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jueves, 11 de noviembre de 2010

SECRETOS DEL DESIERTO (Ester Faride Matar)

SECRETOS DEL DESIERTO (Ester Faride Matar)
Antigua leyenda árabe: quien sabe escuchar elSilencio de la noche, puede conocer los secretos – desierto...
Navegué un día, sin brújula.
     Sin timón.
El día que sin escrúpulo y osadía, me atreví a leer lo que no debía. Me paralizo el miedo y un sudor con transparencias cubrió mi cuerpo.

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jueves, 2 de septiembre de 2010

Uno – Ester Faride Matar

UNO…

Uno siempre cree y se imagina.

Uno cree que el dolor roza la piel del otro… y que le duele hasta pedir socorro…

Uno cree que las alegrías son propias y las desparrama por el aire… hasta que llegan renovados jubileos.

Uno siempre cree y se imagina.

Se imagina que a nuestra piel no le embate el pasar del calendario.

A los otros… sí.

Que las penas son ajenas.

Que las dolencias desconocen nuestro domicilio.

Y un día cualquiera ya no cree ni se imagina, porque el sufrir tocó nuestros huesos y se convirtió en una batalla por ganar.

Nos quedamos inmóviles en la vera del sentimiento reaccionando ante los vientos contrarios del pensar…

Del sentir…

Los otros pasamos a ser nosotros mismos.

Nosotros mismos pasamos a ser los otros.

En esa fusión de los otros y nosotros, coexiste la gelatina existencial de lo real…

Sin darnos cuenta vamos incorporando los supuestos del etéreo mundo que habitamos y no queremos consumir más bagatelas…

Nos sorprende abrir las ventanas y contar las gotitas de la lluvia y deleitarnos en los aromas que emergen de un patio… y entender que el silencio no es sinónimo de soledad sino de un reencuentro.

Necesario…

Ineludible…

Saludable…

Afirmo que mi piel se viste con la piel del otro y el otro se viste con m piel.

Escucho…

Mi alma me susurra a los oídos y varias voces se mezclan en secretos.

Este milagro de meterme en los de afuera produce la magia que ellos, los de afuera se incrusten en mi ser…

Piensan y pienso.

Somos todos iguales ante el dolor y la alegría.

La perspectiva de igualdad me vuelve inconsistente en esta tarde ocre y me indago y me invento en los otros…

Como nunca…

Por la vidriera inmortal de las estrellas, se desprenden luces de colores advirtiendo la llegada de una etapa diferente…

Cerrando círculos de antaño…

Esparciendo manojos de respuestas, con pétalos de esperanzas e ilusiones…

Que estimulan mis aciertos y los tuyos.

Que fusionan realidades y utopías en el contexto universal de los sentidos…

(Ester Faride Matar)

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martes, 10 de agosto de 2010

A mi manera – Faride Matar

A MI MANERA…

Te concebiré nuevamente en las huellas talladas en la arena.

En esas mismas huellas que jugando a ser perfectos, intentamos coincidir con tus pasos y los míos.

¿Recuerdas? Comenzaba el otoño y las noches vestidas de verano nos incitaban a robarle sonrisas a la luna, despachando besos en manojos de caricias entusiastas.

Reíamos…

Enredábamos pedacitos del viento entre los dedos y en forma de barrilete, sostuvimos un hilo imaginario en fundidos abrazos encubiertos.

Transgredimos el espacio en su cúpula celeste…

Traspasamos hipotéticamente la inmensidad del mar…

Fuimos…

Somos…

Somos maestros y aprendices que al unísono proyectamos un mañana con sumatorias de instantes…

De hoy y de ayer… *Ester Faride Matar*

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domingo, 8 de agosto de 2010

Momentos – Faride Matar

MOMENTOS…

Me desperté como siempre, a las 6 de la mañana.

El reloj biológico es el sustituto de cualquier alarma para despertarme. Abrir los ojos, desperezarme como un gato en la cama y pisar las baldosas es un ritual que siempre ejerzo.

Miento.

Esta vez lo practico de una manera diferente, porque un nuevo amanecer es distinto al anterior.

Tengo deseos de escribir, me siento, abro el cuaderno y no tengo nada para escribir de lo mucho que tengo para decir. Pienso.

Intento dejar la mente en blanco para visualizar un tema y nada aparece.

Intento.

