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lunes, 7 de diciembre de 2009

Sangre Amarilla - Rodríguez

Sangre amarilla

image

Silvia C. Rodríguez – El Bolsón – Río Negro

Herida el agua

mansa

duele su sangre

como un cuchillo azul

su sangre

amarilla

luminosa de amor

su sangre

no desvela

ni clama

sólo va a la deriva

como cualquier

dolor

como la ausencia

como una espera

va

la sangre

el río

se alimenta de ella

en el costado

más austral

del agua

navega este color

de pena.

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martes, 1 de diciembre de 2009

Fuga - Rodríguez

image Las Montañas de acero se deshuman…

Ya no estarán mañana junto al río,

ni ocultando el final ante tus ojos.

Ni en la esquina oriental, ni frente a todo

 

Y este valle desnudo por la ausencia

será otro llano más, sin ceremonias.

Silvia Rodríguez

Fragmento de Fuga

del libro “Paisajes Mágicos”. 1996

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miércoles, 23 de septiembre de 2009

El desconocido - Rodríguez

image 

Cuento Corto
Silvia Rodríguez

Cuando entré al camarote el hombre ya dormía. Había elegido la mejor cucheta y no me agradó pensar en que debería trepar la escalera para llegar a mi cama. El hombre suspiró a medias y de inmediato supe que yo era un desconocido para él. Dormía inquieto a causa de esto y la culpa me invadió. Siempre quise ser familiar y cortés, aquello de compartir una habitación en la noche con alguien desconfiado e inquieto no me facilitaría el viaje.
Dejé mi equipaje junto a la mesa y miré por la ventanilla. La oscuridad corría ligera e indefinida. Sentí que el tren sería algo maravilloso para esos seres que quedaban atrás a cada instante. Algo parecido a una estrella fugaz y quizá pedirían deseos a nuestro paso. Deseos como los de todos los hombres, como los de este hombre, para el cual yo era un desconocido.
Quise mirar la noche, la luz del universo parecía no existir, el negro era disonante. Pronto, contra un fondo tan lúgubre fue mi imagen quien se impuso en el cristal. La mía y la de mi acompañante fortuito. Lo vi temblar entre las sábanas y supe que tenía sus conjeturas sobre mí. Cada día de su vida había construido esta hipótesis respecto de algún eventual compañero de camarote, finalmente yo.
Y sentí algo de temor, no era bueno ser un advenedizo y busqué evitarlo. Debía salir, era una mínima habitación y el toilette quedaba a dos puertas.
Caminé el pasillo angostísimo junto a una larga continuidad de vidrios… Permiso, dijo el guarda mientras pasaba corriendo las cortinas para hacernos ignorar la noche. Que duerma bien agregó ¿No va a cenar? Ya iré. No se deje estar, mire que el comedor cierra hoy temprano.
Hoy, justo hoy, pensé, hoy que soy apenas el desconocido. Y sentí también algo de pena por mi contraparte en la habitación, quien quizá no habría comido.
El baño seguía ocupado, de todos modos nada era urgente. Descorrí apenas la cortina y el paisaje no me atrajo, era sólo negro y velocidad sin sentido. Entré al compartimiento. Él seguía tranquilo, de espaldas. Me esforcé en detectar su respiración. Sí, la espalda iba y venía a su compás, también lo movía el tren, dos movimientos simpáticos, rítmicos, ninguno a su antojo… Me volví a la ventanilla, un pequeño pueblo lejano, sus luces parpadeantes me llevaron allí. Apoyé mi brazo contra el cristal y sobre aquel mi frente, la dulce vibración de las vías me adormecía. Acostumbré mis ojos a la penumbra y distinguí pájaros dormidos, hierbas al son del viento, cómo sería su color de día… No supe del tiempo. Me volví de pronto, azorado, temeroso, el durmiente me había hablado. Qué hace ahí, no sabe que yo quiero estar solo, qué hace ahí, le digo. Me acerqué a la cucheta. No, no puede ser me dije, duerme, respira, suavemente respira, casi hibernando, tan suave que envidié su compás entregado a la noche.
Retorné al pasillo, cerrando con control la puerta. Me apoyé contra las cortinas que había clausurado el guarda. “…El cambio climático, el fin del petróleo, todo lo que usted quiere saber sobre el futuro del planeta, mañana en Gerona. Primer Congreso Europeo de Globalización y…” En algún camarote, alguien que escuchaba la radio se preocupaba también por mí, por mi futuro. Ni yo sabía de ese futuro, sí sabía de mi ignotez, del cuantum de desprecio que mi acompañante sentía por este desconocido, detestable, inseguro.
