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lunes, 16 de noviembre de 2009

Mujer - Iktami

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Presentación del Libro de Luis Iktami Devaux

Sábado 5 de Diciembre – a las 20 hs – En la Biblioteca Popular Domingo F. Sarmiento de El Bolsón.

Vení a Tomarte un vino

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domingo, 15 de noviembre de 2009

Antimagnético - Iktami

image El antimagnético
El campo magnético terrestre es algo que suele pasar desapercibido dentro del quehacer cotidiano.
Sin embargo en los últimos años ha cobrado fuerza una teoría que dice que la disminución continua del campo magnético llevará a que se inviertan los polos. Una vez más, ya que según algunos esto ya ha sucedido en el pasado. Bajo ese desenlace la Argentina pasaría a ser un país del Norte.
El supuesto evento tendría lugar en el año 2012, coincidiendo así con varias predicciones apocalípticas de los Mayas.
Tengo un par de amigas en particular, muy New Age ellas, que me rompen las pelotas con eso todo el tiempo.
A tal punto que finalmente me vi obligado a embarcarme en un largo proceso de investigación para ver si podía encontrar algo medianamente creíble que sostuviera esa teoría.
Lo único que pude encontrar con un leve respaldo científico decía que era verdad lo de la reducción del campo magnético de la tierra pero que todavía faltaban más de 2000 años para que esto forzara la inversión de los polos.
Mientras tanto reconocían que había zonas, especialmente en Sudáfrica y Sudamérica donde la reducción magnética era más notable todavía. En estos lugares, la mayoría sufre malestares físicos y mentales. Como si al cuerpo le costara hacer buena combustión con todos los pistones. Sin embargo hay una pequeña cantidad de individuos que se fortalecen en esas circunstancias de baja vibración magnética. Nadie sabe muy bien por qué se da este fenómeno. A este tipo de personas les habían pegado el rótulo de “antimagnéticos”.
Personalmente nunca puse mucho peso en toda esa bazofia.
Pero todo eso cambió a partir del día que conocí a la licenciada Viviana Lampuzzo una ajetreada tarde de enero del 2008.
Era plena temporada turística y como de costumbre atendía mi puesto en la feria artesanal donde vendo mis libros.
En eso se acerca una mujer joven, de unos veintitantos años, corte de pelo casi masculino, anteojitos John Lennon, un cuerpo sólido y atlético de curvas apenas pronunciadas y una mirada tan penetrante que daba una mezcla de vergüenza y miedo considerar la posibilidad de sostenerla. Vestía unos shorts color caqui tipo safari, con por lo menos una docena de bolsillos, medias blancas y borceguíes, y colmaba todo con un sexy y ajustado top rojo de material elástico que dejaba al descubierto su ombligo y parecía totalmente fuera de lugar con el resto del conjunto.
Se paró delante del puesto y separando bien las piernas y plantando los pies sólidamente como lo haría un hombre que se prepara para dar o recibir piñas, me suelta con cara de interrogación policial a alguien sospechado de cometer un crimen.
“¿Vos sos Iktami?”
Fue tan sorpresiva la potente y súbita aparición de su energía que contesté casi tartamudeando.
“S-s-sí, sí . . . yo soy Iktami”. Me sentí inmediatamente ridículo al agregar esto último. ¿No era suficiente humillación que había tartamudeado el sí?
Antes que tuviera mucho tiempo de divagar siguió con:
“¿La conocés a Isabel?”
Con un tono que era tal vez un miligramo menos agresivo que el anterior. Pero bueno por lo menos no iba in crescendo.
“Eso depende”. Le dije con algo de picardía, sintiendo como que de a poco iba recuperando mi dignidad.
“¿Depende de qué?” me escupió, ahora en un decidido tono de matón a punto de administrar una paliza. Y como para acompañar mi interpretación cerró ambos puños y los puso sobre la tabla que sostenía los libros, a medida que se inclinaba hacia mí.
Volvió mi inseguridad y con ella un leve tartamudeo.
“De-depende de qué Isabel estás hablando”.
Se me quedó mirando unos segundos y luego su rostro se aflojó en una sonrisa que mostraba unos dientes blancos y brillantes.
“La que vende bijouterie de plata y vive en Mallín”
“Ah, esa Isabel, sí Isabel Prouneau, es amiga mía”
“Y mía también” esto último con una sonrisa casi obsequiosa.
“Cometió la imprudencia de regalarme este libro” dijo mientras levantaba una copia del “Arte de no hacer nada” y lo sacudía en forma amenazante a escasos centímetros de mi cara.
Esperaba lo peor ya que era un libro que la gente odiaba o amaba, no daba para términos medios. Y como venía la mano no había dudas para qué lado le había pegado a esta mina.
Empecé a tomar conciencia de mi entorno eligiendo el lugar hacia el cual iba a caer luego que me diera el primer golpe.
Desvió la vista hacia la cumbre del Piltriquitrón y empezó a hablar en un tono, que en comparación a lo anterior sonaba casi somnoliento.
“Cuando comencé a leerlo fue como un enamoramiento”,
Hizo una pausa mientras yo acomodaba mi cuerpo al amague que me había comido. La fuerza de la inercia casi me hace caer de culo.
“Me enamoré de lo que decías”, continuó como en un sueño, “de cómo lo decías y me quedé anonadada ante el hecho de que tus palabras fueran capaces de describir cosas que yo ni siquiera podía imaginar”.
Me volvió a mirar, abriéndose camino hasta el fondo de mi alma a través de los ojos, como calibrando el efecto que sus palabras tenían sobre mí.
A esta altura yo estaba embelezado y me sentía como el bicho que queda a merced de la serpiente una vez que ésta le clava la mirada.
Esta mina podría hacer conmigo lo que se le antojara. Sólo esperaba ingenuamente que no se diera cuenta.
“Es como cuando conocés a alguien potencialmente afín, me fui entusiasmando mucho, con las expectativas de que me siguieras sorprendiendo a medida que continuaba leyendo”.
Hizo otra pausa y se quedó mirando un punto invisible en el horizonte.
“Traté de imaginar cómo eras físicamente. Después intenté visualizarte mientras escribías tras haber pasado por todas esas experiencias”.
“Pero a medida que seguí leyendo, empecé a ver cómo eras verdaderamente, y debo decirte que algunas cosas me desilusionaron, y te volviste humano, ya no eras ese semi Dios que parecía comprenderme hasta la médula o que reflejaba tantas cosas en mí. Me llegó a fastidiar y hasta pensé que eras uno de esos falsos gurus que tanto criticás en el libro”.
Dejó de hablar y se me quedó mirando con una expresión de lo más enigmática. No tenía idea qué venía ahora. Esta mujer en un muy corto tiempo me había paseado por toda una montaña rusa de emociones y a esta altura estaba listo para cualquier cosa.
En otra ocasión hubiera llenado la torpeza del momento con borbotones de palabras, pero acudiendo a una sabiduría que no era típica en mí, elegí el silencio.
Finalmente me sonrió con un aire decididamente felino y dijo:
“Quiero más”.
Me quedé mirándola sin entender.
Entrecerró los ojos como para irrumpir más adentro todavía y ver para qué lado iban mis interpretaciones. Al ver que le pifiaba feo agregó.
“Otros libros, quiero ver si sos capaz de volver a convertirte en un semi Dios, recomendame un par”.
“La verdad es que el rol de semi Dios no me interesa para nada, prefiero seguir siendo humano, con defectos y debilidades”.
“No te tirés a menos conmigo porque no te la creo”.
“Estos dos son los que más se venden”.
“Bien, entonces me llevo estos”. Y agarró dos que no eran los que le había recomendado.
Puse los libros en una bolsa y le di el cambio.
Ya estaba totalmente bajo su hechizo y me moría por seguir la conversación.
No quería que el momento acabara, lamentablemente no se me ocurrió nada mejor que, “¿Y de dónde la conocés a Isa?”
“De la facultad”.
“Pero Isa apenas llegó a cursar un año”.
“¿Y qué estás diciendo? ¿Que ese tiempo no es suficiente para forjar una amistad?”
“No, por supuesto, digo sí, se puede, lo que digo es que . . . “
“¿Sí?”
“Bueno es una manera de decir, ¿qué sé yo?”
“Lo que digo . . . es una manera de decir . . . por ser un escritor te expresás de manera bastante limitada y confusa, ¿no te parece?”
“Culpable” dije levantando ambas manos como indicando que me rendía.
Ella se entregó a una risa abierta y conmovedora. Algo que me pareció fuera de lugar en vista de lo acontecido hasta ese momento.
“¿Qué te parece si nos juntamos a cenar esta noche?”
Tenía el sí escrito en la cara con letras luminosas pero no me salía una sola palabra.
Empezó a alejarse mientras decía: “Te paso a buscar a las 9”.
Le iba a dar indicaciones de cómo llegar a mi casa pero desapareció entre la multitud con paso apurado.
Esa noche se apareció en un auto alquilado con Isabel al lado.
No entendía el por qué de la presencia de Isabel pero sospechaba que estaba ahí sólo para entorpecer cualquier oportunidad que tuviera de entablar algo con Viviana.