Vuelvo a mirar el blanco de la hoja y las palabras se escabullen holgazanas como queriendo ocultar lo que pretendo articular y las letras forman ruedas titulando ideas que nada me señalan.

Que todo me oculta.

Y me detengo…

Me analizo.

Esa rara costumbre de analizarme me rotula las ganas de perder esa costumbre rara de analizarme y extravío adrede un pensamiento para engañarme y no me pienso.

Regreso al curioso anhelo de plasmar palabras en un verso y la pasión se revuelca entre recuerdos arrastrando mis cabellos para que invente nuevamente remembranzas.

A las 6 de la mañana me imaginé un Tuareg.

Caminé descalza por el pasillo y al final del mismo el espejo me devolvió un insomnio con gusto a gustarse, y cómodamente esa misma silueta dibujada en el espejo, se sentó…

Acarició forasteramente una lapicera y sin querer…

una gota de tinta se durmió en el diván…

*Ester Faride Matar*

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miércoles, 24 de febrero de 2010

Amor entre Poetas - Matar

matar

AMOR ENTRE POETAS.

Nos encontró la vida escribiendo poesías…
     Te embriagaste en mis versos.  Yo necesitaba emborrarte en mis estrofas.
Entre mis libros se hilvanaron palabras escritas en carta de papel. Nos comprometidos con locura y en dueto transformamos nuestros versos en interminables versìculos de encuentros y desencuentros.
Detuviste el reloj de mi pulsera y me sentí dueña de tu espacio, inmovilicé el calendario de tus días y te profesaste amo de mi sitio…
       Marcamos territorio uno a otro en viceversa para encontrarnos nuevamente en armonía…
No fui yo ni fuiste vos… fuimos los dos que  buscamos geografía  para sorprendernos en permanente inspiración, enredando metàforas  de magia y sentimiento...
              En hechizos de pluma y algodón…
Nadie lo sabe, ambos lo ocultamos… te vestiste de duende yo de hada.
Fingimos travesuras en un paraíso imaginario de cuentos con verdades absolutas…
    Fuimos niños correteando inexistencias y adultos frente a frente leyendo borras de café…
¿En qué lugar estabas que mis versos te llegaban? Si yo escribía al amor inmaculado  y desde lejos le agregabas pentagramas de románticas canciones al azar…
… Me sorprendiste y te dejaste sorprender en los mensajes…
       Nos atrapamos nuevamente en poesía… documento de pasión entre poetas que se dejan querer en demencia de cosas que se dicen…
       de otras que se callan…

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viernes, 4 de diciembre de 2009

El Circo… - Matar

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del Libro: AQUEL HORIZONTE…

En el cofre de los recuerdos, siempre quedan cosas sin contar. Quizás el paso del tiempo es el disparador perfecto para que afloren a la mente cuestiones del pasado.

Tan del ayer, que hoy resultan añejas e inexplicables para los niños de esta sociedad. Las diversiones son diferentes, los juguetes también lo son.

Viene a mi memoria, el circo. Esa enorme carpa que llegaba a los pueblos y se armaba en el lugar de siempre.

¡Lo esperábamos!

Para nosotros era el esparcimiento por excelencia. Los mayores anhelaban jugar a la sortija, los adolescentes en la ruleta rusa y nosotros, los niños en las calesitas. Pero todos, de una u otra forma, buscábamos al payaso.

Seguramente con diferente expectativa.

El payaso hacía reír a ellos y a nosotros.

Yo me divertí con él hasta los 9 o 10 años.

Una noche soñé que este hombrecito tenía penas. Que sonreía por sonreír. Que tenía tristezas.

Yo me imaginé que la nostalgia era producto de un hogar no constituido.

Que le dolía la cara de tanto hacer reír.

Que se ponía cebollas en los ojos para llorar en cada actuación.

Que miraba la vida desde abajo y le causaba gracia los pies con sabañones, las manos callosas, las ansiedades ajenas.

Desde ese día, busqué otra explicación en la mirada del payaso.

Busqué al payaso y busqué su mirada.

Nadie entendió mi mensaje, ni mis hermanos ni mis amigos.

Nuestras miradas contenían complicidad y a su vez, sentimos que algo nos unía.