Recordé las palabras del guarda sobre el horario de comedor. Entré abrupto al camarote y abrí mi bolso. Necesitaba de un espejo, pero aquí casi sin luz… Me quite el saco, la corbata, pantalones, todo de Vega. Vega, sí; había sido la sastrería más importante de Buenos Aires. Cómodo, suave el casimir, su color, su textura, la caída de la tela hubiese hecho feliz a cualquier hombre. Me había recomendado el conserje del hotel. El Hotel, también cómodo, luminoso. No como este camarote donde nadie podría maquillarse bien. Me vestí. Las medias de seda ajustaron mis genitales, la trusa además, más apretada aún. El vestido de jersey gris. Pasé la mano derecha sobre mi rostro. Estaba suave como el casimir, más. Al fin de cuentas ser mestizo no era demasiado malo, sin barba, “lampiño” me decía siempre mi madre. “La gallega” la llamaban en el barrio y ella protestó hasta el último día. Andaluza, oye que esos trabajan, yo andaluza, gitana, entiendes?... Eres lampiño, hijo. Y yo creía que eso era sinónimo de sucio o de repugnante, tal vez.
Pasé mis manos sobre la falda, la alisé, era tan suave como el casimir, como mi rostro, pero mejor, era sensual. Tomé la peluca y cubrí mi corto cabello. Era el momento más esperado, polvo de estrellas, el lápiz se deslizó sobre mis ojos, pastosa la gracia del labial, crema de manos, peine lento hasta las puntas de la larga cabellera. No olvidé la pulsera y los aretes de cristal de mi abuela. Cerré el bolso y sobre los altos tacones caminé hasta el comedor. Los ojos más verdes de la noche se fijaron en mí. No sentía hambre. Él alzó el rojo cristal, invitando. Me senté en su mesa. Puedo? Eso no está en discusión, era lo que estaba esperando, respondió. Es demasiado aburrida esta cena italiana. Nunca me gustaron los fetucchini. En cambio a mí me encantan! Dije casi cantando, con mi melodiosa voz de copa recién soplada. Mozo, waiter, susurró. Al instante un plato humeante estaba frente a mí. Todos se veían apurados, era tarde. Yo también, él acariciaba mis pies bajo el blanco mantel.
Caminamos embotados por el pasillo, me arrojó contra la puerta de su camarote y me besó con pasión. Yo estaba ciega, sólo me preocupaba mi acompañante dormido, solitario en el compartimiento, más allá. Estaría pensando en mí, quizá revisando mi portacosméticos, probando mi ropa interior, mis pantalones, mis enaguas, aprovechándose de mi ausencia.
Abrió la puerta y me arrojó sobre la cama. No sentí más que en otros viajes. Él pareció delirar entre mis húmedas partes ofrecidas, secretas y jóvenes, desconocidas.
Tres horas después, lo abandoné dormido, quieto. Tenía más suerte que yo, estaba solo en el camarote. Roncaba a placer. Desde el pasillo seguían oyéndose sus estertores. Se erizó mi nuca, ahora debería enfrentar al durmiente. No pude abrir la puerta, temblé. Nada se oía dentro.
De puntillas, él dormía, me cambié, no faltarían más de dos horas para llegar, ya se sucedían los andenes de carteles ilegibles e ignotos, al igual que yo mismo para ese hombre dormido.
Miré mi reflejo de corbata y suave casimir en la ventanilla. La madrugada quedaba atrás. Pronto el horizonte se vería algo blanco, rosado quizá. Me volví con pánico. Qué haces allí mirándote, puto de mierda, sé todo sobre ti. Creías que te la ibas a sacar tan fácil. Me acerqué, él seguía de espaldas. Me acerqué más, respiraba apacible. Cómo habría podido hablar entre esa respiración acompasada, casi de niño.
Recordé a mi mujer. Estaría en el andén, sonrisa de Kenzo y Revlon. La detesté por ello. No podía arriesgarme. Tomé la almohada sin uso de la cucheta superior y apreté el rostro del hombre. Eres un desconocido, oí entre los manotazos que neutralicé con mi propio cuerpo. El casimir era suave aunque siempre preferí el vestido de jersey. Pronto reinó la paz. Ni siquiera el aleteo de su respiración. No llegué a ver su rostro. Extendí mi traje con las manos, acomodé la corbata. El bolso estaba listo. Abrí la puerta. Todos dormían.
El tren se detuvo en la siguiente estación. Sólo yo descendí. En la esquina, junto al puesto de periódicos y revistas, mi mujer agitaba su pequeña mano. Pude olerla a casi diez metros; con desdén y repulsión. Caminé por el andén, lento, justo cuando el tren retomaba la marcha. A un lado, un trabajador arrojaba al tacho una rata muerta. Evité mirarla por no pensar en todas las que el tren arrollaría a su paso. Silvia

