miércoles, 12 de agosto de 2009

Mensaje Críptico – González Carey

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MENSAJE CRÍPTICO

Cuento Corto

Fernando González Carey – Gral. Roca

Soy buscador de historias, así de simple. Historias alegres, de amores perdidos y recuperados, historias negras de traiciones y desencantos. No resulta fácil encontrarlas, pero las codicio porque en sus intersticios, en sus más mínimos recovecos está la grandeza del hombre, o su miseria.

Hoy quiero contarles lo que le oí a un paisano que vive en las bardas del Sur de General Roca, cerca del cerro que llaman “De La Cruz”, camino al poblado del Cuy. Nicasio se llama el hombre y cuando lo vi por primera vez lo encontré mimetizado con un desierto que atesora dinosaurios y bosques de coníferas, hoy petrificados y semienterrados.

No pienso ocultarles nada de lo que nos narró una tarde de Otoño, guarecidos en su rancho con un viejo amigo que me acompañó.

Pasando el puente de Paso Córdova y yendo hacia el Sur por la ruta pavimentada, aparece solitario el cerro que nombré anteriormente, en medio de cañadones y flora achaparrada, propia de la región. Dejé el auto a un costado y emprendí la caminata, tomando algunas referencias para no perderme y poder regresar. Cantimplora, buen sombrero, zurrón y zapatillas andadoras. Todo estaba controlado cuando di los primeros pasos hacia el Oeste.

Me detenía a cada instante, sabedor de que esa zona es muy rica en restos petrificados de coníferas, dinos y ballenas, muchos de ellos arañando apenas la superficie. A pocos kilómetros de andar, vi un rancho alejado y a un paisano que me saludó. Más adelante, descubrí un yacimiento con desechos de puntas de flechas y, esparcidos, cantidades de troncos petrificados. Finalmente descendí a un cañadón y tomé allí algunas muestras.

Después de varias horas emprendí el regreso, ya cuando el Sol insistía en seguir bajando. El paisano reiteró su saludo desde un cerco que contenía chivas bien flacas. En poco tiempo crucé el río Negro y llegué a Gral. Roca, satisfecho de la cosecha lograda.

Después de cenar me enfrasqué en limpiar las muestras y en catalogarlas minuciosamente. Mientras lavaba un trozo durísimo de conífera petrificada , de un morado veteado sobresaliente, me quedé con la mirada fija en unos rayones que tenía. Busqué la lupa y observé atónito que esas líneas apenas visibles constituían un mensaje o al menos así lo creí. Alguien había grabado (con la punta de un hierro muy penetrante y duro, ciertamente) la siguiente palabra : VIL. Pensé que podría tratarse del general Villegas, quien posiblemente visitó esta región.

Consulté a varios paleontólogos y geólogos y todos quedaron asombrados de que yo hubiera podido levantar ese documento inconcluso en aquella perdida y solitaria región. Yo sabía que el Ejército había estado en la zona, que varios investigadores y religiosos la habían recorrido o atravesado, pero ¿quién había grabado esas tres letras y con qué intención?

Con estas inquietudes, y resuelto a desentrañar la historia, me acerqué a la vieja estación del Ferrocarril del Sud para entrevistarme con un antropólogo que trabaja en la oficina de Turismo. Después de oír mi relato, me propuso regresar al sitio exacto del hallazgo, y se entusiasmó cuando le comenté lo del paisano. ¡Ese viejo debe saber mucho! – me dijo.

Fue fácil ubicarlo. Estaba sentado con su mate en el mismo lugar en que lo había visto la primera vez, controlando las chivas que balaban por los alrededores. La charla dio varios rodeos al comienzo, así que no bien nos dio pie para explicarle el motivo, le dijimos que habíamos encontrado cerca del rancho, una piedra muy dura, con una grabación rara, cuyo autor tal vez habría sido algún soldado o alguien que manejara aceros cortantes, y que queríamos saber si él nos ayudaba a descifrarla.

Nicasio la tomó entre sus manos y arrugó la vista para leer lo que allí estaba grabado. Calculando que no alcanzaba a hacerlo, le clarificamos la grabación y nos quedamos sorprendidos cuando el viejo, sin prestarnos mucha atención, advirtió que el mensaje de esa piedra era completo y que debió haber sido muy despreciable lo que esa piedra insinuaba.

Nunca pensé que una sola palabra, de tan solo tres letras, podía esconder una historia patética y me alarmé por el hecho de que nadie de nosotros había logrado leer de otra manera un mensaje tan claro.

El viejo quedó un rato en silencio, prendió un pobre cigarro y nos arrimó unos cuantos recuerdos con los cuales pudimos armar una historia que ya intuíamos vergonzosa.

Muchachito era yo nomás, y vivía con el padrastro. Aquí, aquí mesmo y entudavía está el rancho como aquella vez. El padrastro, que en paz descanse, me pegó el chiflido cuando lo vido de lejos. No estaba solo, algunos milicos lo traían a la rastra y a los gritos. Entudavía los estoy oyendo, “vamo, sabandija, levantáte”, y sonaban los lonjazos. Yo era muchachito, como les dije y estaba asutao, casi escondido detrás de la ventana. Los soldados lo llevaron detracito de aquel algarrobo, donde el agua formó un cañadón grande y profundo. Después hablaron con el padrastro y le anoticiaron que allí lo iban a dejar, que debían cumplir un encargo de la superioridá y que tuviéramos cuidau porque el paisano no era de confiar. Más adelante pasarían a buscarlo, que allí lo dejaban con las esposas en los pies y en las manos. Todo esto pasó hace muchos años, cuando yo era muchacho y vivía con el padrastro, pero lo tengo fijao bien adentro, que no lo puedo borrar. Dénle agua y algo de comer, alcanzamos a oír cuando la milicada trepaba por aquel lau. El sargento tenía gran vozarrón, eso recuerdo. Y se fueron nomás y nos dejaron el bulto.

Después la cosas pasaron como pasaron. Yo al principio no me le animaba ni quería verlo, pero el padrastro sé que le llevaba agua, no me decía nada, pero le llevaba. No sé cómo el paisano apareció un día, parado y apoyado en el poste, en ése. Tomó algo de pan que le ofrecí y se fue, arrastrándose como podía. Eran los días en que el padrastro estaba en el Cuy, pero cuando volvió nada le quise decir. Después , al poco tiempo, llegó la nevada y por días no salimos del rancho ,meta mate y mate y galleta. De noche solíamos oír sus quejidos y maldiciones. Un día salí y me acerqué al cañadón, pero ya no estaba. Creí que habían venido los milicos y que se lo habían llevado, así que volví al rancho, preocupau.

