casa, con Lorena, la novia de Lucas, y cambiábamos algunas palabras sobre el hecho. Yo era quien forzadamente debía hacer el comentario porque era quien disponía de más información. Más allá del relato, iba pensando que tal vez sería oportuno manifestar mi determinación de que yo no quería hacerles pasar frío, ni sufrir la tortura de la seguidilla de saludos y condolencias de gente que tal vez solo estaba cumpliendo formalidades. Aquella idea de no hacer velatorio, ni recibir amistades ni nada, cremación privada y punto. Estaba decidido a hablarlo, aunque temía que desentonara cierta solemnidad, en el momento en que cuatro personas estaban comiendo animadamente tallarines caseros con salsa boloñesa. Como en una de las hermosas fugas a dos voces de Bach, yo estaba conversando en voz alta respecto al sepelio, lo que conocía de María del Carmen, su trabajo en Los Aromos, la destilación de la lavanda, que ahora ¿quién lo haría?... todo eso, y para mis adentros iba construyendo el discurso de mis voluntades con respecto a mi deceso. En cierto punto pensé que tales palabras podrían sonar muy severas, y que sería oportuno introducir una broma: por ejemplo, que durante mi crematorio, fuera acompañado por la incineración conjunta de Elvira y Maggie, mis chicas más queridas, para que me escoltaran y endulzaran el viaje al más allá.

Pero, como aquellas palabras que no se dicen de primera intención corren el peligro de ser mal dichas, callé. Por otra parte, no me sentía muy seguro respecto al sentido del humor de Lorena, quien podría no entender la broma y mirarme como si yo fuera una mezcla de asesino y piromaníaco. De cualquier manera, ya muchas veces hemos dicho con Elvira que no queremos pompas fúnebres para nosotros mismos, sino aquello que resulte menos costoso y doloroso para quienes quedan.

Unos meses después de la desaparición de María del Carmen, era posible verlo a Pablo con su hijita en brazos, ella abrazándolo del cuello, o tal vez en la proveeduría comprando grandes paquetes de pañales. ¡Qué triste para la bebé saber de su madre por medio de relatos y fotografías! Cada vez era más claro que la muerte de María del Carmen había sido por sobre todo, injusta. No correspondía a la ley de la vida. Ella no había tenido la oportunidad de criar a sus hijos, verlos crecer, y experimentar su propia madurez y vejez. Es cierto: La muerte es un punto natural del ciclo de la vida. Yo recordaba a mi tía Ñata que pasados sus noventa años se quejaba: ¡Ay!... ¿por qué no vendrá esta noche el angelito y me lleva con él? O si no a mi tía Mary, también muy viejita, que cuando íbamos a visitarla nos decía, “Ayer estuve con mamá, también estaba Marta (por mi madre) y la tía María (una viejita con rodete blanco que había fallecido medio siglo atrás)…” Desde el punto de vista médico, ella tenía un avanzado estado de arterioesclerosis y sufría una total desorientación temporal, pero para mi, estando allí, sentados al solcito en un banco del geriátrico, era de una claridad meridiana que mi tía Mary había estado con su madre, su hermana, una tía, y había disfrutado mucho del encuentro. Evidentemente, Mary daba cada vez pasos más osados en el Más Allá, y solamente regresaba de vez en cuando, a vernos un ratito a nosotros. Cada vez que la dejaba, aunque hubiera estado solo unos minutos con ella, decía invariablemente: “¡Ay gracias, muchas gracias por la visita!… Esto es algo que no se puede comprar con dinero… andá tranquilo, las chicas me tratan muy bien en este hotelito…” Me dijeron que una madrugada murió en paz, muy tranquila. Pero para mí, no cabía duda que durante una de sus visitas a sus seres queridos, la pasó tan bien que decidió no regresar.

Voces esotéricas que hablan del Más Allá, aseguran que el ingreso a La Eternidad se efectúa por medio de una calzada iluminada. Mi padre mismo me había contado que durante una ocasión en que su salud había estado gravemente afectada, tuvo como un delirio en el cual había una avenida muy ancha y brillantemente iluminada. Se trataba de una sensación extremamente placentera. Él suponía que había estado cerca de la muerte.

El cumplimiento de cualquier función vital produce satisfacción o gozo. Alimentarse, calmar la sed, reproducirse, dormir, alivianar el intestino o la vejiga… Es fácilmente recordable que cumplir con los dictados de la existencia va acompañado por una sensación de bienestar, o por lo menos alivio. ¿Será que la muerte, función vital de extrema importancia, la desaparición para que la especie continúe, no produce con su llegada una sensación de deleite o bienestar? Imposible disponer de testimonios en el Más Acá. Por el momento: podremos tener dudas o creer en la Fe. Las creencias son en general muy benévolas. Los Más Allá son en general agradables, y los infiernos y gualichos están reservados a personas que se han portado mal en la vida y con toda justicia, se lo merecen.

Lo que yo siempre he sentido, ante la desaparición de un ser querido es que todo lo que podría haber hecho por él o ella, todo lo que podría haberle dicho, ya tuvo su oportunidad. No tiene sentido, a partir de ese punto, poner flores o derramar lágrimas. Son muchos los que nos quedan todavía, y los tenemos a mano. El desafío es ser lo suficientemente grande, sabio o generoso, como para dejar en ellos los actos o las palabras que en el futuro podríamos lamentarnos de no haber hecho a tiempo. Tal vez, cuando mi amigo Pedro posaba levemente la yema de sus dedos en la ventanilla del furgón que llevaba a María del Carmen, lo que sentía era una profunda tristeza por no haber aprovechado los años pasados, para haber acariciado un poco más a su hija.

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lunes, 31 de agosto de 2009

Maggie perdió una mano - Gandulfo

Maggie perdió una mano

Narración breve

Esteban Gandulfo – Las Golondrinas - Chubut

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A nuestra perrita Maggie le gusta mucho salir de paseo. Ni bien su amo -digamos padre- toma la correa y el collar, se pone a saltar llena de entusiasmo y con toda docilidad se deja colocar su arnés, que le sujeta el pecho y cuello al mismo tiempo.

¿Por qué no llevarla suelta? Los primeros tiempos de vida con nosotros, Maggie era una cachorrita silvestre, no tenía collar ni arnés ni correa, nada de eso.

Pero la primera vez que tuvimos que llevarla al veterinario, cuyo consultorio quedaba en el pueblo, se atemorizó tanto con la calle y el tránsito, que nos resultaba imposible controlarla. Así que le compramos su primer collar y correa.

Después, salimos unas cuantas veces a pasear con Lucas y Fiona, su perrita sharpey. Fiona es un caso especial, siente una gran curiosidad y excitación por los otros animales, ya sea ovejas, vacas, caballos… Ella se pone nerviosa, les ladra y si puede los persigue, así se trate de un animal que pesa veinte veces lo que ella, y que la podría matar de una coz o una cornada. Con toda seguridad, si el vecino llevara un elefante ella le ladraría agresivamente, con su voz de barítono, sin importarle las toneladas de peso o la agudeza de los colmillos…

Así que muchas veces íbamos los cuatro, Lucas y yo con nuestras mascotas, bien sujetas hasta que estuviéramos seguros de que no había peligros por las inmediaciones. Además, a veces nuestras caminatas comenzaban en el parque nacional Lago Puelo, y allí exigen que los perros vayan sujetos por sus amos.

La práctica establecida entonces, en mis andanzas con Maggie, era que le colocara su sujetador, y solamente le enganchaba la correa cuando veía venir algún vehículo por el callejón, o pasaba por el frente de una chacra con perros muy ladradores, que la pudieran atraer.

Un aspecto curioso de la excitación de Maggie por salir de paseo, es que ella puede hacerlo libremente, todas las veces que se le ocurra. Ella es lo suficientemente pequeña y flexible como para traspasar cualquier alambrado. Asombrosamente, cuando corre persiguiendo a una liebre, cruza los alambrados como si no existieran, a toda velocidad, por más que sus hileras estén muy próximas una de otra. De hecho todos los días se pega alguna fuga, pero es sólo cuestión de dar un fuerte silbido del modo establecido y a los pocos segundos Maggie aparece, con la lengua afuera, a tomar unos cuantos lambetazos de su bebedero.

Pero yo tengo la impresión de que, en su jerarquía de preferencias, ella le da más importancia a la actividad en familia –ancestro jauría– que a la libertad individual. Vamos paseando y ella se adelanta, investiga por los laterales, vigila la retaguardia, todo al trote o a la carrera, de manera que si damos un paseo de tres o cuatro kilómetros, lo menos que ella ha transitado, han sido diez o doce. Nunca se despega demasiado de su compañero de viaje, siempre mira y se deja ver a lo largo del camino.