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Dentro – Rodríguez

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Cuento Corto, Ganador del Premio La Matera 2009
Silvia Rodríguez – El Bolsón – Río Negro

Arrojo un espinel por mi garganta,
le dejaré esta noche por si acaso.
Mañana, la abundancia
o las ausencias...
Me bancaré el mutismo de por vida,
tan sólo por saber que llevo dentro.

Siempre supe que, de no ser médico, uno podría encontrar cualquier misterio en el interior de las personas. Al menos eso dicen múltiples tratados de espiritualismo, filosofía y otras yerbas tan interesantes.
El hombre de la noche, me tomó de la mano y a cambio de una moneda, propuso (como a esas modernas máquinas de las farmacias) penetrar por mi boca y darme cuenta de mi ser más profundo. Como no acostumbro a dudar de la magia, tomé una lentejuela que guardaba para un traje de disfraces y negocié con él. Aceptó, porque el nácar, la madreperla y cualquier brillo, me dijo, lo inspiraban.
Solicité permiso para ir al baño antes de comenzar, me calcé las pantuflas, como bien me habían enseñado y regresé con el apremio de una niña juiciosa. Él estaba listo. Me recosté cómoda, abrí levemente la boca y desapareció. Sentí placer de permanecer con los ojos cerrados. Silencio. De tanto en tanto, algún burbujeo entremezclado con la brisa nocturna y el roce del piyama contra las sábanas.
No habrían transcurrido más de diez minutos, cuando emergió, sin yo notarlo y se mostró notablemente molesto.
-Abra los ojos- me imprecó -¿Oh cree usted que yo estoy para perder el tiempo?
No sabía si permanecer callada, aunque consideré inútil hacerle algún cuestionamiento.
-Nunca me pasó algo igual- continuó -Usted está íntegramente llena de signos de interrogación, algunos de admiración detrás de los ojos, varios cántaros de lágrimas en la garganta y en las manos, unos impulsos incontenibles de acariciar. Me insurrecciona usted, señora, porque también la inunda, la culpa de lo que ha hecho y de lo que no; y si al menos, hubiese encontrado una certeza donde la mayoría...
e cuando no pude soportar y le pregunté:
-Disculpe, señor de la noche, le agradezco su serio diagnóstico, pero ¿dónde es que encuentra la certeza de la mayoría?
¿Ve, señora, por qué me saca de quicio? No sólo carece usted de ella, sino que además, desconoce el lugar dónde los otros la llevan.
Su pequeño cuerpo saltó de la cama y se dispuso a partir. El amanecer se presentaba como un poniente equivocado. Se volvió, me miró a los ojos y a manera de despedida me dijo:
-No merece que se lo diga.
Silvia Rodríguez

Otros trabajos de la autora publicados en este blog

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lunes, 25 de mayo de 2009

Hoy la vida - Rodríguez

Hoy la vida se llevó unas manos
Poesía
Silvia Rodríguez



Hoy la Vida se llevó unas manos

Cuando cambie estas sábanas, ya no estarás aquí.

Así el agua jabonosa será salada. Quién sabe, cada día
haya alguien que transforme en un mar
piletas y fuentones.


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Patagonia - Rodríguez

Patagonia
Poesía
Silvia Rodríguez

Patagonia
tabla de
molienda fina.
Esconden los árboles
su cara
entre las rocas
Caminos de agua
venifican el alma
de los muertos
laten
Ojos sombrean
su iris
azoran varias almas
el ancho tendido
de tu sueño
Recuesta la tierra
su larga, larga
flojera.
Es suspiro
exclamación
tu anchura
Cada nube
termina
su cansancio
acomoda su
desesperación
clavada en frío.
Loca mujer, de Amor
te mueres sin
mostrarlo Loca de
Amor, Patagonia
corres andas de arena
en más, sin conocer
medida.