Al llegar al resto hubo una especie de puja entre ellas que increíblemente ganó Isabel quien terminó sentada a mi lado.
Eso me puso de mal humor. Había algo del perro del hortelano en todo esto que no me gustaba para nada. Un par de años atrás me había tirado un lance con Isabel y había rebotado como boligoma, dejando ella bien claro que lo nuestro nunca pasaría de la amistad. Y ahora me hacía toda esta escena para interferir con Viviana. Dios mío, nunca llegaré a entender a las mujeres.
Pedimos un Malbec y dejamos que el alcohol fumigara nuestras palabras. Cuando íbamos por la segunda botella la conversación se empezó a aflojar. Para la tercera Isabel estaba con un pedo de aquellos y prácticamente dejó de participar en el diálogo que ahora era propiedad exclusiva de Viviana.
Cuando estábamos en los postres Viviana me tira:
“Mañana tengo que ir a hacer un estudio de campo a El Pedregoso y me gustaría que me acompañaras”.
Al observar como yo miraba a Isabel de reojo agregó con una sonrisa maléfica que parecía decir que ella lo entendía todo:
“No te preocupes, Isa no viene”.
Prácticamente no dormí esa noche esperando que saliera el sol.
Llegó puntual a buscarme. Estaba de un tremendo buen humor. No quedaba el menor indicio de todo el alcohol que había consumido la noche anterior.
Lamentablemente yo no podía decir lo mismo. Tenía la boca reseca, en mi cabeza sonaban tambores Mapuche invocando una tormenta y los rayos del sol eran como puñaladas en mis ojos. Sin embargo apenas la vi me sentí mucho mejor.
Pasamos los primeros kilómetros en silencio. Cada tanto ella me miraba como si fuera a decir algo, pero no.
Finalmente cuando estábamos a la altura de El Hoyo me pregunta:
“¿Por qué no has escrito una novela?”
“He escrito varias, simplemente no las he publicado”.
“¿Y eso, por qué?”
“Me cuesta terminarlas y pulirlas. Pierdo interés”.
“Para mí un escritor no va en serio hasta que publica una novela, por eso no tengo mucho respeto por Borges”.
Había un cierto nivel de desafío en sus palabras.
“No te preocupes, de aquí a un año o dos publicaré una y después van a salir como chorizos”.
“¿Como chorizos? Que linda metáfora”.
Sabía que me estaba tomando el pelo pero igual me gustaba. Una energía cálida iba creciendo entre nosotros.
Hubo un breve silencio y luego dice:
“El lugar hacia donde vamos es muy especial. Es algo así como un portal hacia otra dimensión. Los pocos que han vuelto después de atravesarlo lo describen como cielo o infierno según la óptica de su experiencia”.
Se quedó esperando una reacción de mi parte. Al no haberla apretó los labios y continuó.
“¿Viste el tema Escalera al cielo de Led Zeppelin? Bueno ahí hablan de lugares como este. Si bien el tema se llama Escalera al cielo hacen alusión a que puede ser también una escalera al infierno. Viste que empieza con, “Hay una mujer que está segura que todo lo que brilla es oro”, y después agregan: “y se está comprando una escalera al cielo”. Pero lo más importante viene después cuando dicen: “hay dos senderos que puedes elegir pero a la larga siempre queda tiempo para cambiar el camino por el cual transitas”. ¿Te das cuenta? Ahí mismo te lo dicen, la escalera al cielo también puede ser la escalera al infierno, y siempre queda tiempo para cambiar la que uno elige. Esa es la magia.
Con los años me fui dando cuenta que en todos los portales había presencias oscuras, negativas, lo que la gente suele llamar demonios, y presencias lumínicas, positivas, que la gente suele llamar ángeles. Al principio desarrollé la teoría que algunos portales eran al cielo y otros al infierno y las presencias se explicaban de la siguiente manera. En el portal al cielo los ángeles te invitaban a entrar y los demonios trataban de espantarte para que no lo hicieras. En cambio en los portales al infierno era al revés, los demonios te invitaban a pasar y los ángeles trataban de alejarte. Pero estaba equivocada. Lo que me bloqueaba era mi pensamiento occidental dualista. A veces veía el portal como negativo otras como positivo. Pero después pude comprobar que todos los portales eran ambas cosas. En síntesis, cada portal puede ser una entrada al cielo o al infierno. Uno es el que decide”.
Se me quedó mirando con una expresión traviesa, que me despertaba la duda si se estaba burlando o si todo iba en serio.
La verdad es que me sorprendía todo este planteo que me estaba haciendo. No era algo que esperaba de ella después de la primera impresión que me había causado.
Al ver que yo no decía nada me hizo una mueca como tirándome un beso.
Decidí seguirle la corriente.
“¿Y qué pasa si uno lo encara desde un lugar más allá del dualismo? ¿Y no quiere elegir sino experimentar ambos polos a la vez?”
“Esa, amigo mío, es una muy buena pregunta, digna de un antimagnético”. Me dio una palmadita en el muslo y no dijo más nada.
Iba a preguntarle sobre los antimagnéticos pero me di cuenta que ya nos acercábamos a Epuyén así que le dije:
“Te pasaste, esto ya no es más El Pedregoso”.
“Sí, ya sé. Tenemos que ir hasta Epuyén y pegar la vuelta. Entonces ahí empiezo a usar mi censor magnético para detectar el lugar”.
“Pero no entiendo, ¿por qué no lo prendiste cuando estábamos pasando por El Hoyo?”
Me mira como si fuera un niño al que hay que explicarle todo, y con una impaciencia apenas disimulada me cuenta.
“Hay como una corriente magnética, una marejada que va desde el polo sur al ecuador, también hay una correspondiente en el norte que va desde el polo norte al ecuador. Cuando vas en contra de esta corriente es difícil captar diferencias sutiles al medir los niveles magnéticos. Por eso hay que ir hasta Epuyén, pegar la vuelta y volver hacia el norte. Y hacer las mediciones con esa corriente a favor. ¿Se entiende?”
“Sí, profesora”. No supo apreciar mi gastada sarcástica pero lo dejó pasar y miró hacia delante con una sonrisa relajada.
Al rato volvió a hablar.
“¿Viste cuando una persona habla de alguien y dice que le faltan un par de jugadores? Bueno, a vos te faltan varios”.
Ante la expresión de tristeza que se apoderó de mi rostro se apresuró a agregar: “Pero en tu caso es algo muy bueno, ¿sabés por qué? Porque te faltan jugadores que no son más que un peso, un estorbo y que no aportan nada. Por eso vos corrés con ventaja sobre los demás. Tenés un equipo reducido pero ágil y capaz de cambiar de rumbo con extrema velocidad, y eso es lo que la vida exige.
Te calé de entrada por cómo te expresás en tus libros. Ese desenfado en la comunicación sólo puede representar el perfil de un auténtico antimagnético”.
De vuelta con eso del antimagnético. Esta chica era un sinfín de sorpresas.
No sé si me hacía mucha gracia eso de ser un antimagnético, pero si ella lo veía como algo positivo quién era yo para tirarlo abajo.
Según me había explicado Viviana, en el lugar hacia el cual íbamos la potencia magnética se reducía a cero.
Finalmente el censor marcó el valor esperado y se desvió del camino. Estacionó el auto a la orilla del río Epuyén.
Se bajó y tomó varias mediciones apuntando hacia los cuatro puntos cardinales.
“Tenemos que cruzar el río” anunció con un tono seco y profesional.
Preparó un par de mochilas. Cerró el auto y vadeamos el río.
Caminamos menos de medio kilómetro y dimos con una pampita rodeada de maitenes.
“Este es el lugar” dijo en tono ceremonial como alguien que acaba de entrar a un templo sagrado.
Yo ya lo conocía y lo había cruzado varias veces camino a la cascada del arroyo Pedregoso. Bueno, más que cruzarlo lo había bordeado, ya que el sendero que llevaba a la cascada pasaba a unos cincuenta metros. Técnicamente nunca había estado en el lugar propiamente dicho, sólo lo había visto a la distancia.
Siempre me llamó la atención y varias veces quise desviarme pero la gente con la cual estaba quiso seguir rumbo a la cascada.
Tengo una cierta aversión a las coincidencias convenientes y para mi gusto el susodicho portal estaba muy cerca de la famosa laguna del Plesiosauro. Había algo en eso que no me cerraba.
Poco tiempo después, cuando ella había desplegado una buena cantidad de los elementos que llevábamos en las mochilas empecé a sentir cambios bruscos en mi organismo. Donde más sentía la influencia del lugar era en la respiración, era como si mis pulmones y alvéolos se hubieran expandido y pudiera ahora respirar más profundo y obtener más oxígeno. Después vino una lucidez y una velocidad mental que no tenían precedente en mi vida. Por último empezó a surgir algo así como un zumbido de muy alta frecuencia que recorría todo mi cuerpo. Poco a poco se fue acumulando alrededor de cada chakra.