Aquella tarde habíamos ido hacia el fondo de nuestra chacra, para salir por detrás al callejón que une El Puente con Bella Vista. Maggie iba suelta, con su arnés colocado y yo con la correa en la mano. No había perros sueltos ni tránsito en la zona, así que no tenía sentido sujetarla.

Alcanzado el callejón, tomamos para el lado de El Puente, que es una chacra de frutales y dulcería. Por esa zona la población es muy baja, los vecinos distan unos quinientos metros uno de otro. Es un área de bosques, alguna chacra, un potrero de pastura, una quinta de frutales, todo muy tranquilo, poca población, pocos animales.

Recién después de un par de kilómetros de caminata, acercándonos a una vivienda que tiene siete perros muy ladradores, bastante antipáticos, até a Maggie.

Cuando ella está con la correa se comporta muy bien, casi como un lazarillo. No anda tironeando ni inquietándose. Los siete antipáticos produjeron el concierto acostumbrado, y sólo fue cuestión de apurar el paso, para dejarlos atrás y volver a liberar a Maggie.

Era una tarde soleada y fresca y daba gusto caminar por la comarca, sobre todo porque en esa etapa nos tocaba una ligera cuesta abajo. De vez en cuando Maggie se internaba en el campo vecino al callejón a corretear a los teros, uno de sus entretenimientos favoritos porque los teros hacen bastante escándalo, revolotean, se aproximan en picada y luego escapan aleteando, todo para distraer al intruso y proteger sus nidos, que en esta época del año tienen huevos o pichones. Todo este alboroto a Maggie la divierte mucho y los anda correteando llena de actividad.

Ya estábamos más abajo, por el callejón que conduce a la dulcería Golondrinas, cuando advertí que desde hacía un tiempito la tenía a Maggie perdida de vista.

Chiflé tal como hago para llamarla, y después de insistir un par de veces escuché sus ladridos. Era mitad ladrido y mitad gemido, una cosa extraña.

Venían desde más atrás así que retrocedí un poco.

Maggie se había internado en el campo lindero al callejón y no podía salir de allí. La tenía a unos diez metros de distancia. Pero no nos separaba un alambrado, sino una densa mata de zarza. Para quien no está familiarizado con la zarza, también llamada murra en esta zona, es una mata arbustiva, que no tiene un tronco principal, sino gruesas varas espinosas. Su fruto, la zarzamora, es delicioso cuando alcanza su madurez caracterizada por un negro intenso y brillante de sus bayas. Si uno se deja llevar por la gula una tarde de verano, y se da una panzada de zarzamoras, estropea por lo menos dos cosas: su aparato digestivo y la vestimenta. Está garantizada una descompostura de primera categoría que lo retendrá cerca del cuarto de baño por un buen tiempo, y las manchas de un denso rojizo negruzco que quedan en las prendas no se van a poder limpiar por más empeño que se ponga en ello.

Ahora, la amenaza de la zarza era que se interponía como barrera entre Maggie y yo. Maggie se mostraba inquieta y nerviosa y yo caía rápidamente en la desesperación. Lo primero que pensé fue que, siendo tan grueso el cerco de zarzas que nos separaba, si ella forzaba el cruce, podría quedar atrapada en el medio, clavándose más espinas a medida que se quisiera mover para atrás o para adelante.

La perra no era tonta, sin embargo lloriqueaba de una manera totalmente desacostumbrada, y yo me angustiaba y no podía razonar con corrección.

Un padre que magnifica el peligro que corre su hijo, y que además no puede comunicarse con él, porque es un bebé o un perrito en este caso, cae velozmente en la desesperación.

Mi torpe razonamiento recorrió los siguientes carriles: “Debo estar rápidamente junto a ella para tranquilizarla. Si está allí es porque entró. Si entró lo debe haber hecho por donde veníamos” Miré hacia delante para ver si la mata de zarzas terminaba, o por lo menos se reducía, pero no. Proseguía bien robusta, de un par de metros de altura y dos o tres de espesor. De modo que me dirigí hacia atrás, en busca del lugar por el cual Maggie se había metido en ese aprieto. Salí corriendo. Bien, considerando un individuo de sesenta y dos años de edad todavía algo excedido de peso, que viene de una caminata de unos cuatro kilómetros, parte cuesta arriba, hice lo que pude. Digamos que corrí hacia atrás, viendo con ansiedad que la mata de zarzas no ofrecía un hueco por ningún sitio. Habré hecho unos cien metros, chiflé a ver si ella acompañaba mi carrera del otro lado de la mata, me pareció que la escuchaba lloriquear desde el punto donde había quedado. Seguí corriendo con una fatiga que si bien existía, no sentía porque estaba dominado por la desesperación…

Estaría a unos doscientos metros del sitio donde había dejado a Maggie cuando me detuve a tomar un poco de aire y volver a chiflarle. Mi estado de ánimo era una superposición de emociones horribles: Angustia, culpa, ansiedad, terror… Cosa que nunca me había sucedido, ni aún en los percances que podrían haber sufrido mis hijos humanos.

Miré y volví a mirar hacia atrás a ver si aparecía algún paso en el cerco, y cuando me di vuelta, allí lejos la vi a Maggie en el medio del camino.

La primera impresión de felicidad de ver a mi perrita a salvo, rápidamente se convirtió en horror: le faltaba la mano delantera.

Allí estaba parada, en el medio del camino, mirando hacia a mi, parada en tres patas. Mejor dicho, parada en sus dos patas y la mano izquierda.

Le grité: “Maggie, Margarita, vení para acá”… ¡Veníparacá! dicho de viva voz es una orden que ella responde con la más veloz de sus carreras.

Sin embargo esta vez no se desplazó ni un centímetro. Claro ¿Cómo iba a caminar un animalito que había acabado de perder uno de sus miembros?

Ahora el que corría era yo. Desandaba en tiempo record la distancia que había hecho, dejando la mitad de mis pulmones por el callejón. Los pensamientos iban más veloces que mis piernas:

Se habrá enganchado la manito al escapar… pero tendría que estar sangrando, quejándose, y si bien está quieta, también parece que estuviera tranquila…Dicen que los zorros cuando caen en una trampa, se amputan el miembro atrapado a los mordiscos, con tal de escapar… las ramas de zarzas son fuertes y espinosas, pero no son una sierra ni una cuchilla… Elvira me mata… yo soy el responsable, estaba bajo mi cuidado…Nunca más la veré acostadita, cruzada de manos como si fuera una señorita en un salón aristocrático…

Al acercarme y verla, si bien inmóvil, también tranquila, fui esperanzándome un poco. Era una de esas esperanzas irracionales. Todos los elementos de juicio indicaban que le faltaba la manito derecha. Pero lo último que hay que perder es la esperanza…

Cuando la tuve a unos diez metros, yo percibí que no le faltaba la manito, sino que se había transformado en una perrita contrahecha. Un miembro se le había atrofiado totalmente y del hombro le nacía, no el brazo y antebrazo sino la mano directamente.

Por suerte eso era lo que veía a diez metros. En tres segundos, cuando estuve junto a ella vi que el brazo derecho estaba totalmente encogido y la mano la tenía pegada al cuello. Como Maggie es negrita, ligeramente atigrada, no se percibía la superposición del brazo sobre el cuerpo. Cuando quise acomodarle la mano, vi que la tenía aprisionada al cuello por un alambre acerado. La pobre había caído en una trampa, de la cual, si bien pudo salir, no había podido deshacerse de ella totalmente. Más inteligente que su padre, esperaba pacientemente a que yo le quitara el alambre, como cuando se le quitaban espinas o ramas enredadas en el plumaje de la cola.

Quitado el alambre la revisé bien, y no tenía más que lo acostumbrado, espinas, ramas, abrojos, un poco de barro… Ningún daño físico, caminaba normalmente, se apoyaba bien en todos los miembros…

El que no terminaba de reponerse era yo. Como cuando la policía interroga a los testigos respecto a la fisonomía del homicida, yo no tenía las cosas en claro. No recordaba bien por dónde se había metido al campo vecino… cuánto tiempo había estado desaparecida… si cuando lloriqueaba ya estaba en la trampa o si había caído en ella cuando forzó la salida… Mis recuerdos eran confusos y desarticulados. Dominado por la felicidad de haber recuperado sano y salvo al ser querido, nunca llegué a tener bien en claro como se produjo el episodio.

La peripecia tuvo sus consecuencias. Durante nuestros paseos, ahora estoy más atento sobre el tipo de cercos existentes y la posibilidad de trampas en la zona. Margarita misma tiene desapariciones más breves. Yo creo que el susto ha dejado sus huellas. Por otra parte, me pregunto ¿Cómo podré entenderla mejor? La comunicación es tan entendible cuando se trata una señal de alegría, pereza, desconfianza, pero tan difícil ante situaciones imprevistas. Como la madre que no sabe por qué llora su bebé y qué puede hacer para aliviarlo.