Es pa´no creer. Al día siguiente, bien tempranón, apareció el sargento con su vozarrón a los cuatro vientos, oliendo, mirando y preguntando. Que dónde estaba el paisano, y qué le podíamos decir. Enojau estaba el hombre, y lo´otros detrás, callaus. Recorrieron los alrededores y se jueron, medio disconformes y amenazándome…

Siempre me decía el padrastro que yo era medio, cómo se dice, medio aindiau pa seguir las huellas. Una marca en el suelo, una rama rota, todo me servía pa seguir a un animal perdido. Y lo hacía muy bien, nada se me escapaba. Así que esa tarde me puse en camino pa ubicar al paisano, perdido seguramente en esta tierra sin fin. Encontré por ái unas trampas que estaban muy bien hechas, con ramas puntudas de algarrobo y más adelante la arena removida pa dormir de noche. Era con toda seguridá un hombre acostumbrao al campo y se notaba por la manera que tenía de elegir yuyos pa morder y sacar jugo. Detrasito pero a prudente distancia, y como envolviéndolo, vide rastros de pumas y de jaurías salvajes que suelen llegar del poblao. Son incansables cuando buscan, y se atraen entre ellos. Las marcas en la arena mostraban un hombre desesperau, que como serpiente se iba arrastrando, buscando los cañadones pa ocultarse.

Una sola vez, aura que recuerdo, pude cruzar dos palabras con él cuando se acercó al rancho pa pedir comida. Me dio a entender que era desertor, que aquí lo habían apresau. Que cuántos años tenía, y bué, yo le daba por los cuarenta, hombre fuerte, de carácter. Y nada más le pude sacar, tenía su mirada fija en las chivas y de allí casi no lo podía sacar. Una sola vez pasó esto, una sola vez.

Fue el Malevo el que me dio la pista, me ladraba dende lejos, volvía y regresaba nervioso, desconocido. Más adelante pude entrever la situación y me santigüé asustau. Allí estaba el hombre, semienterrau y comido por la jauría hambrientona . Sus huesos estaban secos por el Sol y la calavera a varios metros, como si hubiesen jugado con ella. Las hormigas entraban y salían por los espacios de las vértebras. Pude ver que las esposas estaban rotas, gastadas de tanto ser golpeadas. Seguramente las utilizó pa rayar la piedra... ¡Ahijuna, qué viles que fueron, eso no lo hace un cristiano!

Ahí mesmo enterré sus huesos, puse una cruz piadosa rezando lo poco que sé, y regresé al rancho. Jamás comenté esto y nadie me preguntó. Los milicos nunca volvieron y ya va para más de cincuenta años… y entudavía, entre sueños, veo al hombre arrastrando su condena, sin agua y juyendo de la jauría, espantándolos hasta caer derrotau, con el dolor de las mordidas de los perros salvajes. Ojála Dios se haya apiadau de su alma y lo tenga en su gloria bendita…

Le dejamos a Nicasio algo de azúcar y de yerba, unos cuantos cigarros y un poco de dinero y nos fuimos en silencio, amontonando pena y dolor. La piedra era un trozo de historia, un certero mensajero de momentos terribles.

Después de varios días observé con gran detenimiento el fósil y descubrí, asombrado, que entre letra y letra el desertor había grabado pequeñas rayitas que revelaban, no sólo su grado de instrucción sino también la fecha exacta de su martirio en las inhóspitas bardas del Sur.

FIN

Este cuento es pura ficción.

El autor conserva, sin embargo, la piedra con las grabaciones mencionadas.

Gral. Roca (R.N.), Invierno del 2009.

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Festejar la Vida - Rudolph

imageFesteja la Vida

Narración

Dayana Rudolph – El Bolsón

 

Pasamos lindas vacaciones junto con la familia, en el que, en aquel entonces, era el pequeño balneario de Las Grutas sobre el Golfo San Matías.

Era diciembre de 1972. Fabián y Leo tenían 5 y 2 1/2años respectivamente, disfrutaron muchísimo de la playa y del mar.

Pasamos navidad con los chicos y Dora Lozada, la señora que nos ayudaba a cuidarlos. El resto de la familia estaba en El Bolsón, y por eso decidimos emprender antes de lo programado el regreso y pasar junto con ellos la noche del primero de enero de 1973.

Cargamos la Ford F-100 modelo ´70, que estaba equipada con una loneta que hacía las veces de cúpula, una garrafita, comida y colchonetas donde los chicos podían dormir y jugar durante el viaje.

Muy tempranito salimos de Las Grutas rumbo a nuestro querido Bolsón por la 23. Aquella ruta de ripio bordea el ramal Sarmiento que une San Antonio Oeste con Bariloche y atraviesa a lo ancho la provincia de Río Negro, en nuestra Patagonia.

Llegamos a Valcheta cerca del medio día.

Mientras cargábamos nafta, yo divisaba un cielo raro, oscuro, con nubes muy negras. Era realmente imponente el frente de tormenta que se aproximaba desde el sur. Imaginamos que se trataba de esas típicas de verano, provocadas por el choque de aire cálido y húmedo con corrientes frías, a las cuales los cordilleranos no estamos acostumbrados a ver ni a vivir.

A pesar de su imponente presencia y con las ganas de llegar a casa y sorprender a la familia, hicimos caso omiso a lo que el cielo nos presentaba y seguimos adelante.

Una hora después, en medio de la estepa, comenzó a llover con tanta intensidad que no lograba divisar la punta del capot de la camioneta, y esa escasa visibilidad no me dejaba avanzar.

Detuve la marcha y decidimos esperar. Contemplamos atónitos esa fuerza de la naturaleza poco más de una hora. Cuando bajó la intensidad de la lluvia, seguimos avanzando muy despacio por la ruta que se había convertido casi sin darnos cuenta en un verdadero río, hasta llegar a un punto que, debido a la cantidad de agua caída había socavado la tierra y se había formado otro río que se veía tan importante como el Quemquemtreu en pleno deshielo.

Fue entonces cuando decidimos regresar a Valcheta para pasar la noche allí y esperar que pase la tormenta.