Por alguna razón en el chakra que más sentía el zumbido era el primero, el que más cerca estaba de la tierra. A medida que la vibración del zumbido aumentaba empecé a sentir algo de vértigo y nauseas. Sentí que estaba cerca del desmayo.
Noté que si flexionaba las rodillas y reducía la distancia que me separaba del suelo sentía cierto alivio.
Viviana se dio cuenta enseguida de lo que me estaba pasando. Me tomó de la mano y me empujó sobre una bolsa de dormir que había tendido sobre el pasto.
Con un par de rápidas maniobras se bajó sus pantalones y luego prácticamente me arrancó los míos.
Se me tiró encima y suspiré con anticipación ante la inminencia del acto sexual. Pero todo lo que hizo fue poner su sexo sobre el mío sin ninguna intención de que la penetrara.
Apenas sentí el contacto con ella una ola de bienestar se desparramó por todo mi ser. En ese momento sentía literalmente que Viviana actuaba como un cable a tierra. Era como si ella absorbiera todo ese exceso de energía y lo procesara en su cuerpo para después descargarlo sobre la tierra.
Después de varios minutos llegué a una especie de estabilización respecto al zumbido. Todavía lo sentía pero se habían ido el vértigo y las nauseas.
Se despegó de mí y se tumbó a mi lado manteniendo un leve contacto físico. Nos quedamos mirando el cielo semi desnudos. Al rato me dice en un tono cariñoso.
“¿Sabés una cosa? En mi vida hay algo que me da mucho más placer que el sexo. Y es cuando tengo una teoría y con el tiempo voy encontrando los pedazos de evidencia para comprobarla, van cayendo como piezas de un rompecabezas, buscando su lugar. Eso querido mío es varios kilómetros más allá de orgásmico. Y con vos, acabo de comprobar que dos más dos son cuatro”.
Se levantó y fue a buscar su mochila. Terminó de sacar todos los aparatos de medición y empezó a caminar de un lado a otro con un medidor del tamaño de un ladrillo. Finalmente se paró a medio metro de mí y dijo con satisfacción:
“Este es el lugar”. Me miró con aire de triunfo en su rostro. Luego se le ablandó la cara y me miró con algo cercano al afecto.
“Vení, acercate. Sentate ahí, justo ahí. Ese es el portal”.
Miré fijo con cara de buen alumno pero no veía nada de ese lugar en particular que lo distinguiera del resto del pastizal que lo rodeaba.
“Quedate aquí y no te muevas, ¿por favor? Voy a buscar algo al auto y enseguida vuelvo”.
La vi alejarse y noté que su culo era bastante mejor de lo que a primera vista me había parecido. Una leve redondez en las nalgas que se movía de manera aceitosa y ondulante con cada paso que daba.
Me quedé con esa imagen de ella hasta mucho después que la perdí de vista.
No tenía memoria de haberme sentido tan bien, con tanta armonía, tan lleno de paz, en toda mi vida.
Por una vez no tenía ambición ni expectativa alguna. El momento lo era todo.
Esa leve vibración que todavía ronroneaba en mi interior me hacía sentir uno con la tierra, más orgánico que nunca. ¿Sería tal vez el exceso de oxígeno?
La verdad es que no me importaba la causa ya que el efecto me embriagaba.
Si de esto se trataba ser un antimagnético, de ahí en más me convertiría en fanático del movimiento, si es que alguno existía.
Pasaron un par de horas y de ella ni señas. Empecé a preocuparme pero no lo suficiente como para levantarme y salir a buscarla.
Seguía sintiendo un bienestar profundo que emanaba desde un lugar cerca del ombligo. La interferencia mental causada por la preocupación era algo que venía hacia mí desde muy lejos. Por momentos sentía mi mente como algo que no era mío, que no era yo. Algo que estaba conectado a mí como una mochila pero que no formaba parte de mi esencia.
Me entretuve mirando mi preocupación tal cual alguien mira la televisión. Con el pasar del tiempo me di cuenta que en algún lugar central sentía que todo estaba bien y que el proceso mental que llevaba a la preocupación era algo artificial basado en una acumulación de experiencias que el cerebro molía para luego ponerle el agua caliente de la observación y obtener el café de los pensamientos encadenados.
Cuando empezaba a caer el sol se levantó una bruma espesa del río que avanzaba lentamente hacia la cordillera. Era un hecho insólito para esa época del año.
Me quedé mirando la densa neblina como hipnotizado y de pronto la vi aparecer en medio de la bruma, totalmente desnuda, sin anteojos y cubierta de algo que parecía un musgo verde iridiscente. Era como si flotara dentro de una nube y a medida que se acercaba parecía deslizarse más que caminar. Había un pequeño halo de arco iris alrededor de su cabeza y noté que uno de sus ojos, el que tenía medio desviado, me miraba fijo, sin parpadear. Era una mirada desconcertante, parecía neutra pero en algún lugar detectaba algo parecido al cariño.
Se acercó a mí sin decir palabra alguna y comenzó a quitarme la ropa. Sentí frío y casi verbalizo una queja pero la fuerza de su mirada me hizo tragar las palabras.
Me hizo sentar justo encima de lo que ella consideraba el portal. Después se me subió encima.
La conexión fue inmediata, no hubo ni besos ni toqueteos. Pude captar en ella una necesidad primal que superaba lo meramente sexual.
Nos quedamos así en silencio y sin movimiento. Cada vez que yo intentaba zamarrearla ella me frenaba.
“¿No te casarías conmigo?” Me dice cuando hacía varios minutos que estábamos conectados.
No supe qué responder pero no hubiera tenido chance de hacerlo ya que empezó a besarme y moverse levemente.
A los pocos minutos empezó a vociferar:
“Sí, sí, síiiiiiiiiiii, esto es lo que estaba buscando”.
Yo interpreté que se estaba acercando a un orgasmo y empecé a acelerar los movimientos pero ella me frenó con una fuerza descomunal que estuvo a punto de hacerme gritar del dolor.
Al rato volvió a hablar de una manera suave y somnolienta, como ida:
“Sí, sí, ya casi está, ahí, ahí, ahí . . .ahhhhhhhhh”.
Y con ese largo ahhhhh se esfumó. Desapareció de entre mis brazos como si fuera del mismo material que la bruma y una ráfaga de viento la hubiera empujado.
Teniendo en cuenta el estado alterado en que me encontraba tardé bastante tiempo en reaccionar.
Me levanté en cámara lenta. Todavía podía sentirla por todo el cuerpo y me pasé las manos un par de veces por varios lugares donde quedaban rastros de una huella verde, con la ridícula expectativa de encontrar pedazos de ella todavía adheridos a mi cuerpo.
Estuve caminando en círculos por un largo tiempo como embobado.
Finalmente, recogí todas las cosas y volví al auto. Por suerte las llaves estaban puestas. Arranqué y al salir hacia la ruta eché un último vistazo alrededor, esperando ver alguna señal de ella.
A los pocos kilómetros el efecto antimagnético de bienestar desapareció y descendió sobre mí un cansancio tan pesado que tuve que parar al costado del camino y echarme a dormir.
Desperté a la mañana siguiente y apenas pude recuperar la conciencia un malón de preocupaciones asaltaron mi ser y ya no las sentía como las de otro. Todas estas preocupaciones llevaban mi nombre y apellido tatuados.
Esa tarde fui a la policía y cometí el grave error de contarles la verdad de todo lo que había sucedido.
Me estuvieron hostigando varios días y por momentos parecía que no iba a escapar a la cárcel. Todos sospechaban que la había asesinado, y nadie tanto como Isabel. Quien hizo todo lo posible para que no me soltaran. Pero gracias a la intervención de mi amigo Bruno Politti, abogado distinguido de la comarca, no les quedó otra que dejarme en libertad.
Pasaron varios meses, durante los cuales me cuestionaba diariamente qué cuernos había pasado con Viviana.
Algo en mí abrigaba la infantil esperanza de volverla a ver.
La verdad es que la extrañaba.
Pensaba en lo cruel que era la vida. Después de haber conocido una mujer tan impactante, había gozado de su compañía poco más de 24 horas.
Meses después, a principios de primavera, una mujer mapuche, se para frente a mi puesto. Era bajita, de apenas un metro cuarenta, las piernas más chuecas que jamás había visto y estaba vestida como una nena: pollerita de encaje verde, soquetes blancos y zapatos de charol. Todo rematado por un chalequito de cuero negro sobre una blusa blanca, también de encaje.
Era una visión de aquellas. Se me acerca sigilosamente y me dice:
“Son varios los que han desaparecido en ese lugar. Desde que tengo memoria ya van más de 60”.
Hace una pausa y aprovecho para preguntarle: “¿Alguna vez ha vuelto alguno?”.
Mira hacia un lado y luego hacia el otro con algo de miedo y dice:
“De eso no podemos hablar aquí”.
Hace otra pausa y me alcanza un papelito. “Venga a verme”.
Se aleja apresuradamente dando pequeños saltos.
Desenrollé el papel, era un mapa hecho a mano con lápiz. Vivía en la costa del río Epuyén a menos de un kilómetro del portal.
Miré hacia la cordillera mientras se dibujaba una sonrisa en mis labios.
La aventura recién comenzaba.