Como decía la tía Marta, hermana de Elvira, “es tan humana”, al verla comer gajos de manzana acomodada en mi falda, durante las sobremesas de la temporada en que Marta estuvo con nosotros. Margarita es parte de la familia, compartimos nuestros códigos y adivinamos nuestros humores, pero siempre hay algo misterioso y profundo detrás de su mirada que nunca sabré totalmente qué significado tiene. Nos unen los sentimientos y no la razón o las palabras.

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sábado, 29 de agosto de 2009

Un trabajo… - Gandulfo

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Cuento Corto

Esteban Gandulfo

Las Golondrinas – Lago Puelo - Chubut

Un trabajo como cualquier otro

¡Qué quiere que le diga señor!... Para mí, es un trabajo como cualquier otro… Perdón, debo expresarme con corrección: Es una profesión sumamente delicada. Que no permite errores, y que por momentos requiere una inspiración artística, similar a la del pintor que con una pincelada de amarillo, enciende la brasa del cigarro, en el retrato que tiene sobre su caballete...

Ya me lo decía mi padre, el difunto coronel Don Mauro Mendonça da Costa Filho, para todos el “Coronel Don Maurón”, el aumentativo, por lo corpulento que era.

–Chico, ¡Tu sí que vas a ser bueno en esto!– exclamaba cuando hacía saltar por los aires una moneda de níquel de diez reales desde veinte pasos de distancia.

Con el tiempo llegue a repetir la proeza en condiciones más exigentes: Disparando desde la cintura. Yo creo que el estímulo de los elogios de mi padre, hacían que cada vez me esforzara más en lograr la perfección. Él vivía en la casa grande, con su esposa y sus ocho hijos legítimos. En cambio Rosinha (mi madre) y yo vivíamos en la casa de los empleados. Don Maurón era un hombre muy decente y apegado a su familia, sin embargo, tuvo un desliz con mi madre, que no era empleada de la façenda, sino una hija de empleados, que a la edad de doce años quedó preñada por el patrón, y dio a luz a un bebé pequeño y morenito, que finalmente resulté ser yo mismo. Nadie criticó al patrón por su conducta, porque era imposible que se cruzara un pensamiento de tales características por la mente de los pobladores del lugar donde el Coronel era dueño y señor. Por otra parte Don Maurón llenó de atenciones a mi madre, su familia y a mi mismo, a quien consideraba como su propio hijo, bueno, que en cierto y determinado modo lo era.

Apegado a las armas pero no a la caza, mi padre me introdujo y estimuló en la actividad del tiro al blanco, ya fueran fijos o móviles. Podía dispararle a una latita, o hasta una moneda en el aire, pero nunca a un pájaro. Y como comencé a disparar desde los doce años, edad que parece que ha sido determinante en el destino de nuestra familia, al filo de la adolescencia, era el que mejor puntería tenía en todo el estado. Dejaba a todo el mundo de boca abierta, cuando con los ojos vendados, y disparando hacia atrás, reventaba a un maracuyá colocado a cincuenta pasos de distancia.

Mi padre era también fanático de la lectura. Poseía una inmensa biblioteca en la que predominaban los volúmenes de historia y poesía. Desde que aprendí a leer yo tuve acceso libre a esa habitación maravillosa que me conducía al mundo exterior. A muy temprana edad me extasiaba con los poemas de Fernando Pessoa o veía la revolución francesa a travez de la noble mirada de Chatobriand.

Vivíamos en el Nordeste. Tierra que no conoce invierno ni otoño. Tierra de polvaredas infinitas, sol abrasador y playas de blancas arenas. Pueblos en los que sobrevivieron los colonos más fuertes y más aventureros, conviviendo con los nativos, gente pequeña de piel oscura y palabras tan escasas como escurridizas para el oído que no era del lugar.

Mi madre era muy bella, y sin duda la tentación fue imposible de resistir para mi padre. Teníamos tan poca diferencia de edad con mi madre, y ella era tan alegre y juvenil, que durante mucho tiempo la gente que no nos conocía, nos consideraba hermanos, por las coincidencias fisonómicas y hubo hasta un desprevenido que se aventuró a decir que éramos gemelos.

Y usted me preguntará, señor, como es que di con mi profesión. Fue como muchas cosas importantes que suceden en la vida: Sin querer.

–Ey Chico, a don Edson Gonçalves Mattos no podrás meterle un chumbo en el centro de su ojo derecho?

–¿Y por qué habría de ser allí mismo en la pupila de su ojo derecho?

– Porque el izquierdo es de vidrio y quiero que vea bien de cerca cuando el plomo le está llegando.

– Se me hace que el balazo va tan rápido que no le ha de dar tiempo a mirar…

– No interesa, le damos la oportunidad, y si por ventura lo ve, mejor, sufrirá más!

Mi padre dio el asentimiento para que tomara esa encomienda. Por varias, razones: Primero, porque consideraba que a esa edad ya debía conseguirme una ocupación, en lugar de andar holgazaneando por la façenda, echando humo y asustando a la hacienda; segundo, mi padre era amigo del doctor José Roberto Pires, y no simpatizaba con el pícaro Edson, que desde esa tarde comenzaba a andar lentamente el camino al cementerio.

Sucedió que el sinvergüenza de Edson, engañó en un remate de tierras al doctor José Roberto, y le birló una façenda que había salido a remate, porque la sucesión no se había podido hacer cargo de los impuestos. Edson, haciéndose el tonto, fue ofertando tímidamente durante la subasta, y cuando José Roberto lanzó una suma arriesgada, se retiró del lance. Al poco tiempo, en complicidad con el martillero y el juez, consiguió impugnar la oferta ganadora, y él, con el segundo monto subastado, se quedó con las tierras.

En aquella oportunidad, mi padre me dio un consejo que perduró por toda mi vida:

–Todos deben saber que fuiste tú, pero nadie debe poder probarlo. Lo primero, para que te respeten y valoren; lo segundo, para no terminar en la cárcel…– sentenció con una sabiduría que me aseguró una profesión honorable y la libertad de por vida.

Para aquel primer trabajito tuve que pedir asesoramiento a un veterano profesional, Don Edimilson Da Silva.

–La primer parte es fácil, porque tú lo conoces bien al viejo Edson y no tendrás que andar buscándolo entre la gente al tiempo que miras una fotografía. Debes estudiar la ocasión, en que esté solo, tranquilo, desprevenido. El disparo debe ser al corazón, en el centro del pecho, una cuarta debajo del mentón. Lo del ojo es una payasada, ni se te ocurra, los disparos a la cabeza son peligrosos, porque la cabeza está siempre en movimiento, el plomo puede deslizarse entre la piel y el hueso y la víctima sigue caminando, casi sin darse cuenta. Apenas atontada. El disparo al corazón te asegura una muerte instantánea, y que el sentenciado no sufra.

Así se hizo. Don Edson iba todas las noches de los jueves a jugar al truco a una bodeguita en el centro del pueblo. Es otro truco señor, no es como el de ustedes, pero se le parece. Salía cerca de medianoche, con bastante alcohol en el espíritu, pero no tanto que no le permitiera caminar derechito y llegar a su casa. Pero aquella noche, no llegó a su casa. A dos cuadras del barcito, y a la luz del farol de la iglesia recibió un disparo exacto, y cayó de espaldas, en un absoluto silencio después de aquel estampido. Dejé un níquel de diez reales sobre el buraquito del chaleco, porque me habían aconsejado que llevara mi rúbrica o la de mi mandante, pero como era mi primer trabajo, don José Roberto Pires insistió en que pusiera mi firma y no andar dejando una notita “Esto es por andar robando tierras” o algo por el estilo.

No vaya a creer, uno no tiene remordimientos. Es más, uno no siente culpabilidad, sino el orgullo de haber hecho en buena forma la tarea encomendada. Usted tiene que entender señor que cuando una persona quiere, seriamente, matar a alguien, y dispénseme por la dureza del término, ese pobre infeliz, ya está muerto. ¿Quién lo hace? Es lo de menos. Puedo ser yo o puede ser otro. La cuestión es que quede bien hecho. Perdón, no he sido suficientemente claro: Es de extrema importancia que esté bien hecho. Usted no se da idea de la gente inocente que termina en un cajón de cerejeira, mucho antes de que le hubiera llegado la hora, porque el que apretó el gatillo se equivocó de persona. Claro, eso sucede, porque muchas veces se busca gente de afuera para hacer el trabajo. Entonces le dicen, se llama fulano, vive en tal lado, trabaja allí enfrente, y le dan una fotografía. El resultado: como no lo conocen bien, o la fotografía no era fiel a los rasgos fisonómicos de la víctima, el muerto terminaba siendo otro. Y para colmo insisten en cobrar, y no quieren enmendar la tarea porque dicen que se les dio mala información. ¡Una verdadera vergüenza!