Pero la sorpresa fue que, a tan solo 15 minutos de marcha nos encontramos con otro torrente de iguales dimensiones. Nos encontrábamos encerrados en la abierta y desolada estepa, solos con Dios y nuestro destino.

Con todo esto, la camioneta se había encajado. La levanté con un cricket y con una pala fui rellenando los “huellones”, y así logré sacarla.

Ese era el momento en que debía “enfriar” mi cabeza y tomar la decisión mas acertada, ya que estaba la vida de mi familia en juego.

Lentamente retomé camino en dirección a El Bolsón. Seguía lloviendo y la noche no tardaría en caer.

Fue en el primer alto que encontré, donde estacioné y dije: “aquí nos quedamos”

La tormenta no cesaba, azotaba con tanta fuerza que comenzaba a socavar los terraplenes de las vías del tren.

Veíamos como caían los postes de telégrafos cada vez que la luz de los rayos convertía la noche en día.

Parecía el fin del mundo. Y nosotros estábamos ahí, con dos chiquitos.

Una vez estacionada la F-100, pusimos debajo de esta y envuelto en nylon las cosas que llevábamos en la caja. Dora se acostó en la cabina. Mary, los chicos y yo nos recostamos en la caja sobre las colchonetas. Por suerte la lona estaba bien impermeabilizada y no entró ni una gota de agua.

Fue una noche interminable. Pero gracias a Dios y como todos los días, amaneció.

Calentamos agua, tomamos un té, cargamos las cosas y seguimos viaje hasta aquel río que nos impidió el paso la noche anterior.

Del otro lado del zanjón se veía una estación de tren, llamada Teniente Maza.

Dejamos allí la camioneta y cruzamos a pie sobre las vías del tren. Llegamos a la estación. El matrimonio encargado, solidarios como buenos patagónicos, nos recibieron muy amablemente ofreciéndonos todo de lo poco que tenían.

Recuerdo que a la hora del almuerzo, carnearon unas gallinas para invitarnos a nosotros y a otros evacuados que circulaban por la zona.

Finalmente a la tarde paró de llover. Volví solo a la camioneta para ver la forma de cruzarla por la zanja. Tomé la pala y después de un buen rato de duro trabajo había formado una especie de “rampa”, lo suficientemente alta como para tomar vuelo y poder saltar.

Retrocedí unos cuantos metros y sin cinturón de seguridad ni airbag, (y creo que sin pensar en las consecuencias), puse primera, pasé a segunda y aceleré a fondo… En un abrir y cerrar de ojos, estaba del otro lado de la zanja, estaba ya en la estación Teniente Maza.

Puse las “pantaneras” que tenía como auxilio en la chata, cargué la familia, nos despedimos de nuestros anfitriones y seguimos viaje con la idea de llegar a la estación de Ramos Mexía.

El proyecto duro pocos kilómetros, pues nos encontramos con una nueva zanja, muy grande y totalmente cubierta de fango, lo que imposibilitaba el paso.

Intenté sortearla a través del puente ferroviario que se encontraba cerquita de la ruta, pero al medir la trocha, me di cuenta que sería una locura pasar por tan solo 60 cm.

Regresamos a la estación en donde habíamos almorzado. La familia no dudó en invitarnos a pasar la noche en su casa. La estación estaba muy tranquila, ya que ni el tren podía pasar con semejante catástrofe climática que había desmoronado varios sectores del paso del tren.

Luego de cenar, la señora de la casa nos indico el lugar en donde dormiríamos esa noche. Era una habitación con una cama matrimonial, en donde dormimos los cuatro, mientras que Dora durmió en la cabina de la chata nuevamente.

Esa noche Leo volaba de fiebre. Mary me pidió que busque un jarabe que estaba en la chata para darle al nene. Caminé en la madrugada a buscarlo y no di crédito de lo que mis ojos veían, y fue ahí cuando noté que hay actitudes que las personas humildes y buenas te regalan sin pedir nada a cambio y que quedan grabadas en lo profundo del alma como una verdadera enseñanza de vida, una demostración de amor y de caridad.

Los dueños de la casa estaban durmiendo en el piso, ni más ni menos que en el piso, de la oficina de telégrafo.

Pasó una noche más. Cerca del medio día llegó lo que se conoce como “zorrita”, con un pequeño motor a nafta, que evaluaba los daños en la vía ocasionados por el temporal. Decidimos entonces dejar la Ford y seguir viaje en la “zorrita” ya que Leo seguía con fiebre y era necesario que lo vea un médico.

Hicimos en aquel particular medio de transporte unos 60 km hasta que llegamos a Ramos Mexía. Allí, después de visitar el centro de salud, nos acomodamos en el único Hotel Bar.

Al día siguiente y ya con el clima a favor la ruta comenzaba a secarse. De la estación salió una locomotora con un vagón por delante cargado de piedras para rellenar todos los sitios con desmoronamientos.

Volví entonces en ésta a Teniente Maza a buscar la camioneta e intentar atravesar el barrial concentrado en un bajo de la ruta.

Llegue al boquete barroso, hacía calor y me puse la maya, y con el barro hasta las rodillas fui tanteando con una varilla la profundidad del mismo.

Me subí a la camioneta, nuevamente retrocedí, tomé la máxima velocidad que la primera “acelerando a fondo” me permitiera y todo se oscureció, porque el barro tapó el parabrisas de mi vehículo, pero inmediatamente advertí que había sorteado ese nuevo obstáculo.

Estuve un buen rato sacando el barro pegajoso de la estepa del motor, pero finalmente llegué a Ramos Mexía donde me esperaba la familia.

A la tarde noche de ese día, el 3 de enero, llegamos a El Bolsón. No pudimos brindar el primero con el resto de la familia, pero sí celebrar que estábamos todos bien, y que acabábamos de sumar a nuestra vida una aventura inolvidable que hoy les quise contar.