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martes, 19 de mayo de 2009

El Fruto de la Pasión - Iktami

El fruto de la pasión
(De “Mujeres prohibidas”)
Iktami Devaux



Es increíble la cantidad de improbabilidades estadísticas que a veces tienen que darse para que ocurra lo que algunos podrían llegar a llamar un milagro, otros meramente un hecho insólito.
A mi amigo Oscar Celaya, ex compañero de la secundaria, le había dado la crisis de los cincuenta. Algunos sienten la necesidad existencial de engancharse con una pendeja para corroborar que todavía son hombres. En el caso de Oscar, él sintió un tironeo espiritual y así fue que en agosto decidió irse a la India por un tiempo indeterminado, seguramente no menos de seis meses. Me pidió por favor que fuera a Buenos Aires y le cuidara su departamento y su valiosa colección de Bonsái. A mí no me hacía mucha gracia pasar mucho tiempo en Baires, pero bueno, Oscar es un amigo y su departamento está muy bien ubicado: Laprida y Charcas, a escasos metros de la avenida Santa Fe. Iba a aprovechar esa larga estadía en Barrio Norte para examinar bien a fondo de que la iba ese vecindario tan nombrado.
El departamento estaba en el noveno piso, noveno D para ser más preciso. En el noveno A que se encontraba justo al fin del pasillo en frente del D vivía una mujer oriental. Aparentaba unos 40 largos pero conociendo de antemano lo engañoso que suele ser sacarle la edad a los orientales pensé que andaría por los 55 o por ahí. Más tarde averigüé que tenía 64 pirulos, de haber sabido esto de antemano seguramente no hubiera pasado todo lo que pasó. No era muy atractiva que digamos, pero a mí siempre me habían fascinado las mujeres orientales. Su cuerpo era todavía esbelto y sus movimientos tenían la elasticidad de una pantera. Me encantaba ver como se desplazaba por el espacio.
En la primera semana me la crucé un par de veces a la distancia. Un lunes al mediodía compartimos el ascensor. La saludé con un simple hola y ella respondió con un casi imperceptible movimiento de la cabeza, sus ojos nunca elevándose más allá de un ángulo que pasaba por debajo de mis rodillas. A pesar de la aparente indiferencia y desapego de su reacción, vibré algo muy fuerte emanando de ella, algo que hacía resonar un eco erótico a la altura del ombligo. Abrí la puerta y la dejé pasar, el perfume de su cuerpo le hizo cosquillas a mi nariz y sonreí sabiendo que esa mujer y yo íbamos a tener algo. Todavía no tenía idea alguna de cómo encararla pero el tiempo sobraba.
Hice algunas averiguaciones: era viuda, cobraba una pensión y hacía 35 años que había dejado su Shanghai natal para venirse a Buenos Aires.
Las siguientes dos semanas me trituré los sesos ideando varias estratagemas para hacer un contacto, pero ninguna me parecía apropiada. Había un cierto aire de solemnidad y auto suficiencia en la mina que me inhibía.
Pero la providencia estiró su brazo y depositó en mis manos una oportunidad perfecta.
Un día en que no tenía mucho que hacer y estaba de lo más aburrido, decidí aprovechar la cercanía e ir a visitar a un suizo que había conocido años atrás en un vuelo desde Bariloche y con el cual había entablado una tibia amistad. Su casa estaba a solo seis cuadras. Toqué el timbre y me atendió Kristina, su ama de llaves polaca. Me reconoció al instante a pesar que sólo me había visto un par de veces, la última allá por el 98. Me hizo pasar y me trajo un café, me tiró de la lengua en su castellano atravesado y recién al final me arrojó la bomba de que Franz, el suizo, había fallecido un mes atrás de un paro cardíaco. Me quedé un largo rato masticando la información. Si bien nunca sentí un gran afecto por Franz su muerte era algo para lo cual no estaba muy bien preparado. Me levanté para irme, al llegar a la puerta Kristina me entregó un paquete: “Franz dejar esto por usted”.
Al volver al departamento le quité la envoltura al paquete. Se trataba de una edición de lujo del Martín Fierro. El libro era del tamaño de un tremendo diccionario, su tapa estaba forrada en cuero y las letras grabadas en oro. Había un pequeño problema: estaba en Chino.
Me causó gracia lo del Martín Fierro, ¿cómo pudo ser que Franz supiera de mi relación tan especial con esa obra? Estaba seguro que jamás habíamos hablado sobre ello. Más allá de lo mucho que me gustaba, lo usaba como un orácuclo como si fuera el I Ching. Tenía una copia cibernética y usando un par de palabras claves en la pregunta iniciaba una búsqueda que me llevaba al verso que contenía la respuesta. Cuando la palabra en sí no aparecía buscaba sinónimos hasta encontrar uno que funcionara. Aunque cueste creerlo era infalible.
Sin pensarlo dos veces fui hasta el final del pasillo y toqué el timbre del departamento A. La china salió vestida muy diferente de lo que acostumbraba. Siempre se la veía muy formal, con pollera, medias de nylon, zapatos de taco alto y enjoyada y maquillada como para la guerra. Ahora lucía vaqueros, una remera y estaba descalza. Tenía manchas de pintura por todas partes: sobre su ropa, su cara y especialmente sus manos. Al verme su cara pasó por varios tonos de rosa y carmesí hasta llegar al rojo vivo. Su torpeza fue contagiosa y le entregué el libro balbuceando un simple: “para usted”. Me di vuelta y salí prácticamente corriendo, mi propia cara roja de vergüenza.
Una vez de vuelta en el departamento me dieron ganas de darme la cabeza contra la pared, pensaba que no podría haber hecho mejor papel de boludo.
Estaba en el tercer día de luto sobre la entrega del Martín Fierro cuando escuché el ruido de algo deslizándose por el suelo cerca de la puerta.
Fui a ver de qué se trataba y descubrí un diminuto sobre color naranja. Abrí la mirilla y espié, pude ver justo el momento en que ella cerraba la puerta. El sobre apestaba con su olor. Fui al sofá y me lo pasé oliendo un largo rato antes de abrirlo y leerlo. Una pequeña nota que decía: “estimado señor, su regalo me ha conmovido, lo espero a cenar el sábado a las nueve, suya, Wu Lin”.
Mi corazón dio varios respingos, me encantaba lo directo de su estilo y el hecho que daba por descontado que iría. No había ningún comentario tipo: en caso de que no pueda asistir, bla, bla, bla.
La noche del sábado llego con una botella de Montchenot bajo el brazo y ella me recibe radiante. Comemos en silencio y recién a la altura del té que sirvió como postre empezamos a hablar.
La conversación resultó bastante fluida, más de lo que yo esperaba. A pesar de un leve acento su manejo del castellano era impecable.