Un día, el payaso decidió quedarse a vivir en el pueblo. Una familia le prestó una casita que quedaba al final del patio, con la condición de que Mateo –el payaso- le regara las plantas y les ayudara en los mandados y en el cuidado de sus hijos a cambio de casa y comida. Esos niños vivían felices porque Mateo les contaba cuentos, hacía juegos de acrobacia y los ejercitaba con marchas y contramarchas, seguramente pensando que algún día los varones irían al servicio militar y estarían entrenados físicamente.

Mateo era morocho, de muy baja estatura y nunca pudimos deducir su edad. El siempre cambiaba de años y los acomodaba conforme la edad del vecino o de quién le preguntaba ¿cuántos años tenés?. Caminaba seguro y por las noches cosía el ruedo de los pantalones que le regalaba la gente del lugar. Para nosotros era un ser especial, de otro planeta. Reía, paseaba, trabajaba y nunca lloraba. Para todos era feliz.

Recuerdo que un día mi hermano nos dijo: ¡quisiera ser Mateo!

- ¡nunca lo retan!

- ¡nunca en penitencia! .Yo ese día, me senté en una escalerita, apoyé

- mis brazos sobre mis rodillas y pensé: ¡no sabe lo que dice!

¡Mateo no tiene padres ni hermanos!

¡Mateo está solo!

¿No tenía padres ni hermanos?

Nunca lo supimos. El nunca hablaba sobre ese tema, la única familia que consideraba como tal, era justamente quién lo llevó en el circo durante muchos años y de pueblo en pueblo.

Recuerdo que una tarde de enero y a la siesta, mi mamá tomaba mate con su cuñada y entre mate y mate, comentaban que Mateo estaba triste. Que él decidió quedarse con nosotros porque en el circo otro payaso lo había reemplazado. Un payaso joven, rubio y de ojos celestes.

-Claro decía mi mamá, el otro payaso no tendrá penas y como es joven no se cansará de tanto y tanto viajar.

-Tampoco pedirá aumento de sueldos, acotó mi tía. Este tema siempre preocupa a los patrones y no les gusta que sus empleados reclamen más dinero, deben estar agradecidos del sueldo que reciben.

La puerta se cerró por un viento fuerte y yo me quedé sin saber el final de esa charla.

En mi pueblo las calles se regaban con un tanque tirado por un tractor y de esta forma aplacaban el polvo y la tierra por falta de asfalto, y cuando el regador pasaba frente a la casa de los Mustafá cortaba el chorro de agua porque decían que Mateo, por las mañanas, tiraba mucho agua y en ese pedacito de calle las piedras estaban limpitas y sin arenilla. Mateo escuchaba estos comentarios y con señal de orgullo se soplaba los dedos y los refregaba en su camisa como diciendo: éstos me tienen envidia y dando un viraje muy cortito, desaparecía como por arte de magia dejando en todos, una mezcla de intriga y de admiración por su habilidad de correr rápido, hacer piruetas, ponerse las manos en los bolsillos y silbar una canción gitana.

Pasaron muchos meses y este ritual se repetía con diferentes matices.

No siempre fue así a partir del mes de abril.

Mateo comenzó a faltar en sus trabajos y se ausentaba varias horas del pueblo y de su lugar. Llamó la atención. Los primeros días, los Mustafá no preguntaron nada y pensaron que Mateo necesitaba un poco de oxígeno, que saldría a caminar por los barrios y que seguramente se escondía para ensayar nuevas piruetas para hacer reír.

Mas tarde sí les llamó la atención y la curiosidad se acrecentaba a medida que escuchaban que a las 11 de la mañana Mateo partía y llegaba a su casita cuando el sol se ocultaba. A veces lo veían desbordando de alegría y otras en cambio, melancólico y pateando las piedritas que se cruzaban por sus grandes zapatos.

-Parece un niño y es grandote, comentaba la patrona.

-Dejalo, hace esas cosas porque extraña al circo, refutaba el dueño de casa.

Un día al salir de la escuela, con mi hermana esperamos a Mateo. Le dimos un beso, nos abrazamos y le pedimos conversar, que nos cuente su vida anterior y si en este pueblo se sentía feliz.

¡Qué pregunta chicos! Nos dijo.

Soy feliz. O acaso... ¿no los hago reír?

Mi función en la vida es esa, el payaso nunca debe estar triste acotó, el payaso nació para hacer reír.

Le creímos. Desde nuestra visión de niños, creímos que unos nacen para hacer reír, otros nacen para reír. ! Nos conformó esa explicación.