Durante años mantuvimos contacto con la familia que nos albergó aquella noche. Les enviábamos cerezas, nueces y dulces caseros en eterno agradecimiento, Luego se mudaron de esa estación y perdimos contacto con ellos…

Dayana Rudolph

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domingo, 9 de agosto de 2009

Cuentos - García

Selección de Cuentos Cortos

Claudio García

Río Negro

UNA CENA INESPERADA

POSTRE

EL GUARDIACÁRCEL GUEVARISTA

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Selección de Poesías - García

imageSelección de Poemas

Claudio García

Río Negro

 

 

 

 

POEMAS

la madre

la madre está gravemente enferma

pero antes de morir no cambia

su ritmo habitual de vida, es decir,

conserva siempre puestos el delantal y

la enagua, el rouge y el cuchillo en su mano derecha,

no cambia la voz, no la aflauta

en un último deseo, algo como

háganle la sopa a papá

traten de rezar algunas veces

cierren bien las piernas, hijas

la madre está gravemente enferma

pero igualmente se deja violar por el marido

acariciándole el pelo mientras le controla

los bolsillos, y le saca dos de cada tres billetes,

la madre está gravemente enferma

pero le dice al médico que no se preocupe

que lo fueron a buscar en vano

porque es sólo un resfrío, o a lo sumo

la malasangre correspondiente al recibo de luz,

la madre se muere antes de que le alcancen un té con limón

y en el último minuto ve esfumarse la imagen

de un hombre, el sonido de un vals

y piensa con bronca en la vecina que

hipócritamente irá a su entierro.

(De “Versos de primera intención”)

encendamos un fósforo

encendamos un fósforo que la calle muestra

sus sombras movedizas,

el que nació hace setenta años

y muerto pocos minutos atrás aniquilado de frío

ya no tiene presente,

si bien para tres desprolijos borrachos

recién ha nacido,

por eso festejan y me hacen señas

como para contarme un secreto.

(De “Versos de primera intención”)

SI ARRASTRO AL FIN A ESA MUJER

si arrastro al fin a esa mujer

la maría que el poeta encontró en buenos aires,

y apareció en mi ciudad

cuando escupía sin ganas en un banco

y un día uniforme y por llover

llevaba a pobres animales a sus cuevas,

y linyeras con ojos como plomadas

rastreaban monedas por el piso

si ya la estoy llevando de los pelos

a esa mujer que se hizo trenzas

mirándose en los ojos del poeta

antes de empezar la matineé en el cine más rasca de floresta,

y que apareció sin maletas en mi ciudad

aunque con carga en la cara de pinturas,

como esa cera que acumulaba en mis uñas

por escarbar mi oreja y mi respiración

que se ahogaba en el pecho por no sé cuál hollín de los recuerdos

si ya se encuentra en mi cama

esa mujer extenuada de tantos amores viejos,

como el del poeta con torpeza y público

en los fondos de la estación de villa luro

antes de buscar en algún boliche

una sartén de huevos, cebolla y carne

y qué tren invisible de villa luro la trajo a mi ciudad

me arrancó de una soledad jadeante

en un banco en un día uniforme,

con el colmo de linyeras mirándome con lástima

y dejó que con bronca le arrancara sus ropas

clavadas en su piel por el viaje

desde ese buenos aires que reconocía en cada uno de sus gemidos

que salían de una boca donde el poeta sonreía.

(De “Un corsario con sus piernas quebradas”)

HAY UN PINO VIEJÍSIMO EN LA PLAZA

Hay un pino viejísimo en la plaza

que nadie cuida,

pero que todas las navidades

es cubierto con lamparitas de colores,

guirnaldas

y cajas que simulan ser

grandiosos regalos.

Terminada la navidad,

nadie limpia el pino

de tantos objetos absurdos.

Con los meses,

las lamparitas, las guirnaldas y las cajas

terminan cayéndose solas,

derruidas por las contingencias

del clima.

El pino queda de este modo

preparado para una nueva navidad.

(De “Poemas un tanto amigos de una seguidilla de días de lluvia e insomnio”)

ESTA MUJER PODRIA SER MI MUJER

Esta mujer podría ser mi mujer,

pero, hasta el momento, es sólo mi enfermera.

Contratada desde que hace días

la fiebre empezó a rondar los cuarenta grados

y los médicos decidieron salomónicamente

que debía meterme entre las sábanas

y esperar a que todo se arreglara.

Esta mujer podría ser mi mujer,

pero, hasta el momento, es sólo mi enfermera.

Se ocupa en darme pastillas y genioles

que hacen sangrar mi úlcera;

retacea los vasos de agua que le pido

y, sin ningún tipo de consulta,

guarda en su cartera mis billetes.

Me entretiene leyendo los prospectos de esos medicamentos

que guarda en los bolsillos de su guardapolvo rosa celosamente,

y cuando intento con mi mano tocar sus entrepiernas,

me empieza a hablar de los enfermos

que vio morir en sus años de profesión

y de las veces que las últimas bocanadas de aire

coincidieron con escupidas de sangre

y profundos gemidos que sonaban a un tren llegando de lejos.

No puedo entonces transmitirle mis ganas de hacerle el amor,

de proponerle que abandone su profesión y viva conmigo.

Por el contrario, sus terribles historias

me hacen sudar como caballo, congelan mi lengua y nublan mis ojos.

Esta mujer podría ser mi mujer, pero,

a esta altura no sé si podría sobrevivir a sus extremos cuidados.

Temo además encontrar su lengua bífida

cuando en medio de la excitación y los arrebatos del cuerpo,

busque desesperado su boca con mi boca.

(De “Poemas un tanto amigos de una seguidilla de días de lluvia e insomnio”)

¿DONDE PUEDEN ESTAR MIS VIEJOS ZAPATOS?

¿Dónde pueden estar mis viejos zapatos?

Recién ahora me doy cuenta, a mitad

de camino de mi pobre y monótono trabajo,

que mis pies se desplazan fríos y desnudos sobre el asfalto.

No me perdonaría perderlos.

Los llevó desde la guerra, de cuando unos perdían la vida

y otros de a poco los kilos y la ropa.

Esos zapatos que casi perdí corriendo,

escapando del bombardeo incesante de los enemigos, y el azuzar

represivo de los soldados amigos que nos querían clavar al piso

porque así lo pedía la patria.

¿Dónde pueden estar mis viejos zapatos?

He regresado a casa y no los encuentro.

No me perdonaría perderlos.

Los llevo desde mucho antes de la guerra.

Desde aquella vez en que, oriundo de un

sector del país que se cree lo más importante

del país, bajé por el lado derecho del mapa y te encontré.

Mis zapatos dejaron entonces de correr

y en medio de un cielo que se había puesto tan nublado

vos inauguraste de a poquito un poco de luz y un amor

que empezó por los labios y terminó conquistando todo el territorio

más allá de la epidermis, tragando todo lo que quizás

uno vivió para bajar un día por el lado oceánico del mapa

y encontrar que una madre había parido una mujer-puñal destinada a hacerme mella.