Somos pocos y se nos conoce bien. Todos nordestinos, no sé por qué. Hay de todo, señor, aunque felizmente predominan los profesionales serios. ¿Usted no escuchó nada de “Chapó de Couro”? ¡Ese sí que era un bandido! Un hombre sin moral ni principios. Si usted hubiera estado en el Brasil, creo que fue por el noventa y seis, tal vez noventa y siete, con toda seguridad que se habría enterado bien, todo el tiempo lo comentaban en la radio aparecía en la primera página de los periódicos.

Fue un negocio muy importante que tenía que ver con los políticos. Era una elección, me parece que la primera después que hubiera ganado la presidencia Color de Melo. Había un compadre de aquí cerca, de Ceará, que se postulaba para diputado. Cuando se conocen los resultados de la votación, este caballero verifica que él había quedado como el primero de los suplentes, y no encontró mejor camino para ingresar prontito al parlamento que hacer ejecutar a uno de los colegas que lo precedía en la lista.

Lo llamó a Chapó de Couro, que hasta ese incidente era un hombre confiable. Hubo una serie de reuniones y conversaciones telefónicas. El mandante, que se llamaba Mauro ¿Quiere creer, como mi padre? Le da todos los detalles y le paga la bonita suma de quince mil reales.

Chapó de Couro tomó contacto con la victima, y le informó que había sido comisionado para darle muerte, pero que por el pago de veinte mil reales se daba por dispensado. Ese hombre pagó volando, porque el asesino era temidamente famoso, y porque los políticos – ¡esos sí que son delincuentes!– consiguen veinte mil reales con la facilidad que usted me paga una cervecita.

¡No señor! No se asombre porque no termina ahí la cosa… Chapó de Couro había mordido la manzana envenenada de la ambición, porque uno no tiene que ser ambicioso en esta profesión señor, uno tiene que contentarse con lo que el Señor y sus habilidades le brindan. Humildemente y con grandeza de espíritu, señor.

La cosa no terminó ahí, porque Chapó de Couro, con toda la astucia, había grabado las conversaciones telefónicas con Mauro, y le vendió las cintas a la Radio Bandeirantes. Todas las mañanas, por lo menos media hora le dedicaba la radio a pasar las conversaciones y comentarlas escandalizados.

–Sí señor, quédese tranquilo, yo puedo hacerle el trabajo

– ¿Pero… Es algo seguro?

–¡Me extraña, está hablando con un profesional! Yo le voy a enfriar a ese tipo con toda prolijidad…

–¿Y qué garantía tengo?

–Bueno, usted llegó a mi por alguna recomendación… ¿no es verdad? La garantía es que me paga un anticipo de solamente quince mil, y cuando el trabajo está hecho me da el resto

–Bueno, véngame a ver mañana… ¿Lo conoce bien al fulano?

–¡Pero, por favor!

Esa había sido la última de las cintas que registraban tres o cuatro conversaciones telefónicas. Con referencia a las reuniones, no hubo ninguna grabación. Sería porque Chapó de Couro no contaba con un aparato adecuado, o porque no se animaba a ser descubierto personalmente en un acto de traición tan flagrante.

Todo el país estaba escandalizado, pero lo más curioso es que todavía no se había cometido ningún crimen, salvo la defraudación practicada sobre ese par de bandidos. La venta del material grabado a la radio había sido una transacción legal.

Había pasado un mes más o menos, cuando el alboroto había pasado casi al olvido, porque aquí rápidamente nos renovamos señor. Y nuevamente un asesinato comienza a inquietar a la prensa, dale que dale. Sucedió que la habían matado a doña Perpetua Cardoso, abanderada de los pobres, cuyo primer nombre, tristemente no hizo honor a su breve vida, porque doña Perpetua debe haber fallecido antes de cumplir cincuenta años, señor. Ella también había sido candidata a diputada, de las primeras en la lista, porque era muy querida por todos en el estado. A ella la condujeron al obituario mediante una chacina… Claro, usted no conoce, aquí una chacina es una muerte por encargo, que se efectúa por medio de varias personas, ingresan encapuchadas en el recinto donde se encuentra la víctima, y matan a todo el mundo. Esa mañana no solo acribillaron a la pobre Perpetua, sino que también cayó su hija Adalgisa, dos perros de la familia y una vecina que había ido por un saco de frijoles.

¡Y claro que es una barbaridad esta costumbre de las chacinas! Y eso es lo peor señor, que ya estamos acostumbrados. Si hasta la Folha de Sao Paulo lleva las estadísticas: “Ayer hubo la chacina numero noventa y dos en lo que va del año, cayeron tantos narcotraficantes en la favela tal por cual”

Mire, la policía dice que es un invento de los traficantes, pero los traficantes aseguran que fue una creación de la Policía Militar, o la Rota, no recuerdo bien. La policía tenía que hacer limpieza y no quería que quedaran testigos. ¿Qué quiere que le diga? Yo me inclino darle la razón a los delincuentes ¿Cuáles? Bueno, los que acusan a la policía…

Y espere que le cuente como terminó la historia, que eso le explica bien como funcionan las cosas en este país, señor.

La misma tarde en que una multitud acompañó a doña Perpetua al cementerio, los asesinos estaban detenidos, incomunicados y a disposición del delegado, que los interrogaría ni bien regresara del entierro. El error lo cometió Don Mauro, no mi padre sino aquel que llamó a Chapó de Couro para el trabajo que nunca se hizo. Pasado el bochorno del escándalo, Don Mauro puso la responsabilidad en gente que él estimaba como de total confiabilidad: un chofer suyo y dos de sus guardaespaldas. Eligió apagar a un blanco fácil, una buena mujer que se movía con descuido por todos lados, todo el tiempo. Los tres asesinos, que merecen ser así llamados, actuaron con una torpeza gigantesca. Fueron hasta lo de doña Perpetua en un vehículo de su propiedad, fácilmente reconocible; le habían comprado las armas a un contrabandista paraguayo que inmediatamente los delató, y a pesar de que iban enmascarados, toda la cuadra reconoció al Fauston con sus ciento cuarenta kilogramos de peso, calzando botas cuarenta y siete, hechas siempre a su medida. Los asesinos no demoraron en admitir su autoría, y esgrimieron la razón de que Doña Perpetua tenía con ellos una deuda impaga. Negaron que su patrón hubiera sido el mandante, ¡Por el favor de todos los cielos! … ¿Cómo iban a pensar eso?

Bueno, ya que quiere saber cómo terminó la historia, los tres bandidos escaparon a los dos meses, sin haber llegado a ser juzgados, durante la rebelión carcelaria que hubo en el penal de Tamandaté, que aseguran que fue financiada por Don Mauro. Y Don Mauro está ahora en Brasilia, ocupando su banca de diputado federal. Ya va por el tercer período.

Pero si a usted le gusta tanto conversar, yo preferiría seguir hablando de mi profesión, que es algo limpio, señor. Es una actividad que hemos llevado con toda seriedad y profesionalismo. Y hasta sentido corporativo le diría. Durante muchos años tuvimos establecida una tarifa, que era tan conocida como respetada. En el tope de la tarifa estaba el Juez de Crimen, que al comienzo costaba diez mil reales, ¡Fíjese como pierde valor la moneda! Usted, en aquel entonces hacía un Juez de Crimen y compraba una casa y no trabajaba por dos o tres años más. Yo tuve que hacerme cargo de un juez de Crimen y ya le voy a contar cómo. En lo más bajo de la tabla, pobrecita, estaba la esposa adúltera, a quien se la apagaba de gracia, es decir sin retribución pecuniaria alguna, por aquello del honor de los hombres, porque todos los que hemos abrazado esta carrera señor, somos del tronco masculino. También en su momento me encargaron una esposa infiel, pero yo pude eludir la diligencia por suerte, y no fue fácil, porque en la profesión uno mantiene el prestigio por su eficiencia y carencia de remilgos.

¿Quiere saber cómo fue lo del juez? No le puedo decir quién me comisionó, porque todavía vive y me podrían llamar a testificar en su contra. Estuve más de un mes estudiando al hombre. Y no vaya a creer que es cosa fácil, porque uno trabaja solo, tiene que pasar desapercibido y no despertar ningún tipo de sospechas. Lo tiene que seguir a todos los sitios que puede hasta encontrar la ocasión adecuada. Usted tiene que encontrar un movimiento de rutina, una acción que se repita regularmente en forma mecánica, porque usted no puede correr riesgos, estar dependiendo de sus ocurrencias. Usted tiene que actuar sobre seguro.