-¡Somos tus amigos! ¡Te queremos! Le dijimos casi al unísono y dándole nuevamente un beso y un abrazo nos despedimos de Mateo y sin que percatara, mi hermana le puso en el bolsillo izquierdo un paquete de caramelos, como queriendo reafirmar nuestra amistad.

Resulta que Mateo se había enamorado. La relación duró poco tiempo por problemas de diferencias. Mateo se cansó de subir y bajar de un banquito cada vez que por propia iniciativa quería robarle besos a su amada. Ella, con fuertes dolores de espalda visitó en muchas oportunidades al médico quién le recomendó cambiar de aire. Trasladarse a otro pueblo con más árboles y diversiones que aplaquen su tristeza.

Una noche y sin que nadie lo sepa, María tomó el tren y se fue a Jacobacci a la casa de unos parientes.

No se despidió de Mateo.

Mateo nunca la buscó.

Ella era de pueblo.

El era de circo.

Iniciando el mes de diciembre un circo llegó al pueblo. Extendieron una gran carpa en la placita y armaron montón de juegos y por alto parlante anunciaron que esa noche, a las 22 hs. comenzaría el espectáculo con sortijas, ruleta rusa, calesita, jóvenes trapecistas y venta de golosinas.

Todos escuchamos la publicidad.

Estábamos atentos.

Mateo también lo estaba.

A la hora indicada, con mis padres y mis hermanos fuimos al circo. Ansiosos, expectantes. El circo siempre nos gustó.

A la gente de los pueblos también.

Nos sentamos en los escalones más bajos y sin querer, buscamos con la mirada la presencia de Mateo.

Nadie lo vio.

Nosotros tampoco.

La voz del dueño del circo anunciaba comienzo de función. Pidió silencio. Presentó a todos los integrantes de su equipo y desfilaban señores, señoritas, señoras, algunas delgadas, otras no tanto, hasta que, fijando sus ojos en los ojos de los niños, explicó suavemente: “lamento decirles que este circo no tiene payaso”. Les contaré una historia dijo acomodando su voz de tal forma que no lastime el sentimiento de los niños.

-Hace muchos años, este circo tenía un payaso que hacía reír. Que reía y le pagábamos para hacer reír. En uno de esos tantos viajes y allá por el mes de abril de 1960, hace entonces... como diez años... el payaso se cansó de nosotros y se quedó a vivir en un pueblo de la Patagonia. Nunca recibimos noticias de él. Quizás se cansó de hacer reír. Tal vez lloró. No sabemos si aún vive. Yo estoy medio viejo continuó diciendo, y de muchas cosas no me acuerdo.

-No sé exactamente en que pueblo se quedó el payaso. Para mí todos los pueblos son iguales, no tienen asfaltos, las vías del ferrocarril lo dividen en dos partes, hay niños felices y en la única plaza del pueblo se arman los circos.

He perdido la memoria, recalcó una y otra vez. Estoy medio viejo y me olvido de las cosas, pero de este payaso nunca me olvidé. Un día vino a nuestro circo un payaso rubio, de ojos celestes y al ver la destreza de nuestro payaso, se fue con otro circo.

Siempre esperamos que el payaso morocho –nuestro querido payaso- se arrepienta. Sí, lo queríamos. Lo necesitábamos porque siempre se reía. Por esa razón este circo nunca más contrató un reemplazante. Este payaso es irremplazable.

Silencio total en la gran carpa. Alguien levantó la mano, se puso de pié y preguntó: dígame señor el nombre de ese payaso, porque ¿sabe? Yo también estoy medio viejo y a veces las cosas se me olvidan. Interrumpiendo el diálogo de los adultos, dos compañeritos de mi Escuela, que además era la única Escuela del pueblo, saltaron la pequeña reja colocada entre el escenario y los escalones, y con total audacia le contaron al señor, casi gritando, que no se haga problema, porque este pueblo, justamente este pueblo tiene su payaso e incitando al público presente a cantar, pronunciaban el nombre de ¡Mateo! ¡M a t e o! ¡M a-teo!.

La gente grande miró a los ojos al dueño del circo y lo vieron llorar.

Los niños no nos dimos cuenta porque todos cantábamos y reíamos.

Era grandioso saber que el pueblo tenía su payaso.

El circo no lo tenía.

Nunca nos contaron la verdad.