Después pasaron los años y ella pasó,

y luego también pasó la guerra, pero los zapatos quedaron.

Infinitos nudos de tristeza apretan mi cuello al pensar que mis zapatos,

que aguantaron tantos avatares, ahora hallan desaparecido.

¿Fue descuido o el azar?

Miro mis pies desnudos con la extrañeza

de alguien que un día se levanta y descubre que le han

amputado algunas partes del cuerpo.

¿Fue descuido o el azar?.

Miro mis pies desnudos con el rencor de quien

regala las espinas de un ramo de rosas para decirle

adiós a una mujer que lo maltrató por años.

¿Fue descuido o fue el azar?

Miro mis pies desnudos con la desesperación

de quien busca en los libros el conocimiento

o el secreto que le evite descubrir

que las paredes son más resistentes que su frente.

¿Fue descuido o el azar?

Tengo que encontrarlos.

No me perdonaría perderlos.

No podría resistir un nuevo calzado;

atar con desgano los cordones de unos zapatos que nada saben de mí.

No soportaría pensar que en esos momentos

alguien se está poniendo mis viejos zapatos, ignorante

de que en ese calzado se esconden sin ser vistos los estruendos

de las bombas que estremecieron mi cuerpo,

el rozar de su vestido antes del amor,

un amanecer con los ojos muertos

y tanto y tanto de lo que fue mi vida.

(De “¿Dónde pueden estar mis viejos zapatos?, Mariela y otros poemas”)

BUSCO

Busco un hueco donde ocultarme,

la grieta de una mujer,

la oscura pieza de Baudelaire

con su redoma de láudano,

el espacio tibio de la cama

que deja una sonámbula.

¿Porqué esta angustia y el

miedo pegado como abrojo?

Cuando no estás, vivo con una niebla

delante de los ojos.

Busco una capucha de luz de luna

que oculte los ratos de soledad,

tu voz muy suave diciéndome al oído

“te amo con tanta intensidad”,

mi cuerpo obedeciendo el oleaje del mar,

la novela abierta ante el vaso de licor.

Busco viejos olores donde protegerme,

el juego barato de la lluvia,

la afición de contar las estrellas,

quedarme loco o confundido por el alcohol,

recogerte el pelo en dos trenzas

antes de que permitas el amor.

¿Porqué esta angustia y el

miedo pegado como abrojo?

Cuando no estás, vivo con una niebla

delante de los ojos.

(De “Negros y luminosos”)

NO SÉ

Tuve amigos con los que éramos dioses,

pero los años

nos llevaron por distintos caminos.

Tuve mujeres a las que supliqué que creyeran

que yo era capaz de hacer cualquier cosa

con tal que no me dejaran,

pero terminaron diciendo adiós.

Como un gato con las uñas sacadas,

atesoré por años objetos que me resultaban imprescindibles:

algunos discos,

libros, una pipa,

los retratos enmarcados de Adhorno y Hendrix;

pero el tiempo llevó a que no les otorgue tanta importancia.

Hay noches que no puedo dormir

y siento haber perdido todas esas cosas.

Otras, aferro la certeza que mi futuro

depende en gran medida

de dejar de malgastar mi vida pensando en cosas del pasado.

No sé, a veces, si soy dueño

de un triunfo o de una derrota en secreto.

(De “Negros y luminosos”)

ZAMBA DEL RETOBADO (zamba)

Sólo soy bueno conmigo

y malo con los demás

el amor que uno posee

no se lo puede mostrar.

Yo soy un hombre difícil

y me conforma muy poco

quiero más de una mujer

y en lugar de plata, oro.

No moriré poco a poco

como se suele morir

recién cuando tenga ganas

buscaré mi proyectil.

Bebo grandes vasos de agua

cargados con mucho alcohol

llevo un enorme cuchillo

oculto en el pantalón.

Cuando la vida sonríe

me río a las carcajadas

cuando me trata muy mal

hago que no pasa nada.

No moriré poco a poco

como se suele morir

recién cuando tenga ganas

buscaré mi proyectil.

(De “Canciones del Búho”)

I

Mientras en este pueblo

todos son cautivos del frío

y tiemblan en sus camas

produciendo sonidos extraños

como si tuvieran patitas de tero

y ocultos en sus cuerpos

relojes de todos los tamaños

y botellas de alcohol

mientras en este pueblo

no hay prostíbulos ni bandas

de música en los parques

en nuestra casa blanca

nos corren descalzos

el amor y el deseo.

(De “Negros y luminosos”)

12

Admitiría morir, vaya y pase,

pero estar ciego, que me corten la lengua,

o que quede impotente,

me resulta inconcebible.

Entiendo más el suicidio

que tener un gancho en lugar de mano.

(De “El podador de flores”)

23

Yo no me refería a eso.

Decía que algo etéreo,

como el zumbido del mar

de una caracola vacía,

se vuelve de pronto

un letal silencio.

Pero mi amigo asentía

y decía, que es verdad,

que no hay nada peor

que recibir una sonrisa complacida

de una mujer a la que se le balbucean disculpas.

Pero yo no me refería a eso.

Decía que a veces me siento desnucado

para cumplir con ciertas obligaciones

cotidianas y rutinarias,

como poner mi mano en el escote de su blusa

para que cumpla con su destino de mujer.

Pero mi amigo asentía

y decía otra cosa,

que es verdad que cuando anochece

el sol se escucha en la lejanía,

y cuando la luna empuja a la bebida

uno aparta los ojos de otros ojos

para que las miradas no quemen.

Pero yo no me refería a eso.

Decía que cuando nada subsiste

del sexo, del vino, del libro,

de la música,

se descubre que no hay nada peor

que aburrirse de sí mismo.

Y mi amigo asentía

y decía que es verdad, que cuando

se descubre verdaderamente a una mujer

se duda de ella.

Pero yo me refería a otra cosa.

Le decía a mi amigo,

porqué no entendés que me refería a otra cosa.

Que las cosas pasajeras se encarnan

y las verdaderas como el cristal

se rajan y rompen ante cada golpecito

de la vida.

Es verdad, se vuelven puñados de arena,

dijo mi amigo.

Y esta vez entendió a que me refería.

Los puñados de arena que se escurren

de los dedos sin nada de mí.

(De “El podador de flores”)

MEMORIA

En los hoteles fui guardando mi niñez

y ahora, que siento mis huesos como una molestia

entre la carne,

nada queda de los años en que no tenía obligaciones

y llenaba mis rodillas y brazos de raspones y moretones

en las largas tardes de potrero.