En algún momento terminamos sentados sobre almohadones en el piso. Hubo un silencio que ella aprovechó para soplarme en el oído con un aire caliente. Sentí como se me erizaba la piel de gallina y me hacía cosquillas la columna vertebral. Giré hacia ella y me encontré con sus labios. Estuvimos largo rato besuqueando y apretujando. En un momento en que ella se derretía en un sin fin de gemidos y jadeos, puse mi mano sobre uno de sus pezones. Se levanta bruscamente y me dice: “Será mejor que te vayas”. La primera vez que me tuteaba, y lo hacía para echarme. Qué nivel, alcancé a pensar. A pesar de la confusión que emana de mi ser elijo abandonar sin decir nada.
Para mi sorpresa hubo varias otras invitaciones a cenar.
En la siguiente me mostró su obra artística. Pintaba sobre seda usando botellitas de tinta que tenían un hisopo de algodón en el pico. Ella extendía la tela sobre un marco de clavos y pintaba a una velocidad increíble. La velocidad estaba dictada por el método ya que si se detenía la tinta chorreaba o goteaba y se arruinaba todo el trabajo.
Nunca usaba blanco o celeste, ¿tal vez una aversión a la bandera Argentina? Tampoco usaba el rosa o el violeta, el azul sólo de vez en cuando, el marrón prácticamente una ausencia junto con el gris. En cambio abusaba del naranja, el amarillo y el verde. Huía de ciertas combinaciones, en especial del rojo y el negro. Este último color también se sumaba a los ausentes ya que su uso era limitado al mero delineamiento, jamás se jugaba a un pleno con ese color.
Su obra no me disgustaba, pero tampoco me daba vuelta.
Esta vez me sentí con la suficiente confianza como para prender un cigarrillo después de consultarla. Mientras soltaba la primera bocanada de humo ella me crucificó con: “Fumar es una forma mediocre de hacerse la paja”.
Me extrañaron la vulgaridad y precisión de expresión en sus palabras. Sufrí un desmoronamiento de todas las fichas internas y supe, de una manera ancestral que provenía de los mismos huesos, que de alguna manera ella tenía razón. Lo coherente hubiera sido apagar el cigarrillo ahí mismo, pero le di varias pitadas más en un vano intento de salvatear algo de orgullo y dignidad.
Por supuesto que de ahí en más jamás volví a fumar en su presencia.
A pesar de todo, hacia el final de la velada caímos de vuelta en los besuqueos, etc. Esta vez me dejó llegar un poquito más lejos, permitiendo que mi mano se posara sobre sus tetas pero cuando bajé a su entrepierna al rato me encontraba una vez más en el pasillo.
Para la siguiente cita traje un catálogo de un festival de arte que había organizado años atrás. Ella quedó tan impresionada que después de cenar cometió el grave error de preguntarme qué opinaba yo de su obra.
Me aferré de la oportunidad para cobrarme algo de venganza por todas las veces que me había frenado después de haberme provocado, por ese comentario acerca de fumar, pero más que nada por ese don que tenía de hacerme sentir inferior. Como ese día que me llamó al baño, apuntó con su dedo índice y me mostró unas gotas de orín que yo había dejado sobre el borde del inodoro. “Observá lo simple que es”, me dijo mientras cortaba un trozo de papel higiénico y lo limpiaba. Más allá de lo inobjetable de su postura me sentí humillado, porque venía haciendo eso desde la niñez y jamás se me había ocurrido esa posibilidad de limpiarlo con papel higiénico. Me pregunté en ese momento, con cuántos otros hombres compartía esa ignorancia.
“En tu pintura falta algo”, comencé, buscando cuidadosamente cada palabra, “un elemento que no sé cómo expresar, una ausencia vital. Digamos algo así como el fruto de la pasión, porque no cabe duda que hay pasión en tu obra pero nunca llega a mayores, sólo amaga”. Experimenté una dulce sensación al ver que mis palabras la penetraban y la sacaban de su centro. Era la primera vez que lo lograba. Envalentonado por el efecto que estaba provocando seguí atrevidamente con: “Yo que vos me tiraría a lo abstracto y me soltaría más, me alejaría de la forma, de la estructura”.
Sentí la obligación de agregar: “Toda esa pasión que vas acumulando nunca llega al fruto, se muere en la promesa de una flor. Al no haber fruto no hay semillas, se distancia de la eternidad a través de las generaciones siguientes. No hay eternidad sin el ciclo semilla, planta, flor, y fruto”.
En verdad, no creía para nada en eso del fruto de la pasión, era puro verso, pero sonaba inteligente y rebuscado, con el suficiente dejo de esnobismo como para hacerlo irresistible a los oídos del típico artista.
Pero también elegí este ángulo particular de argumento por razones más bien siniestras. A Wu Lin, como Buena china, le costaba pronunciar la r, especialmente cuando precedida por una consonante. Pero entre ellas la que más problemas le causaba era la combinación fr. Palabras como frase, fresco, y fruto le provocaban calambres faciales. A pesar de que esquivaba dichas palabras acudiendo a sinónimos, en este caso la vería sufrir intentando pronunciar fruto, y sabía que inevitablemente le saldría como furto.
Estuvo callada por varios minutos como sopesando lo que le había dicho. Esa noche no hubo contacto físico de ningún tipo más allá de un piquito de despedida en la puerta.
Pensé que se había ofendido y que ahí terminaba todo, pero a los pocos días volvió a invitarme. Llegamos a las mismas instancias que otras veces pero en esta oportunidad hasta logré invadir con mi boca esos lugares donde antes mis dedos habían sido causa de una tarjeta roja, y hasta me permitió unos segundos de goce antes de llegar al mismo final de; “Será mejor que te vayas”. Pero esta vez no me quedé callado. “Pero es que nunca vamos a hacer el amor?” le dije con los dientes apretados. “Sí”, me contestó con una sonrisa de colegiala pícara, “pero cuando sea el momento propicio”. “Y eso cómo lo voy a saber?” “Será bastante obvio”, me susurró al oído mientras su sonrisa se ampliaba y me empujaba hacia la puerta.
Para la próxima cita decidimos leer el Martín Fierro, primero yo en castellano, después ella en chino. Yo en décima, ella en una métrica que no se asía a ningún número pero evocaba el ritmo de un rosario de haikús. Después se nos ocurrió leer al mismo tiempo y ahí pasó algo extraordinario, se formaba una armonía oral que repercutía en el ambiente y después de amplificarse regresaba y entraba por todos los otros sentidos. Fue algo realmente mágico e inesperado. Ella se excitó tremendamente y en un momento se tiró de espaldas sobre el sofá y empezó a mirarme de una manera que no dejaba duda alguna: sus ojos me estaban invitando. Una invitación sin límites. Sabía que esta vez no habría rebotes ni rechazos.
Me tiré sobre ella y nos estuvimos besando un largo rato, después deslicé mi mano por debajo de su pollera y empujando la bombacha a un lado la penetré con dos dedos. Estaba empapada. Lanzó un gemido muy suave y me miró con una fuerza que me hizo acelerar los movimientos. En segundos estuvimos ambos desnudos y ahí mismo hicimos el amor. Esa primera vez fue tan breve como apacible y sin nada fuera de lo común.