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Estoy Hecha - Rodríguez

Estoy Hecha
Poesía
Silvia Rodríguez



estoy hecha de adiós
duelo como el agua
con el desgarro de los cisnes

estoy hecha de tiempo atrás
de pocos
o muchos años

de verme llorar.

Siento el instante
de la última palabra
de la última visión
Hoy te has ido y sé

Duelo como
el agua seca
impedida de volver
a su arena
como el agua
que abierta al nado
sangra

Con una tradición
de doler
esperando la vida
doy noticias
siempre atenta
a decir, a dar vigencia
a recordar
cómo puede tratarte
la propia vida

siempre estoy para vos
incluso el día
que ya no me veas

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Exposición en ojo ajeno - Rodríguez

Exposición en ojo ajeno
Para Claudio Bruni
Cuento Corto
Silvia Rodríguez

Una mujer sencilla con sus labios secos. Hoy las mujeres son todas feas y bocudas, sintéticas.
Él la vio cuando entraba, aún algo chispeado por el alcohol. Un vino semi-malo que habían servido en su presentación.
Todas estaban ahí para verlo, porque el nombre de lo que había contado las convocaba. Era restaurador de vírgenes. Se preguntaba si habría alguna todavía.

Cada quien se sentía una de ellas, todas llevan dentro de sí el pasado. Y lo que se ha perdido por leyes que algunos bien conocen, no se recupera así como así.
Las vírgenes en plural eran algo inconmensurable, irónico. Un día lo habían llamado siguiendo sus narraciones, así como pintaba, hablaba. Un poco demás, un poco atolondrado, sus palabras y su pincel son convincentes.

Sus ojos medían cada parte de la mujer, aunque todas esperaban turno frente a los cuadros. El tano y la mujer actual, una maestra venida de Buenos Aires, habían construido esa hermosa sala. La luz favorecía los anhelos. Todos tienen anhelos, aunque los intelectuales los dibujen y los histericen como si fuesen malos, o pobres.
Al caminar sobre la madera nueva, algunas dejaban que el pantalón ocultara el espejo que parecía haber en el piso para los hombres presentes.

Ya no se usa el vestido, las mujeres que van a estas vernisagge, usan pantalones o largas faldas donde el ensueño de algo aéreo, pendiente, sólo eso, oculta apenas lo que el piso opaco y agreste no puede reflejar de todos modos.

Él es un vendedor de historias, más que de cuadros. Todos le gustan pero no lleva a los amigos y curiosos a verlos, les habla con vasos en la mano, mientras su pequeña mujer ofrece unos pancitos en platos traídos de la oscuridad.
La luz sobre los marcos, la luz… Sobre una parte que no ha sido tocada desde hace mucho tiempo.
La otra mujer le pregunta cómo encontró el pie de la virgen de madera y de donde tomó los pedazos. ¿El pie es de tela? ¿Con aguja lo toma o con pincel? Y él ve su boca, delgada, seca, sin aceite alguno. Ella no quiere probar bocado. Busca siempre algún contador de historias para soñar.
No sabe escribir lo que le dicen. Sólo algún vaivén de brisa le cuenta lo que puede dejar sobre un papel.
La luz, también enceguece y el color no es lo mismo de noche.
Restaurar no es posible, le dice.
Sí, mi padre lo hacía- responde, porque le gusta hablar.
Serían otros tiempos, momentos en los que se podía curar. Viste que ahora estamos rotos.
Sí, pero la Virgen es de hace dos siglos
Y tus manos, dice ella, son de hace dos siglos?

Por primera vez vio sus ojos. En ellos se reflejaba el cuadro de enfrente, el de la luz más fuerte. Casi intentó sacar la billetera del bolsillo, pero estaba vacía y el cuadro lo había pintado él. En esos ojos, sus propios cuadros valían una fortuna. Y la Virgen que estaba tan lejana. Esa Virgen tenía milagros en las manos porque le daban de comer. De sus manos de este siglo, sobre los pies de ella, tan importante para otras manos juntas allá, lejos.
Y esa Virgen que hacía hablar la boca, semi-seca y los ojos ebrios por la luz donde su cuadro se ahogaba y ahora era un riachuelo, un cuadro de río marrón, oscuro con olor a puerto antiguo y a gente de tango. Ahora, por primera su vez, en esos ojos de mujer, su pincel parecía el de Quinquela.

Silvia Rodríguez – Abril 2009

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