¿Se puede ser viejo sin recordar la niñez?

No se puede. Se sobrevive mientras se agotan

esas imágenes de cuando el cuerpo crecía

y el asombro no tenía límites,

pero cuando los recuerdos de la niñez se terminan

los minutos no se llenan

y la soledad se hace cada vez más grande

hasta que se termina muriendo de ataque al corazón

o consumido por el cáncer,

y eso es lo que dictaminan los médicos,

ignorantes de las causas verdaderas de muerte.

(De “Negros y Luminosos”)

CUECA

Una cueca me sale

de la guitarra

pájaros que se posan

sobre la parra.

Una uva y otra uva

siempre es la tierra

ya lo dijo Neruda

canta la piedra.

Canta la piedra, sí

todos los seres

tienen un corazón

bajo sus pieles.

Tu amor me quita penas

tira el anzuelo

que enreda mi cariño

entre tu pelo.

Entre tu pelo, sí

aureola de agua

me ahogo al respirar

bajo tu enagua.

Arrebata el amor

y a manos llenas

junto besos que calman

todas las penas.

Todas las penas, sí

de mi guitarra

que no se acabe el vino

que se emborrachan.

Embriagado de amor

las piernas tiesas

que tus dedos me arrastren

hacia la pieza.

Hacia la pieza, sí

sin desamparo

tu piel traerá la luna

de color claro.

De color claro, sí

toda redonda

no acechará el adiós

entre las sombras.

(De “Canciones del Búho”)

LLEGÓ TU AMOR (canción)

Llegó tu amor a buscarme

Nació como nace una vertiente

entre tréboles y flores diminutas

pero nació también como montaña

cubrió el horizonte con tu cuerpo

trajo el silencio en los rincones de la casa

donde se acumulaban temidas alimañas

y sueños incomprensibles recurrentes.

Llegó tu amor a buscarme

como quien trae una carta perfumada

del aroma más entrañable

trajiste la sed junto con el agua

un mar sin sal ni tormentas.

Mi rostro decidió tocarte

cegar los ojos a otra cosa

que no sean tus ojos

perturbar el corazón con tus latidos

y así llevar fuego entre los dedos.

Llegó tu amor y dijo basta;

basta de quemaduras del trabajo

de frío entre las sábanas

de polvo en los vidrios

que no dejaban filtrar el sol;

basta de insomnios sin sabiduría

de paseos por calles conocidas

donde mendigaba sonrisas mal pintadas;

basta de encallar en los bordes de los libros

por el sólo hastío y el cansancio;

basta de comer las migas de viejas comidas,

y de la mañana en que el sueño entornaba

su puerta a un día sin deseo.

Llegó tu amor a buscarme

y se puso de acuerdo

con mi amor escondido;

todo se selló con un beso

que supo a whisqui en la garganta.

Se desgranó el tiempo

en minutos absolutos,

raíces a un mañana

donde los dones crezcan.

(De “Canciones del Búho”)

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Claudio García – Antecedentes y Currículum

image Claudio García – Gral. Roca

Antecedentes y currículum

 

Claudio García nació en 1962 en Isidro Casanova, provincia de Buenos Aires, se radicó en Río Negro a principios de los ’80, donde culminó sus estudios de Comunicación Social en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de General Roca, y desde 1985 que reside en Viedma. Periodista, escritor, también como músico integra la banda de jazz local The Black River Jazz Band y periódicamente realiza presentaciones unipersonales en las que intercala sus propios temas musicales con la guitarra, con poesías y cuentos.

Actualmente es asesor del legislador Mario De Rege y responsable periodístico de la agencia Agencia Periodística Patagónica (APP), donde suele publicar trabajos literarios y artículos de opinión. En el campo periodístico también se desempeñó en medios de comunicación privados como el periódico La Calle y la revista patagónica Rumbo Sur, así como fue director de Prensa de la provincia en los gobiernos de Horacio Massaccesi y Pablo Verani.

Ha publicado los libros "Versos de Primera Intención" (EUDEBA-FER 1987), "Un Corsario con sus Piernas Quebradas" (1995) y "Poemas un tanto amigos de una seguidilla de días de lluvia e insomnio-¿Dónde pueden estar mis viejos zapatos?, Mariela y otros poemas" (1995). Una selección de poemas integra la Antología Faro Encendido (Buenos Aires.J.L. Silver 1997).

Un cuento integra la antología de escritores de Río Negro "De jinetes y soledades", editada por la Biblioteca Nacional, Colección de Antologías Literarias de las Provincias, 1998. El libro de cuentos “La visita del psicólogo y otros cuentos” obtuvo la primera mención en el XXI Encuentro Patagónico de Escritores (Puerto Madryn, 1999), con un jurado integrado por Héctor Tizón, Diego Angelino y Liliana Hecker. Un cuento, "La cruxificción de Nietsche" integra la antología Dos Certámenes Nacionales 1999-2000 editada por la SADE Río Cuarto y Municipalidad de General Cabrera, Córdoba. El cuento “La lengua de Kafka” integra el libro “Los rostros y las tramas", editado por la editorial Dunken (2006).

Una selección de poemas integra la Antología de Poesía de Río Negro, Consultada y Comentada, que se editó a través del FER durante el 2007. A fines del 2008 publica su libro de narrativa “El guardiacárcel guevarista y otros cuentos” por Ediciones El Camarote, con prólogo del escritor, comunicador social e investigador en temas de cultura popular Juan Raúl Rithner y dibujo de tapa del artista plástico roquense Chelo Candia. El libro, dedicado a sus tres hijos, reúne 55 cuentos de su producción de los últimos 10 años.

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Felicidad trunca o prolongada? - Bommecino

¿FELICIDAD TRUNCA O PROLONGADA. . .?

Cuento Corto

Hugo Bommecino - Mendoza

Esa mañana despertó descansado. Recordó los hechos anteriores y bajo a desayunar. El lugar donde se servía estaba en la planta baja. Antes de ingresar, debió mostrar la llave que tenía el número de su habitación y le indicaron el lugar donde podía sentarse.

Luego se dirigió hacia el buffet donde se sirvió café con leche, tostadas, manteca y algunas mermeladas. Sentía que, desde que había partido de su casa natal, era el primer día en que estaba feliz y que un poco de tranquilidad lo hacía desahogarse.