Momentos después cuando todavía seguíamos entrelazados me dice cuanto le gustó el hecho de que yo la tanteara allá abajo para ver si estaba suficientemente mojada antes de penetrarla. Opté por no decirle nada, me guardé el dato de que esa era una maniobra mía que conservaba de mis días de adolescente y que lo hacía de una forma tan natural que ni siquiera era consciente de ella. Pero por ahora no me venía nada mal que pensara algo positivo de mí. Una vocecita me decía que necesitaba todos los puntos a favor que pudiera conseguir.
Nos empezamos a ver todos los días, el sexo fue subiendo de tenor. Esa primera vez había sido una excepción justamente por ser la primera. De ahí en más Wu Lin se convirtió en alguien muy exigente en la cama. Nuestros encuentros amorosos jamás duraban menos de una hora, dos horas siendo lo más corriente y en una que otra oportunidad llegamos a las cuatro horas. Recibí toda una educación sexual. Yo que a lo sumo había probado tres o cuatro posiciones diferentes, con Wu Lin llegué a perder la cuenta del número, pero convengamos que en cada encuentro cambiábamos de posición una docena de veces y todas las noches insertaba una o dos variaciones nuevas. En la cama se convertía en la directora y hablaba constantemente, ponete así o asá, me hacía cambiar de posiciones constantemente. Según descubrí después este constante cambio de posiciones tenía dos objetivos: 1) evitar que yo acabara y 2) buscar la posición ideal que le causara a ella el máximo placer. Tenía una habilidad acrobática para retorcer su cuerpo de las maneras más insólitas. Al principio me sentí un poco exigido pero con el tiempo pude sentirme a la altura de sus exigencias y ahí fue que empecé a gozar del sexo como nunca antes lo había hecho.
Una mañana, de esas raras en que no me había echado después de haber quedado totalmente colmada, desperté junto a ella duro como un fierro. Por una vez decidí tomar la batuta y la penetré desde atrás. Ella estaba totalmente dormida y esos primeros segundos de total pasividad de su parte se me hicieron gloriosos. Uno siempre añora lo opuesto de lo que tiene. Si bien la mayoría de los hombres se quejan ante una mina pasiva en mi caso esto representaba un cambio bienvenido frente a las tormentas de actividad que solían darse. Finalmente empezó a despertarse y le gustó la sorpresa de encontrarme dentro de ella. Pensé que inmediatamente me impartiría órdenes y empezaría la danza del cambio de posición pero para mi asombro siguió ahí apenas moviéndose, soltando un tenue gemido de vez en cuando. Yo, por mi parte, estaba gozando como nunca. De repente sentí que se empezaba a mover como queriendo cambiar de posición, pero todo lo que hizo fue inclinar su torso hacia abajo, quedando perpendicular a mi vientre y con la cabeza tocando sus rodillas.
Sus gemidos se fueron haciendo más fuertes y más constantes, hasta que en un momento dijo con voz temblorosa y ronca por el intenso placer que estaba sintiendo: “Ahí, justo ahí, no te muevas para nada, y por favor, ni se te ocurra acabar antes que yo”. Esto último más como imploración que su acostumbrado tono autoritario. Pocos minutos después Wu Lin alcanzó el orgasmo más explosivo que había presenciado en mi vida. La intensidad de su excitación me llevó al fin de una forma expeditiva.
Quedamos más de dos horas entrelazados sin decir nada. Finalmente se dio vuelta y me plantó un tremendo beso en los labios. “No lo puedo creer, siempre pensé que eso del punto G era un mito pero gracias a vos he comprobado que no.” Me siguió dando besos por un largo rato. Por primera vez en nuestra relación sentí que tenía la sartén por el mango.
Fue muy cariñosa conmigo al despedirse.
Cuando volví al día siguiente la encontré con serrucho en mano, había herramientas y madera por todas partes. Estaba construyendo un mueble que se parecía al que usan las monjas en sus celdas para rezar.
Me sorprendió ver con que habilidad y destreza manejaba las herramientas.
“Bueno”, dijo al fin, admirando su obra, “ahora hay que probarlo”. Se acercó con esa sonrisa pícara que ya tan bien conocía, me desnudó y por primera vez desde que nos conocíamos usó su boca para excitarme. Cuando estuve lo suficientemente duro para su gusto se puso en cuatro patas sobre el mueble y dijo: “adentro, dale, apurate!”. La penetré desde atrás y al rato me empujó hacia atrás y dijo: “no, así no, hay que cambiar el ángulo”. Durante los próximos quince minutos hubo una sucesión de intentos: ella ajustaba el ángulo y después volvíamos a intentarlo, así varias veces hasta que ella dijo: “perfecto este es el ángulo que funciona”.
Con el beneficio de la retrospección esas escenas me resultan ahora muy cómicas. Las herramientas desparramadas por el suelo, aserrín por todas partes y ella y yo acoplados en una posición de lo más ridícula.
Trajo todos sus elementos de pintura y los puso de tal manera de que pudiera pintar mientras yo la penetraba desde atrás.
Apenas estuvimos conectados una vez más, ella empezó a explicarme mientras yo martillaba su punto G.: “vos insistías con eso del furto de la pasión pero yo te digo que el furto de la pasión es el orgasmo y eso es exactamente lo que quiero pintar. Te aviso por las dudas, que no quiero que pares por más que me sacuda y grite a los cuatro vientos, te pido por favor que no pares hasta que yo te diga”.
Se ve que había algo en el proceso en sí que la excitaba más que de costumbre porque en menos de un minuto llegó a un orgasmo que lejos superaba todo lo anterior. Soltó toda una sarta de palabras en chino que no sé por qué razón me sonaron muy parecidas a un verso del Martín Fierro. Me resultaba imposible ver lo que hacía pero podía apreciar que a través de todas las descargas energéticas de su orgasmo pudo continuar pintando a una velocidad que era bastante más pronunciada que lo habitual. Movía las botellas con tanta rapidez que saltaban gotas de tinta por todas partes, algunas daban contra el piso, otras contra la pared. Estaba haciendo un desastre, pero era obvio que no le importaba. Después del orgasmo siguió pintando varios segundos más. Luego se relajó, puso una sábana sobre la pintura para que yo no pudiera verla y se apartó de mí, poniendo fin a nuestra conexión sin ceremonia alguna. Hizo un bollo con toda mi ropa, me llevó de la mano hacia el umbral, abrió la puerta y me empujó afuera tirando toda la ropa a mis pies. Antes de cerrar la puerta me dijo: “Así que el fruto de la pasión, eh?” Soltó una carcajada que hizo eco con el ruido de la puerta cerrándose.
Mientras me vestía lentamente reflexionaba sobre el hecho que una vez más la matemática me había traicionado, pero era mi culpa, después de todo yo era el que había cometido el gran error de intentar dividir por cero.