La supimos un día lluvioso de invierno cuando el tren se detuvo mucho tiempo en la estación de ferrocarril .

Cuando las campanas de la Escuela sonaron muchas veces.

Cuando las piedritas de la calle frente a los Mustafá estaban tapadas de tierra.

Cuando quedaron cosas sin contar en el cofre de los recuerdos.

Como éstas.

Como otras....

(Ester Faride Matar)

www.esterfarideMatar

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miércoles, 11 de noviembre de 2009

VUELVO AL SUR - Matar

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(A Sierra Colorada –mi pueblo)

Ester Faride Matar – Sierra Colorada

Volver al sur.

Venir al sur.

Este hermoso panorama me transporta a mi niñez.

Aquella época en la cuál, los niños jugaban con barriletes de colores y los adultos caminaban por las calles dibujando rayuelas con sus pasos... y con los otros.

Una sensación de nostalgia y de alegría me salpica el corazón cuando regreso a este lugar y siento que las nubes me saludan y se esconden, haciendo piruetas en la extensión de su infinito.

El asfalto le cambió la geografía a muchos pueblos originarios de este sur y yo no lo pensé.

No lo pensé, cuando brindaba por el tendido de la cinta asfáltica que lleva prosperidad al futuro de mi gente, sin pensar acaso que esta misma algarabía, les canjeaba perspectiva a mi lugar y a tantos otros.

Vuelvo al sur y la meseta me tiñe de recuerdos.

Recuerdos que marcaron mis manos de payanas y de muñecas vestidas de señoras.

Señoras que cobijaron mis sueños infantiles y que hoy me reconocen cuando llego a la casa de mis padres.

Mis padres amaron el sur y a este pueblo.

Este pueblo tiene olor a otros países, porque nació de la mano de muchos inmigrantes.

Vuelvo al sur y me dan ganas de quedarme abrazando el horizonte que tiene parte de mi historia y de la tuya.

Regreso.

Pienso.

Cambio figuritas con el progreso que recién ahora, tapó el polvoriento camino que me lleva nuevamente a mi lugar y con mi gente.

(Ester Faride Matar)

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domingo, 20 de septiembre de 2009

Bagaje de Sabiduría - Matar

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BAGAJE DE SABIDURÍA

Ester Faride Matar – Sierra Colorada – Río Negro


Muchas cosas llaman mi atención.
    La experiencia de los años surcada en la piel de los abuelos.
          Los ojos sedientos de miradas.
                Las manos arraigadas de trabajos sin salarios decorosos.
La piel de mis abuelos que son los tuyos.
          Seres con luces que forjaron su destino con sabor a desarraigo.
                Que lucharon.
                      Que sufrieron.
                            Que a pesar de todo, son felices.
Caminan despacito.
            Como queriendo retener sus pasos por la vida.
                   Intentando grabar sus huellas para no ser olvidados.
Y se detienen en la plaza, en una esquina, conversando con sus pares en la puerta de una casa.
       Siempre hay un vecino que comparte sus historias.
              Que vivencia su pasar.
Sonríen.
        Aconsejan.
              Cuentan leyendas de ayer y de hoy.
                     No recuerdan las fechas y hasta confunden los rostros de mucha gente.
          De esa misma gente que también sonríe, aconseja y cuenta sus leyendas.
Esas mismas cosas llaman mi atención.
            Van dejando su sabiduría en un banco de la plaza.
                     En la puerta de una casa.
                           Con las ventanas abiertas por esa rara costumbre de no vivir en cautiverio.

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El señor del rosario - Matar

image Ester Faride Matar – Sierra Colorada – Río Negro

 

EL SEÑOR DEL ROSARIO…

El tic tac del reloj marcó las 22 hs. Como siempre.

Pero hoy sería un día diferente.

Buscó en su bolso la billetera, los anteojos, los cigarrillos y detuvo sus manos en un rosario. Sí, en las perlas de un rosario que días atrás, un señor le regaló al despedirse de su cuarto.

De ese cuarto de hotel que noches tras noches, era fiel testigo de negocios con su cuerpo, de las propinas que engrosaban su honorario, de sus miedos a tantos rostros desconocidos que pagaban por amor, que dejaban en sus manos el dinero y las angustias contenidas.