Inesperadamente escuchó que una voz femenina le estaba hablando. Levantó la mirada y se sorprendió al ver, a esa hora de la mañana, un rostro tan angelical. El perfume que usaba la mujer le pareció exquisito. En su escueta observación percibió que tenía casi su misma estatura y su físico indicaba a las claras de su belleza.

-Buenos días, disculpe pero es que están todas las mesas ocupadas y...

-Buenos días... –le respondió-... ¿En qué puedo servirle...?

-¿Me permitiría compartir su mesa para desayunar...?

-¡Por supuesto que sí... no faltaba menos...! –Dijo a sabiendas de que no quedaba espacio para ubicarse en otro lado. Suspiró por ello.

-Gracias -le respondió ella y se fue hacia el buffet.

Estaba anonadado. Sintió cómo otra vez sus viejas intuiciones y deseos masculinos afloraban poco a poco, tímidamente. Luego ella volvió, tomó asiento e inició una agradable e inquisidora conversación.

-¿Eres brasilero...?

-No... Paraguayo y vos...

-Nací aquí, en Bahía y pienso morir en esta tierra... –Dijo con orgullo, mientras que él la observaba detenidamente. Tenía el pelo cortado a la altura de los hombros y mientras hablaba mostraba una perfecta y blanca dentadura, a la vez que los labios ya le resultaban más apetecibles a medida que más los observaba. Sus ojos eran de un verde claro que encajaban perfectamente en el rostro moreno de la muchacha.

-¿Puedo saber cómo te llamas...?

-Flor de Loto....¿ y vos...?

Se quedó unos minutos pensando y pidió algo que le parecía imposible, pero dada su situación debía hacerlo.

-Ya que hemos tenido este fenomenal encuentro... me gustaría que fueras vos la que me bautizara... ¿Te parece...?

-¡Está perfecto... –Pensó unos instantes-...Te propongo una cosa...!

-¿Qué será...?

-Si te vienes conmigo... a partir de ahora serás mi Marte de Fuego... ¿Aceptas...?

-¡Claro que sí Flor de Loto....!

Una hora más tarde ambos se encontraban navegando en la embarcación de ella, en dirección a la isla donde vivía, en la cual tenía un campo con diversas plantaciones. Se sentía raptado por la felicidad. Poco a poco se alejaban de Bahía y la sorpresa ocurrió a mitad de camino, cuando ella detuvo la marcha de la embarcación.

-¿Qué pasó Flor de Loto...? –Preguntó.

-Nada Marte de Fuego... verás que hermoso es lo que acontecerá....-Le dijo y bajó al camarín de la embarcación. Minutos después apareció completamente desnuda en la puerta de entrada y para él fue como que había ingresado al edén. A duras penas alcanzó a retener en su retina la figura femenina, pues ésta se zambulló en las cristalinas aguas del mar...

-¡Vamos Marte de Fuego... desnúdate y ven a rescatarme...! –Gritaba la mujer que disfrutaba del agua, mientras esperaba al hombre; que necesitaba probarlo o devolverlo a la realidad de la que lo había sacado, de la reclusión de un hotel, sin saber qué le pasaba en realidad al hombre. Ella no le permitió ningún acceso a su cuerpo y cuando salieron del agua lo obligó a vestirse.

Una vez que llegaron a la casa, el hombre se sorprendió de la sobriedad de la vivienda. Quedó sin palabras al ver a tres personas más en la misma y que al preguntar le respondieron ser los hijos y la hija de la mujer. Ellos no vivían allí, sino que tenían otra casa al fondo del terreno cultivado.

-¿Te gusta el lugar donde vivirás...?

-¡No he dicho nada contrario a lo que me preguntaste... es fantástico...!

-La mitad es mío y el resto de mis hijos...

-¿Puedo preguntarte debido a qué viven separados de vos...?

-No debo entrometerme en sus vidas... ya son grandes y saben lo que hacen pero... –frunció el ceño- te advierto que tengas cuidado con ella... si algo le haces morirás y te arrojaremos al río como al otro.

-¿Puedo saber cual... o algo más…? –Preguntó.

-El que quiso violar a la niña y llevar a los muchachos a la homosexualidad... pero se lo deben haber comido las pirañas... -Dijo y largó una carcajada que pareció que hacía eco en el valle.

-Cuéntame…¿ cómo ocurrieron los hechos...?

-El degenerado los había emborrachado a los tres y había organizado una orgía en la casa. Se había acostado con ellos en la cama y alcancé a escuchar que le daba instrucciones a cada uno para que lo sirvieran sexualmente, mientras que el muy cabrón tenía las teticas de la niña en su boca. Ya lo había intuido. Iba a penetrar a uno de los varones, mientras el otro intentaba hacerlo con su hermana por el ano. Desesperada, no grité, sino que cargué la escopeta que llevaba. Le grité, quedó solo en la cama con las bolas al aire, lugar donde fue a parar el primer tiro de escopeta y antes de que se diese cuenta le volé parte de la cabeza. Ni sexo ni cabeza... –Dijo convencida.

-¿Y luego...?

-Los niños se abrazaron a mí. Luego lo envolvimos en una vieja sabana, lo atamos y lo subimos a la barcaza llevándolo a la parte más profunda del río donde lo tiramos para que los peces se hicieran el festín... en la zona de las pirañas... por eso te recalco... nunca me vayas a tocar un solo retoño o las pagarás, como que soy Flor de Loto.

Al atardecer cuando todos se sentaron a la mesa para cenar, él se dio cuenta que la mujer era muy católica al igual que sus hijos y tuvo que seguir las plegarias de los otros, salvo que esta vez la mujer fue más directa. Lo invitó en nombre de todos, de que hiciese la bendición de la comida que estaba frente a ellos. Lo hizo pausadamente y también rogó y agradeció. Hizo silencio el resto se abalanzaron como pirañas devorando la comida.

Más tarde quedó la pareja sola. Los adolescentes se habían retirado hacia su casa.

-Dime una cosa querido... –Le preguntó la mujer con un dejo de esperar una respuesta cierta, contundente y que llenara el espacio de sus inquietudes.

-Lo que quieras... –Le dijo el hombre pensando en que se trataría de algo sencillo.

-¿Qué hacías en la ciudad de Bahía solo en ese hotel...?

Pensó unos minutos en dar una respuesta coherente. La fruta que le había tirado estaba llena de espinas para él.

-Estaba haciendo turismo... unos amigos me lo recomendaron...