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Zapateando la vida - Iktami

Zapateando la vida
(De “El amor es la última aventura que nos queda”)
Iktami Devaux


Estoy seguro que muy pocos van a creer lo que aquí relato, pero les aseguro que escribo esto con mente limpia y equilibrada. No he bebido ninguna sustancia alcohólica ni ingerido droga alguna. En otras palabras estoy en mi sano juicio. Si quieren les puedo mostrar un documento sellado por el juzgado de paz que certifica que 37 de mis amigos y vecinos han firmado una declaración que dice algo así como que no estoy loco.
Todo comenzó aquel brillante y feliz día en que se nos ocurrió mudarnos a El Bolsón. Compramos la típica chacra de dos hectáreas que nos daba algo de margen ya que según la Biblia de Seymour: “El hombre en el campo”, con una hectárea sobraba para autoabastecerse.
Con toda la buena intención de los ingenuos nos convertimos en los candidatos número 2439 y 2440 que intentarían recrear las realidades de la familia Ingalls.
Le dimos duro a la pala y a la picota hasta que nuestras espaldas nos convencieron de que un motocultivador sería una excelente inversión. La parte agrícola marchaba viento en popa. En cuanto al reino animal optamos por una pareja de chanchos, una vaca, cuatro ovejas, dos gansos y 7 gallinas y un gallo.
Vale abreviar diciendo que nos fue bastante bien en todo y que los animales se multiplicaron como en tiempos de profeta bíblico. Pero esta historia se trata de las gallinas. En menos de dos años llegaron a ser 70, número fatídico para ellas ya que en esa fecha nuestro vegetarianismo voló por la ventana y empezamos a matarlas para reducir su número pero más que nada para convertirlas en alimento. Confieso que a mí no me dio el corazón para matarlas pero mi mujer no tuvo ningún problema, es más, con el tiempo pude observar en ella un cierto placer cuando esgrimía el machete y empezaba a cercenar cogotes. Un día, mientras se lavaba la sangre de las manos me comentó que cada vez lo hacía mejor y se lanzó a una larga explicación de la técnica del golpe mortal, dónde hay que darlo y cómo y por qué tiene que ser un golpe seco y por qué hay que tener el machete bien afilado. Las palabras la arrastraron a una demostración, durante la cual su excitación le causó un breve descarrilamiento y yo terminé en el hospital con 19 puntos. “Fue sólo un rasguño Doc”.
Debo admitir que no era raro que pasaran cosas raras. Veíamos cosas raras en el cielo, nuestros vecinos eran raros, y a veces hacían cosas raras también.
Pero lo más raro fue lo de las gallinas. Una tarde de otoño una de ellas, una bataraza de porte dignificado y aires de realeza, me empezó a seguir por todas partes y cada vez que yo me daba vuelta zapateaba en un cierto ritmo repetidamente y después se me quedaba mirando como esperando algo de mí. Yo no entendía qué estaba pasando. Con el tiempo esto se convirtió en hábito hasta que un día que estaba sentado en la reposera y la gallina empezó su ritual de zapateo la observé un largo rato y me di cuenta de que hacía siempre el mismo orden de zapateos cortos y largos. No sé por qué se me ocurrió escribirlo en código morse. Anoté la versión del zapateo en código y aunque yo no sabía leerlo conseguí que Pascual, uno de los vecinos que había trabajado en un barco y lo entendía, me lo descifrara. Según Pascual el mensaje decía: Tu mujer te está poniendo los cuernos con tu mejor amigo. No se pueden imaginar mi sorpresa y mi asombro, quedé totalmente impactado y perplejo ante el mensaje. Por supuesto que no era por lo de mi mujer ya que hacía rato que sabía de eso y venía desquitándome con su hermana menor, pero el hecho de que esta gallina se estuviera comunicando conmigo era algo verdaderamente increíble. Está de más decir que en el futuro no podría acudir a Pascual ya que era imposible pronosticar con qué barbaridad se podía despachar la bataraza la próxima vez y los vecinos ya hablaban lo suficiente de mí. Así que decidí hacer un curso por correo para aprender el código morse. En cuatro meses aprendí lo suficiente como para poder entender todo lo que esa gallina me contaba. Resultó ser bastante habladora pero más allá de eso con el tiempo comencé a cuestionar su equilibrio mental. Un día me dijo que era nada más y nada menos que Virginia Woolf y que había sido castigada como tantos otros escritores por escribir vidas mucho más interesantes de las que vivían. Sin ir más lejos, me dijo con un gesto de cancherita: ¿ves aquél gallo blanco que sólo come maíz y pasto y jamás se atreve a probar un bichito? ese es Kafka, y aquél otro colorado que se la pasa correteando a las gallinas para pisarlas es Henry Miller, ese que le gusta pelear tanto es Hemingway, y ese negrucho raquítico al que tanto le gusta el maíz fermentado es Edgar Alan Poe. Cada uno está condenado a tantas vidas como gallina, según la distancia que haya existido entre la fantasía que escribían y su realidad. Por ejemplo Miller batió todos los records: sólo le toca pagar 7 vidas, Kafka debe 118, James Joyce 89, Hemingway 65, yo sin embargo estoy aquí por 234 vidas.
¿Por qué tenés tantas vidas que pagar, le pregunté, tan lejos de la ficción era tu realidad? No, es que para poseer el don de la comunicación hay que pagar con 10 vidas adicionales. Esta es la duodécima encarnación que tuve sin poder conseguir que alguien me entendiese, eres el primero, me dijo con una mirada que atisbé como definitivamente seductora mientras marcaba el zapateo de sus palabras con un revoleo de culo que era más exagerado que de costumbre. Sentí algo de orgullo y el comienzo de una sensación bastante aproximada al cariño.
Cabe aclarar que para comunicarme con Virginia yo le hablaba normalmente. Esto requería que esperara a que mi mujer corriera a los brazos de su amante para que yo pudiera entablar mis diálogos sin despertar sospechas.
Me puse a buscar fotos de Virginia para ver qué tipo de mujer era. Había leído algunos de sus libros pero la verdad es que me habían dejado seco.
Una vez establecida cierta confianza, Virginia me confesó un día que si ella lograba, con mi ayuda, publicar un libro que vendiera cantidades importantes contando la vida que ella podría haber vivido si hubiera elegido con la entrega con que escribía entonces saldaría todas las vidas menos una. A partir de ese día empecé a llevar un cuaderno al gallinero y tomaba notas de lo que ella me iba dictando con sus zapateos.
Cuando Virginia andaba de malas porque veía que nuestra novela marchaba muy lentamente o se sentía poco inspirada me contaba lo terrible que era ser gallina. Que siempre estaba teniendo sexo con alguien de su propia familia. Por ejemplo, Henry Miller es mi hijo y mi tío al mismo tiempo, ya que su hermano mayor (del mismo gallo pero diferente gallina) es a su vez hermano de mi padre. Una termina acostándose con su abuelo y sus nietos, ay es terrible. Ahí va el pobre Poe que es hijo y padre de todos según dice él mismo cuando le toca comer polenta fermentada. Vos no te podés imaginar lo que es ser violada por tu propio hijo, un día lo estás ayudando a romper el cascarón y al otro te anda correteando por todas partes. Lo que sí me causa gracia son los gallos arrastrando el ala, ¿acaso piensan que eso tiene algún efecto sobre nosotras? Una se entrega al fin de cuentas de puro aburrimiento y porque no ve otra y estos se la recreen. Después de tanto corretear se te suben encima y antes de que puedas pestañear se terminó todo. Me trae memorias de algunos de mis viejos amantes. Dijo esto último con el equivalente avícola de un suspiro, mientras sus ojos se enturbiaban en una mirada perdida.
Después de varios meses de esfuerzo y tener que sufrir humillaciones a manos de una docena de editoriales finalmente logramos que el libro fuera publicado en México. A insistencia de Virginia llevaba el título: Las gallinas cantan al atardecer. A pesar de eso consiguió ubicarse entre los más vendidos en el mundo hispano.
Pensé que esto nos llevaría a un nuevo nivel de intimidad en nuestra relación pero un día, cuando Las gallinas cantan . . . todavía seguía entre los cinco más vendidos, Virginia me pidió que la matara para acelerar el proceso. Me convenció con el argumento de que después de una vida más ella podría reencarnar y ya que yo sólo tenía 27 años si ella lograba encarnar como humano en unos 15 o 20 años nos podríamos juntar.
Con lágrimas en los ojos la maté, usando el mismo machete que ya era herramienta erótica en manos de mi mujer. Mi primera víctima en toda mi vida, me dije mientras sentía la tibieza de la sangre de Virginia en mis manos. Ella me había asegurado que reencarnaría cerca de ahí, a menos de 10 kilómetros.
A los pocos meses un día me lo cruzo a Pascual, el marino que me había descifrado el primer mensaje, y me dice: “¿Qué me dirías si te cuento que hay una gallina que se comunica conmigo?”
“Amigo del alma”, le dije con ternura al tiempo que ponía mi brazo sobre su hombro y lo encaminaba hacia el gallinero. En el camino tomé el machete, y apenas señaló a una gallina con el dedo yo le macheteé la cabeza pero me di cuenta que me había equivocado porque sólo me la había señalado para decirme que esa era Alfonsina Storni. “Lo lamento Alfonsina, le susurré mientras limpiaba el machete en la paja, pero por lo menos te ahorré una vida”. Como a Pascual le agarró pánico y no quiso decirme cuál era Virginia entré a machetear a diestra y siniestra. En el proceso despaché, entre otros, según me contó el mismo Pascual días después, a Borges, Cortazar, y Camus, Darío, Güiraldes y Beckett y terminé con Tolstoy, Proust. Rilke, Dostoievski y Celine. La Woolf había muerto en tercer lugar ya que apenas se dio cuenta de mi presencia ella misma corrió hacia el machete. Yo presentí que esa había sido ella pero al no verla zapatear, decidí por las dudas no dejar ningún ser emplumado con vida en ese gallinero.
Ni les cuento la orgía que fue el recibimiento de mi mujer cuando me vio regresar bañado en sangre y machete en mano. Quedé tan gastado que por varios días me dolía hasta caminar.
Veinte años después, cuando las infidelidades de mi mujer y su enfermiza atracción a la sangre eran tan sólo una débil memoria, se presentó un apuesto joven a mi puerta que decía ser Virginia Woolf. A los pocos días cayó otro muchacho similar quien afirmó ser Alfonsina Storni. Despaché a ambos con sendos escopetazos y decidí hacerme vegetariano una vez más.