El señor del rosario ahogaba sus penas en ese mismo cuarto de hotel. Un día se paró frente a ella, encendió las luces y mirándole sus ojos reflexionó en voz alta:

-Muchacha, este no es tu mundo. El mío tampoco. Negociamos soledades por diferentes motivos. Yo por olvidar las penas de un amor no correspondido. Vos por necesidad seguramente… y estamos exponiendo nuestros cuerpos al ultraje despiadado de las mentes.

Lo miró desde su mediana estatura y secándose las lágrimas que sin permiso, se desparramaban sobre sus mejillas, también le confesó:

-¿Sabes? Llegué a esta ciudad con este mismo bolso y dos monedas. Vengo de un barrio de pueblo sin laburo, sin padres ni amigos que me contengan. Cansada de buscar basura en la miseria, de soportar letreros en las puertas “sin vacante”, me atreví a vivir de esta manera, sin rendirle cuenta a nadie.

-¿A nadie? Le preguntó el señor. Y ¿vos qué sos? ¿sos nadie?

-Ella sintió una bofetada en su interior. Esa bofetada que quizás estaba esperando recibir para cambiar de rumbo.

-Sí… soy… soy una mujer que comprando portaligas y carteras repletas de temores, cuento los billetes, atesoro las monedas para pagar un mísero hospedaje y comer. ¡Vá!... comer… ¡Cuántas veces me olvido de comer por los miedos que me persiguen para alcanzar el coraje que me falta!

El señor, extrajo de su bolsillo un rosario. Apretó fuertemente sus manos, la besó en la frente y obsequiándole el rosario le imploró: por tu bien y por el mío, busquemos otro camino, cambiemos de vida. El señor, que es mío, es tuyo y es de todos, será el que cada mañana nos acompañe. A vos, para encontrar el trabajo dignificante que soñás y a mí… a mí muchacha… cerrar las heridas que me hieren de un abandono inmerecido.

Cerraron la puerta de ese cuarto de hotel y cada uno tomó diferentes senderos.

Lo vio marcharse. Silbando bajito y pateando las gotas de agua que salpicaban las veredas por la lluvia. Lo presintió feliz.

El la miró alejarse taconeando segura. Apretando sus pasos y sin mover sus caderas como antes. La presintió feliz.

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domingo, 19 de julio de 2009

Feliz día del Amigo - Matar

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APOSTÉ... (Ester faride Matar)

Aposté a la alegría.

Al perdón.

Al reconocimiento.

A la defensa de la vida.

A la niñez con juguetes.

Al compromiso de los grandes.

A los valores intactos.

A la palabra.

Aposté al amor por la vida.

Al amor-

A la vida.

-FELIZ DÍA DEL AMIGO-

De corazón a corazón

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sábado, 18 de julio de 2009

SER LIBRE... - Matar

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Hace mucho tiempo, pensaba que las ausencias podían guardarse en un baúl.

En el baúl de los recuerdos.

Que todo era muy fácil.

Que desprenderse del dolor era una forma sencilla y mágica para no sentir el abandono.

Que el abandono era una manera objetiva de inseguridad.

Que la inseguridad era producto de la inexperiencia.

Que la inexperiencia nacía de una juventud prolongada.

El tiempo que pasó se llevó las hojas del otoño.

Hoy pienso que el baúl está repleto de ausencias y hay que vaciar su contenido para darle paso a las nuevas cosas de la vida.

Los errores cometidos son grietas y se han curado porque las dejé en cautiverio, porque tuve prisa.

La tristeza menguó su lenguaje taciturno y se durmió en el andén.

He visto transitar la desmedida cobardía de los miedos y estrellarse en un semáforo sin destellos...

Vuelvo a mirarme en el espejo y se refleja la presencia intangible de los duendes... de esos duendes que otrora me pidieron permiso para ser feliz.

Y en este espacio de luces y de sombras, renazco nuevamente en poesía.

Escucho el reloj con batallas disputadas y un manojo de esperanzas me invita a ser libre con breteles extraviados.

Descalza.

sin sandalias.

Desnuda en pensamientos y leyendo la borra de café...

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lunes, 22 de junio de 2009

El Inmigrante - Matar

image EL INMIGRANTE...

Cuento Corto

Ester Faride Matar

Sierra Colorada – Río Negro


Lo llamaban el extranjero. El turco. El loco.

Vino del Líbano decía la gente del pueblo. Era pariente de una familia de Sierra Colorada, también con descendencia árabe, pero distinto a todos. Usaba babuchas (sandalias), túnicas largas y un turbante oscuro cubrìa su cabeza.