Para colmo de males, este juez se movía siempre con uno de sus dos guardaespaldas. De él podemos decir el nombre, era el doctor Getulio Gonçalves. El doctor Getulio era un hombre muy delgado y de altura mediana. Sus dos guardaespaldas eran altos y corpulentos. Como siempre los llevaba por detrás, bien cerca de él, la denominación de “guardaespaldas” nunca podría haber estado tan bien aplicada. Varias veces me crucé con el doctor Getulio, tratando de encontrarle el ángulo, y siempre veía un pobre hombre, debilucho y esmirriado, e inmediatamente detrás una montaña humana que le sobresalía por arriba y los dos costados.

¿Quiere creer que el doctor Getulio era homosexual? Las malas lenguas decían que tenía amores con uno de sus dos guardaespaldas, pero yo nunca acredité en eso. Yo me inclinaba a pensar que su pareja era un mucamo que tenía en su casa, porque él vivía solo, con el mucamo y dos empleadas.

Después de haber estudiado mucho la casa, la descarté. Debía presentarme con alguna excusa verosímil para que el doctor me atendiera; y aún así, podían enviarme a su despacho en los tribunales diciendo que en la casa no atendía a nadie. Y aunque hubiera podido hacer el trabajo dentro de la casa, el escape era complicadísimo, porque estaba en la misma cuadra de la delegacía primera, en la Rua Magalhaes donde siempre había una generosa cantidad de policías en la puerta… ¿Ah, no sabía que la retirada era un punto tan importante? Ya lo decía Napoleón señor, en el siglo diecinueve: Nunca se debe encarar una batalla, por más fácil que parezca ser, si no se cuenta con la seguridad de un retiro adecuado de las tropas.

Finalmente me incliné por la salida de la iglesia de Aparecida. Él iba todos los domingos, y a la hora de salida, la plaza Pedro Primero estaba llena de gente que salía a disfrutar el día de descanso. Después de haber ensayado dos domingos el movimiento, consideré que la tarea podría ser encarada con un generoso margen de seguridad. Yo iba a la misa junto con el Doctor, salía de la iglesia al final del servicio precediéndolo por una corta distancia. Me aseguraba estar caminando frente a él, los dos en el mismo sentido, diez pasos exactos por delante. En ese punto, con total discreción repetía mi truco de reventar el maracuyá disparando por la espalda, y debía seguir caminando como si tal cosa, a pesar de que el gentío se atropellara sobre el juez desplomado.

Era un Smith y Wesson treinta y ocho, con caño de seis pulgadas, el arma de toda mi vida señor. No le había dicho, pero siempre lo llevaba bien calzado en el cinturón, en la espalda. Había probado la sobaquera, la revolvera lateral, empuñadura hacia delante, hacia atrás, probé también en el tobillo… y no hay como llevarlo en la espalda. Eso sí, tiene que ser una revolvera perfecta, que nunca se le caiga el arma y siempre la pueda tomar con ligereza. No, no estaba nervioso porque me sentía bien preparado, y todo salió como había sido previsto. ¡Una pena no verlo!, porque yo seguí caminando tranquilo, hasta la esquina en donde doblé hacia la derecha. Me informé por los periódicos que el disparo había sido certero. Inmediatamente salieron a buscar el francotirador. Lástima que el disparo me perforó la chaqueta porque lo que yo hice fue llevar mi mano derecha hacia atrás, retirar el arma, calcular el ángulo, y apretar el gatillo aún manteniendo el revolver por debajo de la ropa. El guardaespaldas declaró que no había nadie cerca que pudiera haber atacado al doctor, que él se había agachado para asistirlo cuando fue abatido, pero que el ruido del disparo había sido de lejos. ¡Fíjese como pueden llegar a equivocarse!, habiendo estado yo tan cerquita.

¿Usted quiere saber cómo fue que me libré del encargo de la esposa infiel? Hubo varias razones, todas débiles, es verdad, pero que en su sumatoria me permitieron evadir el encargo. Primero, que nunca le había disparado a una dama, me parece poco caballeresco, y sostuve ese principio durante toda mi vida profesional. Segundo, que no estaba debidamente probado que la Marinela hubiera saltado el cerco… Usted me dirá que yo no era juez sino ejecutor, y tiene razón. Otra cosa: Yo era bastante amigo del matrimonio, y un cirujano no opera a su hijo ni un juez dicta sentencia sobre su madre. Finalmente, le pude hacer entender a quien se creía cornudo, que si yo le apagaba a la esposa, no solo cometía un acto que podía considerarse apresurado, sino que le iba a complicar mucho la vida a él como viudo con cuatro huerfanitos de madre. A él, que nunca se había entendido mucho con sus hijos.

¡De ninguna manera podría haberle disparado a esa muchacha! Era una muestra de la típica hermosura minera. Otra hermosura que tuvo un final trágico, pero que no era minera sino de Alagoas era la Suzana Marcolino ¡La pena que me dio cuando asesinaron a la Marcolino!, ¡¿No supo de eso?! Pero si fue famoso en todo el mundo, como cada vez que ganamos la copa de fútbol. El problema había sido con P.C. Farías, que había sido caja de Color de Melo. El tipo fue chivo expiatorio, carne de presidio por un tiempo. Y allí lo conoció la Marcolino, que lo iba a visitar al la cárcel y se hizo su enamorada, y cuando lo liberaron al PC se fue a vivir con él. Estaba claro que al gordo lo tenían que hacer desaparecer por una razón que desconozco. Se habló de vínculos con el narcotráfico y el lavado de dinero. Naturalmente, debía tener información con riesgo de perjudicar a más de uno. No, yo ya estaba retirado señor. Pero podrían haber encomendado el negocio a alguna otra persona que procediera con corrección. Yo no sé si lo planearon así, o si la cosa se les fue de las manos, porque el hecho concreto es que disfrazaron la escena, como que la Marcolino lo mata al PC y luego se suicida de un disparo en el pecho… ¿Puede imaginar tamaño delirio? Dicen que hubo que pagar una fortuna al médico legista, Padán Palhares, para que ajuste los horarios de óbito, de modo que se adaptara al libreto del sainete.

También era minera mi pequeña Marcia. No señor, nunca nos casamos pero convivimos más de cinco años. Ella era, como se le dice en este país, una muchacha de programa. Bueno, no exactamente; trabajaba en la agencia de la capital del estado del Banco do Brasil, era Gerente de la oficina de inversiones particulares, y fuera de su horario, acompañaba a hombres de dinero. Dos o tres salidas a la semana cuadruplicaban su salario. Yo la conocí bajo aquellas circunstancias, porque comenzaba a ganar bien, pero el dinero desaparecía de mis manos. Mi pequeña Marcia me aconsejó que no depositara en el Banco do Brasil ni en ningún otro. El gobierno podía llegar a quedarse con mi dinero, y como mínimo se me desvalorizaba rápidamente. En esa época íbamos al galope de cruceiros a cruzados y después a cruzados novos, ¡qué se yo! Que invirtiera en propiedades, que mi nivel de ingresos me lo permitía. Me convidó a conversar fuera del banco para asesorarme, y de una profesión fue pasando a la otra sin que yo pudiera advertir la transición.

No se puede decir que nos hayamos enamorado, porque en este quehacer, uno termina teniendo los sentimientos… no sé si controlados o adormecidos. Lo que sucedió finalmente fue que terminamos viviendo juntos, en una de las casas que me hizo comprar ella.

–Mira Marcia, si te gusta tanto la residencia, te quedas a vivir aquí, conmigo… el tiempo que quieras. Contratamos una empleada para que no tengas que trabajar… ¿Qué prefieres entonces, que te de una suma fija por mes, o que te pague cada vez que estamos juntos?

Acordamos con Marcia, en que para mantener las costumbres tal como se habían establecido, yo le pagaría cada vez que nos emparejábamos. Ella propuso que el monto fuera determinado libremente por mí, según mi humor y la marcha de los negocios.