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domingo, 10 de mayo de 2009

El arte de no hacer nada - Iktami

El Arte de no hacer nada
Extracto del libro
Iktami Devaux

Luchar por la paz es como coger por la virginidad*
Los ejércitos del mundo requieren hombres fuertes pero sólo consiguen calamares engendrados en tubos de ensayo. Ellos exigen perseverancia pero solo consiguen "Es un monstruo grande y pisa fuerte" cantado a la orilla del río del olvido. Los más se convierten en los ultra y los injustos son bautizados con fuego, el azufre es opcional y poco popular en el laberinto post 9/11 de sesos hervidos a lo MacDonalds, malos hasta chuparse los dedos, a pesar que por lo menos uno de ellos ha estado en el culo del Vaticano. *frase de George Carlin

El conformismo
El conformismo es como una plaga tóxica que se viene desparramando por el mundo a través de los siglos.En esta era de Internet y consumo masivo de la televisión se ha propagado con la fuerza de un incendio forestal bajo vientos huracanados. Podría llenar varias páginas enumerando sus viles virtudes pero optaré por la brevedad de la síntesis. El conformismo es malo porque no nos permite vivir. Nos ahoga en un mar de mediocridad donde la originalidad es una especie en extinción.

El sexo
Son muchos los que cuestionan el alto componente sexual en mis escritos. Y es que los desórdenes de la carne son la única cosa que ha traído orden a mi vida. Es en estos desórdenes que descubrimos que el cuerpo es un simple instrumento del alma. Es por eso que cuando se trata de sexo, al hacer un resumen de mi vida siento como que me he quedado con las ganas.

El lugar donde vivimos II
Permítanme desplegar algunas de las delicias del lugar donde vivo. Todas las mañanas me levanto y respiro el prístino aire cordillerano y me preparo un mate con el agua del arroyo que separa mi chacra de la del vecino. Es agua que viene de lo más alto de la montaña sobre la cual habito a una altura de unos quinientos metros. Se llama Piltriquitrón que en Mapuche quiere decir Cerro colgado de las nubes. Y eso es exactamente lo que hace la mayor parte del tiempo: se cuelga de las nubes como un mono de la palmera. A veces acompaño el mate con una o dos rebanadas de pan casero. En cualquier momento del día se me dará por tomar un vaso de leche ordeñada por un amigo alemán que se gana la vida cultivando cierta amistad con las vacas. Una vez a la semana hago yogur El arte de no hacer nada Usando esta misma leche. Le agrego fruta de mi chacra: frambuesas, cerezas, manzanas, ciruelas, duraznos o nueces según la estación. Un día después que llovió se puede salir a buscar hongos comestibles, de pino en otoño y de ciprés en primavera. En verano e invierno hay que recurrir a los que uno secó y guardó. De las frutas que antes mencioné hacemos mermeladas, jaleas, vinos y licores. En el verano cuando llega la temporada de pesca alguna que otra trucha termina en nuestra mesa. Dejo varias cosas sin mencionar para abreviar pero se pueden dar una idea. La clave de la vida es respirar, beber y comer saludablemente.

Palabras
Mantener la unidad a cualquier precio... esa es la idea. Solidaridad es una palabra que hace sus rondas en las intrigas de sobremesa en las clases media y alta pero no significa nada para los que duermen en los bancos de las plazas, los que piden una moneda cuando uno sale del supermercado con la bolsa llena de municiones de la sociedad consumista, los que están dispuestos a matar para su próxima dosis de droga, los que venden sus cuerpos para evitar el matadero.
No, hay algunas palabras que pierden su significado cuando dejan atrás la cascara quebrada del huevo intelectual donde fueron empolladas, y como pollos destinados a la faena sus alas son para hacer al horno y poseen pocas virtudes aerodinámicas.
Los que llegan tarde no serán eximidos de su culpa. Ignorancia de la ley no justifica quebrarla. Altura, aguante, tozudez... la respuesta a la pregunta que nadie hace.
Sensaciones

Tener a un tigre por la cola es algo que lleva una carga de adrenalina importante,
pero es una sensación como cualquier otra que al entrar en la repetición nos
lleva al tedio y se convierte en una experiencia como cualquier otra.
Cuando uno es capaz de distinguir lo alto de lo bajo, la gente lo mira con el
asombro que se observa un mago de circo.
Ellos saben que es una ilusión pero sus ojos no son lo suficientemente rápidos,
o no miran en la dirección correcta, para descubrir el truco.

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