Yo era muy chica y en la época de la niñez, las cosas, los hombres y las circunstancias siempre se magnifican.

Llegó una tarde de abril en tren. Nadie lo esperaba y balbuceando muy pocas palabras en español, preguntó por sus “barientes”.

Pocos entendieron que no era loco.

El era extranjero.

Venía de lejos.

Sus grandes ojos verdosos llamaban la atención y su mirada, a veces desconfiada, se detenía en cada casa, en cada auto, en cada esquina. Interpretaba que para sentirse seguro del lugar, debía amigarse hasta con los silencios que en forma permanente envolvían la cámara celeste y límpida del pueblo. Es lo que más amó en ese tiempo prolongado que vivió en el sur.

Atesoró el aire puro y sin contaminación que el ambiente le ofrecía.

Nos llamaba la atención su elegancia y su andar.

Sin preocupaciones.

Sin prejuicios.

Se dedicaba a observar.

A caminar por las polvorientas calles sin asfalto.

Y saludaba con sus manos haciendo una figura que partía desde el pecho, se detenía en la boca, en su frente y terminaba señalando al transeúnte. Era el saludo árabe.

Para nosotros, los niños (niños de aquella época...) era algo así como un ser de otro mundo e inventábamos las ganas de comer galletitas para ir a comprar al almacén de los Mussi, porque justamente ahí se hospedaba el inmigrante. Demás está decir que el inmigrante nunca reparó este hecho, él tenía 30 y nosotros 8 ò 9 años.

Era hermoso.

Aristocrático.

Distinguido.

-Vino de oriente porque falleció su hermano, comentaba la gente.

-¡de oriente! Repetíamos nosotros mientras nos imaginábamos que en esa misma tierra habían vivido nuestros abuelos.

Una mañana cuando salimos del colegio, este señor charlaba amablemente

con muchos hombres y entre ellos, estaba mi abuelo. Orgulloso, con traje, corbata y zapatos de charol dando la bienvenida e invitando a su casa al oriental.

-¡qué grande que es el abuelo! Decíamos una y otra vez.

Era la oportunidad justa y necesaria para ver de cerca al oriental, escuchar su voz y durante todo el día nos preparamos para pedir permiso en casa e ir a la casa del abuelo.

¡ No podemos dejar de ir! manifestamos a nuestros padres, es la única oportunidad que vamos a tener para estar al lado de ese señor.

-Primero los deberes, repetía mi madre. ¡los de-be-res!

-Son chicos y molestan acentuaba mi padre.

Y ante tanta insistencia, el que primero accedió fue mi papá, seguramente porque entendió nuestra desesperación y se sintió orgulloso que sus hijos se interesen por la sangre que corría por las venas de su propio padre.

Yo escuché discutir entre ellos.

No me molestó, al contrario, la vehemencia manifiesta de mi papá me gustó y hasta pensé que era la persona ideal para patrocinarnos en esta locura de compartir un momento la visita del inmigrante a casa de mi abuelo.

Recuerdo que ese día salimos del colegio, hicimos los deberes rápidamente, que con el correr del tiempo, entiendo que disimulamos abrir y cerrar los cuadernos para evitar reprimendas de mi mamá que a ciencia cierta, nos fastidiaba. Y mucho, porque sabíamos cuando comenzaba pero nunca cuando finalizaba...

A ella siempre le interesó el estudio.

Creo que no llegó a entendernos en ese instante, que no comprendió la inquietud, la incógnita, el misterio que representaba para nosotros tocar las manos, mirar los ojos de muy cerquita del oriental y escuchar su conversación con mi abuelo.

Llegamos de sorpresa y en la amplia galería que protegía la entrada de la casa del abuelo y ante una mesa con mantel blanco, copas y comida, estaban todos los señores invitados, formalmente sentados y en la punta de esa misma mesa, el agasajado se imponía con su turbante color azulino. De gala. Un aroma a tabaco fino se esparcía por el aire, que saliendo de un argil apoyado en un taburete de madera, conformaba un paisaje inusual y exótico... nunca visto...

Hablaban en àrabe, se reían, se entendían...

Yo miré de frente a mi abuelo y lo besé con la mirada. El interpretó mi intriga y mi admiración y conteniendo las lágrimas nos presentó como sus nietos.