Vivimos juntos muy contentos durante un poco más de cinco años, hasta que un día me habló desesperada. Había estado nerviosa un tiempo, y yo sospeché que algo le pasaba. El caso es que había quedado grávida, que el padre era un hombre joven, soltero y que querían tener el hijo. Que estaba aterrorizada por el dolor que esto podría causarme. Yo le repuse que me parecía que estaba en una edad conveniente para formar una familia, y que su hijo o hija sería como un nieto para mí. Les regalé una casa y participé del bautismo del bebé. Más adelante dejé de verlos porque sospeché que mi presencia le molestaba a Paulo, el marido de Marcia. No, no vaya a creer que fue un final triste para mí…

Con la mafia nunca tuve nada que ver señor, se matan entre ellos. Hoy la vida no vale nada. Un vendedor de crac de Sao Paulo asesina a su cliente por una deuda de cincuenta reales. Dicen que no es cuestión de dinero, sino de mantener el respeto de la clientela. La droga le ha hecho mucho daño a este país, envenena, antes no era así. No sé si vio una película, de los sicarios. Yo la vi, ocurre en Colombia, donde los jovencitos asesinan sin piedad. Y hasta les place hacerlo. En cambio, yo siempre sostuve que esta profesión debe practicarse dejando las emociones bien lejos. Nada de odio ni venganza. Uno no tiene que dejarse influir por los motivos del mandante. Uno debe, simplemente, asegurarse que la decisión está tomada, que la víctima ya fue, y entonces hacerse cargo de practicar el encargo de una forma limpia y precisa. Ya le dije, disparar al corazón, una sola vez y guardar el arma. Me lo explicó un cirujano señor, el tiro al corazón no solo destroza la circulación, sino que también produce un colapso nervioso, afecta… ahora no recuerdo bien si al cerebro o el sistema nervioso central. Nada de hablarle “¡Esto es lo que te buscaste!”, o andar soplando el cañón del revolver, no, ninguna de esas payasadas. Tampoco hay que amenazarla, o hacerla sufrir, que uno no es un torturador señor.

¿No está de acuerdo conmigo en que es un trabajo como cualquier otro?

Culpa no se siente nunca, porque el destino de las personas está en manos del Todopoderoso. Nosotros, los hombres, somos hormiguitas que hacen lo que les mandan. Es la voluntad del Señor la que decide si uno vive, muere, goza o sufre.

Bueno, es verdad, yo ya estoy retirado hace mucho tiempo. Cuando empecé a dudar de la vista o el pulso. Este año cumplo ochenta y cinco. No, no me haga reír, en esta profesión no hay jubilación… pero como ya tengo catorce o quince propiedades, no recuerdo bien, el alquiler me permite vivir como un rey. Sin contrato, ningún tipo de papel, pero todos vienen hasta aquí y pagan muy puntuales, se ve que tienen miedo que les vaya a cobrar a los balazos… ¿vio? Ahora le hice reír a usted. Bueno, el arma la conservo, porque el día en que no me pueda valer por mi mismo, vestirme, hacer una comidita, ir al baño, esas cosas; bueno ese día me visto bien prolijo, dejo una nota en la puerta, me acuesto cómodamente en el dormitorio, y practico la última encomienda… ¡Qué lujo… que El Señor me de la orden!

O Quién le dice el corazón me juega una mala pasada y ya ni tengo que buscar el arma…

Para mi también señor, un privilegio haber conversado con una persona tan culta como usted.

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miércoles, 19 de agosto de 2009

Fauna Norpatagónica - Gandulfo

imageFauna Norpatagónica No Ilustrada

Monografía

Esteban Gandulfo – Las Golondrinas - Chubut

 

El presente trabajo monográfico tiene como propósito brindar al lector curioso, y a los estudiantes en grado de iniciación, una recopilación de observaciones acerca de los individuos presentes en la zona de estudio.

 

La caracterización “No ilustrada” no obedece a la ignorancia o bajo nivel cultural de los individuos estudiados, sino a la no inclusión de sus fotografías o dibujos La zonalización “Norpatagónica” no deja de ser un exceso del autor, en tanto que el área de estudio se circunscribe al noroeste de la provincia de Chubut y el sudoeste de la provincia de Río Negro, específicamente en las zonas urbanas de El Bolsón, Lago Puelo, Epuyén, El Hoyo y las áreas rurales circundantes.

………………………………………………………………………

Antecedentes.

Las primeras observaciones por parte de occidentales sobre la fauna aborigen fueron realizadas por la expedición de Fernando de Magallanes, que permaneció en la zona de San Julián entre abril y octubre de 1520. Su cronista, Antonio Pigafetta, dejó registrado en su libro Primer viaje alrededor del globo, que el primer hombre que vieron los europeos era más grande y más alto que el hombre más corpulento de Castilla, y prosiguió consignando que el segundo grupo, de dieciocho individuos estaban cubiertos con mantas de pieles y calzados con zapatos de cuero de guanaco que hacían enormes huellas, por lo que los españoles los llamaron “patagones”

Los más tempranos aborígenes fueron los tehuelches, kenakenes, patagones, y más recientemente los mapuches (arribados “ayer a la tarde” según Casamichela), llamados “manzaneros” en el siglo XIX y araucanos en su región de origen (actual Chile)

Todas estas raíces parecen esfumarse, salvo en reducidos grupos, al observar hoy una población variopinta y en general recientemente asentada.

………………………………………………………………………

Las observaciones comenzaron a inicios del 2003 en ocasión de una visita que hice a la región en compañía de mi hijo Lucas. Como no podía haber sido de otro modo, los primeros contactos que tuvimos fueron hechos con miembros de un grupo, que de una manera muy general podríamos categorizar de anfitriones.

Estos individuos no pertenecen a una misma familia, sino que tienen coincidencias actitudinales: están al acecho o espera de los foráneos que están arribando a la región. Su interés generalmente es el de la depredación, curiosamente operando bajo la modalidad de supervivencia de la presa de la cual obtienen su provecho, por lo que podría considerarse una función de tipo parasitario. Algunos sin embargo, brindan una hospitalidad desinteresada. Aunque esta característica no debe tomarse como definitiva, porque el zarpazo puede llegar después de mucho tiempo de coexistencia aparentemente amistosa.

El primer anfitrión con que tomé contacto en la zona fue Roberto Barcesat. Yo lo conocía a Roberto desde hacía más de cincuenta años. Pero no lo había tratado mucho. De quien había sido amigo de toda la vida, era de su hermano Enrique. Con él compartimos la escuela primaria, viajes aventureros, construcción fracasada de tablas de surf, etc. Cuando Enrique supo de mi decisión de establecerme en el sur, me dio el teléfono de su hermano Roberto y me contó una serie de maravillas respecto de la zona que iba a visitar. Yo lo llamé a Roberto y él esperó ansioso mi llegada. Yo lo traté con algunas reservas, porque según mi amigo Enrique, su hermano era una persona un tanto belicosa, que se había peleado muy fieramente, de lengua y puño, con él mismo, aunque finalmente habían llegado a una cierta reconciliación. Roberto también había reñido, en forma total y definitiva con su otro hermano Carlos, el mayor de los tres.

Cuando nos encontramos, Roberto se extrañó de que yo no recordara un episodio muy antiguo, en que él había discutido muy fuerte con su padre, “Don Enrique” y habiendo abandonado el hogar paterno, buscó refugio en “La Matilde” un estrafalario criadero de pollos y cerdos que teníamos con mi hermano cerca de Moreno. Pero era sí: yo no tenía la menor reminiscencia de esa historia de los lejanos dieciocho años

El combativo Roberto fue con nosotros muy servicial, nos alojó en su casa y nos acompañó a ver a otro anfitrión, Ricardo Martínez, dueño de la inmobiliaria que parecía ser la más activa de la comarca.

Aquí debemos abordar otro aspecto clasificatorio de la fauna. Si bien tanto Roberto como Ricardo coincidían en la actitud funcional de anfitrión, mientras que Roberto era un urbano exilado, Ricardo pertenecía a la familia de los nómades asentados. Estas categorías taxonómicas se definen por sí solas, pero con el desarrollo del trabajo se irán explicando sus características diferenciales.

Ricardo Martínez resultó ser un enérgico y optimista vendedor de bienes raíces. Infatigable, nos llevaba a ver distintas propiedades, separadas a muchos kilómetros unas de otras. Se comportó como un maestro en exaltar virtudes y disimular defectos de los productos que iba ofreciendo.

Lucas y yo quedamos flechados por la chacra en la que finalmente nos establecimos, y lo mismo sucedió con Elvira cuando la vinimos a ver poco después. Sin embargo Ricardo Martínez omitió prolijamente mencionar el bosque depredado primero e incendiado después, así como las grandes dificultades que tendríamos para limpiar la maleza, la mala calidad del servicio de agua y electricidad, la casi imposibilidad para obtener una línea telefónica, la distancia de la línea de gas, etc. etc. Sin embargo estos son detalles insignificantes si se los compara con la complejidad institucional de la entidad vendedora.

Ricardo Martínez había recibido la propiedad en venta, pocos días antes, mediante un llamado telefónico de los propietarios en Buenos Aires, acompañado por un telefax de una página de la escritura de compra en la que constaba la nomenclatura catastral de la parcela. Cuando convinimos el precio final de la operación, comunicación telefónica mediante de Ricardo Martínez con los propietarios, y decidimos por la compra, dejamos un cheque como garantía, y estuvimos de acuerdo en no hacer un boleto de compraventa sino escriturar directamente. Los propietarios querían escriturar en Buenos Aires porque allí estaban tanto los compradores como los vendedores, y no había caso de estar moviendo ida y vuelta gente y dinero. Sin embargo, días después los vendedores dijeron, sin dar razones, que preferían escriturar en la zona, en Lago Puelo.

Por aquellos días, yo estaba en Buenos Aires y solamente tenía novedades de la operación por comunicaciones telefónicas o de correo electrónico con Ricardo Martínez en El Bolsón y no había avance de ningún tipo. Finalmente Ricardo accedió a darme un teléfono de uno de los propietarios, facilitando un contacto directo entre comprador y vendedor, que por lo general las inmobiliarias tratan de evitar.

Después de algunas conversaciones telefónicas tan vagas e imprecisas que me comenzaban a preocupar, convinimos en reunirnos en mi casa con dos de los propietarios. Allí me enteré de la verdad del asunto. El titular de la propiedad no era una persona física sino jurídica: Lago Puelo Tiempo Compartido SRL, sociedad que se había formado en 1991 y que en marzo de 1992 había comprado la fracción 1 del lote 53 en Golondrinas, Lago Puelo. Los caballeros que me explicaban esto en casa, Arbini y Parrado, me contaron también que los socios de esta SRL, trabajaban en común en una empresa constructora especializada en estaciones de servicio, en la época de plena apertura, en que las petroleras competían fieramente unas con otras, desarrollando estaciones de servicios atractivas, con cafeterías, restaurantes, mini mercados, etc. Estos señores confiaban en que obtendrían un crédito de la banca oficial para construir un hotel de turismo para vender bajo la modalidad de tiempo compartido —también en boga en la época— y por eso habían constituido la SRL y habían comprado el terreno. Pero sucedió que uno de los socios, por obscuras razones, decidió viajar a España, sin avisar a nadie y llevando todo el capital de la empresa constructora. Con este viaje, Lago Puelo Tiempo Compartido SRL y la constructora de gasolineras sufrieron sendos golpes mortales.

Ahora bien, con el paso de los años el rencor entre socios bajó lo suficiente como para que uno de ellos, el señor Parrado, fuera convenciendo a los otros de que a pesar de todo todavía tenían un terreno, y que podrían obtener algún dinero de él.

Así fue como llamaron a Ricardo Martínez y le faxearon la hoja del título con la nomenclatura catastral. Pero omitiendo decir que los socios no estaban todavía en total acuerdo, que la SRL había muerto por inanición, que durante 11 años no se había pagado un solo peso de impuestos y tasas, etc. etc.

Por aquel entonces –tres meses después de haber visto el terreno por primera vez– yo estaba obsesionado con esa compra, y si bien tenía en carpeta un “Plan B”, ya contaba con anteproyectos específicos para ese lugar.

Para colmo, Roberto Barcesat me llamaba por teléfono nervioso:

— ¡Mirá Esteban, aquí todo se va a la mierda, los precios están por las nubes, si no podés escriturar hacé un boleto, conseguí que agarren plata, si no te van a cagar!

Huelga decir que esas comunicaciones no me tranquilizaban…

Como no se disponía de los libros de la SRL, se hizo denuncia policial de su extravío y se confeccionó un poder especial para la venta a nombre de José María Parrado. Como finalmente habíamos convenido escriturar en Buenos Aires, mi escribana recibió los informes de dominio, analizó el poder y consideró que los papeles estaban en orden, aunque le extrañaba que los socios no quisieran desprenderse del original del poder, por temor a que el señor Parrado desapareciera con el producto de la venta. Así, el día en que estaban venciendo los informes de dominio, con los nervios de punta fuimos a una sala de un banco a firmar la escritura y pagar la compra. Para entonces, a precio de mercado la chacra valía más del doble. Por nuestra parte estábamos Lucas, la escribana y yo, por parte de los vendedores el apoderado Parrado, Arbini, otro socio que aparecía como apoderado en la compra en 1991, y otros tres socios que conocíamos en ese momento. Como siempre, se contó el dinero, se verificaron los documentos personales, y se firmaron los papeles. Finalizado esto, nos dijeron: “Por favor, si no les molesta, ahora queremos quedarnos solos porque debemos distribuir el dinero”. Con toda seguridad iban a repartir además un golpe de puño o alguna cuchillada…

Esta contingencia fue expuesta con el único propósito de ilustrar la poca profesionalidad con que puede llegar a actuar un individuo, a quien considero, después de haber conocido a los otros, el más profesional de los agentes de bienes raíces de la comarca. Por otra parte y más allá de las angustias pasadas, le estoy agradecido por la operación que finalmente hicimos.

Regresando a los aspectos clasificatorios de la fauna, Roberto Barcesat pertenece a una amplia familia, de urbanos exilados, a la cual ingresamos nosotros mismos. Son todos individuos que han vivido en ciudades de magnitud y que terminaron fascinados por la vida de pueblo pequeño o de área rural. Son gente que ha llegado en los últimos veinte años, con una gran afluencia en los últimos tiempos.

En cambio, los nómades asentados han estado dando vuelta por varios sitios hasta finalmente recalar en la comarca. En el caso de Ricardo Martínez, original de General Roca, vivió en otras ciudades y pueblos de Argentina y Brasil.

Dentro de la familia de los Anfitriones se destaca un poderoso subgrupo: el de los Receptores, especializado en facilitar el asentamiento de los recién llegados. A este subgrupo pertenece naturalmente Ricardo Martínez y todas las inmobiliarias, arquitectos, escribanos, corralones de construcción, etc. Estos individuos han descubierto rápidamente que los mejores beneficios que se pueden obtener de los inmigrantes son al momento de la llegada durante la cual, gracias a las ilusiones, entusiasmo y falta de experiencia pueden ser esquilmados con mayor facilidad y provecho. A veces su olfato es de una sensibilidad exquisita. Cuando recién empezábamos a pensar en construir, recibí una comunicación telefónica en mi casa de Buenos Aires, de Alejandro Salim, propietario de Andes Construcciones, ofreciendo todos sus servicios, cuenta corriente, etc. etc. Alejandro tuvo la habilidad suficiente como para que la mayor parte de nuestras compras para la obra pasasen por sus mostradores.

Alejandro Salim pertenece a una familia -en el sentido de cosanguineidad y no en el taxonómico- con la que tuvimos mucho contacto. Su hermano Diego Salim, se ocupó de gran parte de la limpieza de nuestro terreno, así como de reponer alambrados viejos, tender los nuevos y hacer tranqueras. Su primo Mario Salim posee un aserradero a quien le compramos la mayor parte de la madera de nuestra obra. Y aquí se produce un cruce de familias sanguíneas, porque Mario Salim está casado con Marina Barcesat, hija de Roberto, ya mencionado.

Algunos de los receptores han alcanzado un grado de desarrollo tal que desprecian las presas pequeñas. Tal es el caso del arquitecto y constructor Eduardo De Urquiza, el de mayor prestigio y reconocimiento en Lago Puelo. Eduardo es una persona encantadora, con un estudio primoroso y una familia maravillosa. Pero Eduardo es tardíamente reconocido por las presas sobrevivientes en cuanto a su condición de depredador. Actúa comprando materiales para sus comitentes en exceso de cantidad y precio. Despliega con rapidez felina el zarpazo de los mayores costos. A la hora de entregar la obra terminada van apareciendo infinidad de detalles que nunca son solucionados y muchos clientes terminan echándolo al diablo de mala manera y terminando la construcción por su propia cuenta. No le hacen juicio porque no quieren seguir perdiendo dinero con los abogados, que son una categoría aparte, a la que llegaremos a su debido tiempo.

En una oportunidad en que decidimos ampliar nuestro proyecto original, y cuando no queríamos saber nada más con el arquitecto Gustavo Casanova, que ya había engordado en demasía a costa nuestra, le solicité al arquitecto De Urquiza que nos cotizara la obra planeada. Se ve que la consideró de tan reducido provecho que ni se dignó a presupuestarla.

Una reducida y peligrosa especie es la de los terrófagos legalis.

Un dicho muy popular en la patagonia dice que el único animal de la zona que come tierra, subsiste y engorda, es el abogado.