Sí, contuvo las lágrimas por su machismo.

Por su origen libanés.

Porque era hombre y los hombres nunca debían llorar.

-Mis nietos reiteró el abuelo y el oriental balbuceando palabras raras, nos extendió sus manos acariciándonos el cabello. Recuerdo que contuvimos la risa, ellos se dieron cuenta porque éramos niños y nos tapamos la cara para no largar tremendas carcajadas. ¿Que dice este señor?...¿Qué dice? y el abuelo, seguidamente nos mandó a casa.

Si nos mandó... pero sin hablar. Únicamente con la mirada.

Como hacía siempre.

Comentó al pasar... ¡vienen a saludar!

Son niños.

Nuestra estadía con el oriental duró instantes. Pero fue mágico.

Tan mágico que han pasado 40 años y aún lo llevo prendido en la memoria.

El oriental se fue del pueblo llevando consigo a su cuñada y a sus sobrinos.

Nunca supimos qué pasó con ellos.

El oriental nunca regresó al pueblo.

Su cuñada y sus sobrinos tampoco.

Pero era inmigrante y extranjero.

¡No era loco!

.

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domingo, 21 de junio de 2009

Un viaje al corazón de mis deseos - Faride MATAR

Un viaje al corazón de mis deseos
Poema
Ester Faride MATAR

Desierto del Sahara…
Te anochecí con lágrimas y me amaneciste en emoción.
Te caminé y en las dunas sedientas y arenosas, encontraste la nostalgia ancestral de mis abuelos. Robaste mis huellas y te seduje en el hurto.
Coqueteamos al unísono cuando el sol se escondía en areniscas.
Fuimos amantes declarados cuando ese mismo astro expandía su luz en una ardiente madrugada.
Te imaginé tantas veces y de tantas formas, que no supe descifrar en ese instante, qué es lo que sentí… porque todo era igual y todo diferente. Los matices ocres dibujaban siluetas inexistentes que al danzar, se confundían con una realidad inventada de quienes llegamos a Marruecos, buscando diferentes horizontes.
...El mío estaba ahí… extendiéndome una alfombra milenaria y polvorienta que cautivó el asombro con aroma a menta, en un pocillo de té que se dormía adrede entre mis manos.
Fue algo asi, como una expedición al corazón de los secretos.
Levanté mis ojos. Observé que mi mirada se marchaba en dromedarios y entre turbantes y túnicas celestes y azulinos, los bereberes y nómades pronunciaban palabras, antes escuchadas.
¡Si! Porque mis abuelos, los tuyos, que emigraron como tantos abuelos, pronunciaban a diario un: As-salaam-alaykum (que la paz sea contigo) y mi viejo, como los tuyos respondían “malaykum-salam” (te deseo lo mismo), y numerosas frases que en el eco del paisaje, se tornaban familiares... y extraían de mi memoria, olvidadas pronunciaciones... por el tiempo... seguramente.
Pasadas las 8 de la mañana mis pies apretaban las montículos de arena queriendo grabar, sin quererlo, el paso de mi esencia en esa perspectiva... tan soñada... tan anhelada.
Marruecos fue un viaje programado.
Vivencié el antes, con ansiedades... el durante con asombros y el después... quizás cuando pasen los días consiga transmitirte la vibración de mi loco corazón.
La música árabe resonaba en cada rincón visitado... y mis manos sacaban de la mochila el caderìn –rojo y con monedas doradas- que atándolo a mis caderas, me creía odalisca sin barreras de idioma o de lugar... Dancé una y mil veces al compás de la armoniosa melodía tan particular... arraigada desde siempre en mis sentidos.
¡Cómo te gusta esta sinfonía!... ¿entendès lo que dice? Me preguntó Estella.
No entiendo el idioma, le respondí.
“Lo siento”.
“Pasa por mis venas”.
“Lo llevo en mi alma”.
No tuve intención de explayarme en el tema, porque quise saborear cada instante, cada minuto, cada segundo...
Estella integraba el grupo, era delgada y no podíamos deducir su edad. Porque caminaba despacio, con sus hombros caídos y su rostro no tenía arrugas. Más tarde, cantó 60 años. ¡Sesenta años! Dijimos todas las mujeres... ¡No los representàs! ¡Te conservàs en formol! Acotó Angélica, que decía ser sicóloga... Decía...

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