Sucede que una o dos generaciones atrás, los pobladores se establecían en porciones de terreno generosas. Como lo único que hicieron fue sobre pastorear el campo con ovejas, o talar indiscriminadamente el bosque, los hijos o nietos de los pobladores originarios terminaron encontrándose con un campo degradado o un bosque talado, que ya no podía seguir alimentándolos. Para suerte de muchos, algunos sectores habían sido revaluados por el mercado y, fraccionando las parcelas originales, se conseguía que cada heredero tuviera su chacra o campito, lo vendiera y con su producto comprara una camioneta, una casita en el pueblo y se fueran comiendo de a poco el resto de los ahorros. Los abogados terrófagos legalis se ocupaban –y lo siguen haciendo hasta ahora- de financiar los juicios sucesorios y hacer la subdivisión. Sus honorarios son “solamente” una de las fracciones, la frutilla de la torta.

Personalmente pude observar a un par de terrófagos legalis, el doctor Julio Guzmán, abogado de renombre en Lago Puelo, jefe del Pach en la región, de quien estuvimos ofreciendo una parcela que tiene muy cerca de casa, producto del sucesorio de Juan Díaz.

Otro individuo de la especie fue el doctor Roberto Grimberg, conocido por mí en situación triste y adversa, porque me hizo comparecer ante la justicia laboral, para obligarme a pagar por segunda vez ciertos trabajos de instalación de agua y gas hechos por Ruli Kostic y Leo Barcesat (hijo de Roberto). Con estos señores yo no tenía nada que ver en forma directa. Estos trabajos habían sido encargados a ellos por mi contratista Gustavo Casanova, y yo los había pagado a Casanova, tal como yo lo probaba con certificaciones y recibos. Pero como este caballero vive en San Martín de los Andes y yo quedaba más cerca para el brazo de la justicia, y como en este país el comitente tiene una obligación mancomunada y solidaria con el contratista, tuve que entregarles una buena suma a estos caballeros, incluido el honorario del terrófagos legalis de los demandantes.

Los nyc se han auto bautizado con orgullo con esa sigla porque son Nacidos y Criados en la patagonia. La familia de los nyc es ahora relativamente pequeña, como consecuencia del último aluvión de inmigrantes. Sus miembros, por lo general son categorizados en alguna de las subespecies que se mencionan en el presente trabajo. Tienen mayor abolengo los nyc hijos de nyc, y hasta nietos de nyc. Buena parte de ellos son mapuches que, como se mencionó al comienzo, no son pobladores de raigambre muy remota en la zona, sino araucanos que huyendo de las huestes colonizadoras hispánicas e incaicas que los hostilizaron casi al unísono, cruzaron la cordillera y se establecieron en lo que hoy es la zona central de Neuquén, y luego fueron avanzando hacia el este y el sur.

Su presencia en la sociedad no es tan hostil ni combativa como todavía tienen sus congéneres más al norte, por la zona de oeste de Río Negro y sur y centro de Neuquén. Uno convive pacíficamente con los Nahuelpan, Cayún, Quitrupán, etc. Aquí inclusive algunos tienen puestos como concejales y hasta ocupan algún sillón de intendente municipal.

Una categoría con escasos individuos, pero de gran importancia económica es la de los extranjeros no residentes. Curiosamente si bien no residen en la zona en forma permanente, su impacto es tan grande que no se los puede dejar de mencionar. Tal es el caso del inglés Lewis, con su inmensa propiedad Lago Escondido, en la que reside algunas semanas al año, pero que cuenta con un pequeño ejército permanente moviendo su fundación, manteniendo su propiedad. Otro grupo de individuos es la italiana familia Benetton, con su extensísima estancia Leleque. Del otro lado de la cordillera, el norteamericano Donald Tompkins tiene parques naturales privados. Este individuo, unos cuantos años atrás decidió vender su exitosa fábrica de prendas deportivas exclusivas “The North Face” e invertir su producto en grandes parques en los cuales preservar la naturaleza. Por aquí, Pumalín es el principal, tan grande que va desde la costa del pacífico hasta el límite con Argentina, y decenas de kilómetros de norte a sur.

Otros no residentes pero en este caso nativos, y probablemente no tan ricos son Lerner, el representante de Disney para América Latina, con su nueva dulcería de Lago Puelo, y Tinelli, con su propiedad más hacia el sur, por la zona de Esquel.

La clase de los mamíferos, tiene en la zona un orden muy extendido, el de los estatu lactantes. Una gran variedad de familias y géneros que no hace al caso clasificar, subsisten con mayor o menor éxito mamando de la tibia teta de la madre patria. Desde los contratos por obras civiles hasta los planes de jefes de familia. Uno analiza los documentos oficiales y encuentra que el estado construye por un determinado valor el metro cuadrado, cuando uno lo está haciendo por la mitad. Uno va a la bolsa de trabajo para conseguir un peón, pero resulta que los individuos están a la espera de un puesto de oficinista en la municipalidad, y les duele la espalda, de modo que la pala y la carretilla deben continuar en las manos de uno.

En este recodo taxonómico nos volvemos a encontrar con el doctor Guzmán, asesor legal de varios municipios, y nos cruzamos con los vecinos Solari, que además de cultivar frambuesa y fabricar dulces aquí a la vuelta, atienden la contabilidad y la burocracia municipal.

El generoso pecho municipal ha producido el robustecimiento del actual intendente, Iván Bermudez, quien todavía no sabe si se va a presentar a la reelección el año próximo, o si tiene más chances en algún puesto de la administración provincial. Esa misma teta de la intendencia cobijó durante un tiempo a un elemento curioso, Nestor Campero, un personaje de mirada taciturna y lacia cabellera cayendo por su espalda hasta el nivel de la cintura. Las primeras observaciones sobre este ejemplar fueron hechas cuando era Director de Turismo de Lago Puelo, en oportunidad que sentimos el deseo de cambiar de actividad. Al poco tiempo fue designado Ministro de Gobierno y Obras Públicas, segundo funcionario del municipio, a cargo del despacho en ausencia del intendente. Este caso despertaba gran curiosidad respecto a cómo había logrado tal posición. Algunas versiones indicaban que se trataba de un piquetero, que después de ciertas acciones incendiarias en la casa de gobierno de la provincia, había sido “desterrado” con un puesto en Lago Puelo, por ser uno de los municipios más lejanos de Rawson. Tuvo tal resistencia por parte de la población, que le había asignado el mote de “el indio”, que durante un tiempo estuvo desaparecido. Algunas fuentes indican que obtuvo otro puesto en la zona, casualmente, como protector de la fauna silvestre. Para completar la información sobre este espécimen diremos que por sus propias manifestaciones, recogidas por Lucas, es descendiente de tehuelches y mapuches, lo que lo habilita para la categoría nyc, y nuestras propias observaciones sobre las características antropomórficas lo llevan hacia las raíces araucanas.

Cerrando la especie de estatu lactantes, diremos que es una categoría con gran cantidad de aspirantes. Lo más curioso es que de aquellos que no están mamando del estado, una buena parte está viendo cómo lo puede hacer. Ellos están a la espera de un puesto municipal, un contratito, alguna orden de compra del gobierno, la adjudicación de alguna tierra fiscal, un subsidio, una ayuda no reembolsable, los pasajes para ir a ver a un médico especialista de los que no hay en la zona etc. etc.

Desde cambiar el automóvil hasta conseguir una chapa para tapar el agujero del techo.

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Como corolario de esta humilde monografía, debemos dedicar unas líneas, no a ninguna especie en particular, sino al hábitat en general. Algún lector podría sacar la conclusión apresurada y errónea, de que en medio de tanta depredación, rapiña y parasitismo, el medio ambiente es peligroso y hostil. Nada más lejos de la realidad. El hábitat es amable y seguro. El hurto se hace gentilmente, con un apretón de manos, una sonrisa y un abrazo. En la vida cotidiana, uno sale sin poner llave en la puerta, deja la tranquera abierta y estaciona el auto con elementos en su interior y los seguros sin trabar. Se puede salir del cajero automático contando dinero que nadie querrá tomarlo para sí. Los muy ocasionales asaltos a mano armada han sido hechos por foráneos, por ejemplo, policías de Bariloche que bajan a hacer un “trabajito” donde no los conozcan. Las compañías de seguro rebajan sus pólizas en la región, porque los automóviles no son robados. Suceden hechos insólitos, una noche Lucas cargando combustible dejó caer su billetera. El chofer de remise que venía detrás la encontró y la llevó a la policía. Ni uno ni otros tomaron nada. Es verdad que de vez en cuando se faena un vacuno, un caballito o una oveja por alguien que no es el dueño ni tiene autorización para hacerlo. O algún estudiante se lleva para su cuarto el emblema de un automóvil. Esos son los hechos que hay que lamentar… pero como condición general, el hábitat es amigable, benévolo. Tal vez ésa sea la causa de que sigan llegando urbanos exilados y nómades asentados. Tal vez por ello, uno de estos últimos especímenes nos haya bautizado como “hotel de inmigrantes”.

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