-No me convences Marte de Fuego...

-Es parecido a que te pregunte qué haces sola en esta maravillosa isla con tres adolescentes que algún día partirán dejándote sola y hecha una vieja que no servirás para nada... disculpa pero es lo que se me ocurre...

-Estás muy, pero muy equivocado. Me he preparado una feliz vejez y ellos tendrán todo lo que se merecen para que sus vidas no se marchiten o apaguen así porque sí.

-¿Sabes que sigo dudando...?

-No creas que llegará el ocaso y me marchitaré... No, eso no será para mí ni lo será tampoco para mis hijos...

-¿Sabes que no entiendo... que hay cosas que no encajan en el juego...?

-Pero vos has llegado en el momento más preciso... más necesario... Eres como un capullo a punto de explotar para dar el fruto que espero...

-¿Y a qué se debe ello...?

-Se debe a que esta noche hay luna llena y...tendrás una sorpresa...

-¡Me matarás como al otro...!

-¡Nunca... Nunca te irás de aquí...! ¡No temas Marte de Fuego!

-Sigo... sin entender. Me confundes... –Dijo mientras la veía desnudarse.

-Seré más clara en mis apreciaciones. Dios quiso que fuera mujer... me puso órganos genitales... me hizo crecer hermosas tetas para alimentar a mis crías y me dio un espacio para que en él creciera el fruto del amor... el fruto de una mujer ansiosa por recibir al otro, al macho para que la penetre y derrame en el silente espacio el líquido tan especial para que vaya en busca del óvulo y lo engendre; si, el esperma caliente como el fuego de dos cuerpos que se fusionan y ponen erectos mis pezones...

-Comprendo Flor de Loto…

-Marte de Fuego... ¡Serás tú el que juegue y tenga ese privilegio...!

El hombre estaba deslumbrado por las palabras de la mujer que ya completamente desnuda se acostaba sobre la cama de hojas preparadas con anterioridad, se iba arqueando dejando que el mutismo que se iba haciendo presente, sólo fuese interrumpido por el cuerpo sin ropas del hombre que iniciaba, antes de acceder a tocarlo, el acercamiento más importante hacia los pechos de la hembra presente. No podían ni debían ser más grandes, ni la piel más o menos morena y la vagina, perfectamente afeitada, estaba convertida en una fruta divida en dos, tan salvaje como las flores de la zona.

Marte de Fuego se olvidó de su pasado. No solo recorrió los pezones, sino que navegó con su lengua por la boca, permitiendo de ella lo mismo y luego los labios de la morena mujer y después fue recorriendo cada parte del cuerpo que brillaba a la luz de la luna llena que iluminaba el espacio en que se encontraban y cuando no quedaba mas que explorar de la hembra, ésta se colocó encima de él e hizo lo mismo para que luego empezara a penetrarla en la plenitud de la calentura que los envolvía.

Sólo deseaba que no llegase nunca el final y tener que dejar ese cuerpo. Pero ocurrió y se quedó tomado del cuerpo de la mujer que gemía de placer y pedía más amor y tuvo que dárselo como ella quería, como ella ordenaba. Es que se sentía como poseído por la muchacha. Era como una fruta que había estado mucho tiempo sin ser tocada por hombre alguno. Pero el alcohol que bebieron antes y después cerró los ojos de ambos y despertaron al amanecer, al escuchar el trinar de los pájaros.

Los días siguientes a esa noche fueron sorprendentes para Marte que agradecía a Dios a diario el haberlo ubicado en ese paraje del amor, de la belleza y de la tranquilidad que había pensado anteriormente, que la había perdido, como la libertad, que aunque pequeña, le había devuelto el alma al cuerpo.

Pero el Diablo andaba cerca y como queriendo arruinar todo, tuvo varias veces, cuando Flor de Loto salía al centro de Bahía para hacer las compras, la oportunidad de acercarse un poco más a la niña que crecía en medio de esa soledad, pero el hecho de saber lo que podía ocurrirle y del pasado que llevaba a cuestas, trataba de olvidarse y se perdía entre la plantación de maíz, donde se masturbaba asiduamente y regresaba, con sus deseos aliviados, a esperar a su mujer que lo tenía todo y que le daba todo lo que quería, sin prohibición alguna.

La mujer engordaba paulatinamente a raíz del embarazo, tornándose cada vez más hermosa por su condición de mujer preñada y él se sentía orgulloso de saber que ese ser que llegaría era suyo, engendrado en el amor y el deseo corporal; fruto de la unión de las transpiraciones de dos cuerpos, de dos salvajes en medio de la selva amazónica.

Los meses necesarios de la gestación transcurrieron tan rápido que no les dio ni siquiera la oportunidad de pensar en el momento del nacimiento.

Nadie lo intuyó, pero Flor de Loto llamó a sus hijos y su hombre y les habló de lo difícil que sería esta vez; que su cuerpo no tenía la elasticidad de antes y que todos debían estar presentes en el momento del parto y que él se encargaría de tomar con sus manos lo que ella pariese.

Les dijo a sus hijos que si algo malo pasaba y la luz se apagaba para ella, que acompañaran a Marte de Fuego a preparar su cuerpo y sepultarlo bajo el florido flamboyán que estaba en el predio del que eran propietarios.

También le dijo a Marte de Fuego que dejase que su hija se encargase de criar lo que pariese y que cuidara de sus hijos como si fuera su padre y que los ayudase a continuar viviendo en esa tierra que tanto peleó para ellos. Todos quedaron anonadados por las palabras de Flor de Loto que, con expresiones de dolor en su rostro, indicada el momento del parto.

A las dos de la madrugada, las temblorosas manos de Marte de Fuego recibían al niño de un color negro azulado, que salía del cuerpo a la luz y se lo puso en el regazo de su madre, pero ésta tenía la mirada fija, perdida y no lo podía observar. Su vida se había apagado, llevándose consigo al pequeño que nunca gritó, que había nacido sin vida.

Marte de Fuego se encargó de limpiar al que ya era el cadáver de su mujer y la niña hacía lo mismo con el cuerpo sin vida del niño. Él se resistía en vano a lo que había sucedido y hasta trataba con la suavidad posible el cuerpo inerte de su pareja y al amanecer, cuando las lágrimas habían cesado en parte, los varones se encargaron de hacer la fosa donde colocarían los dos cuerpos.

Cuando terminaron con el acto funerario, Marte de Fuego leyó unas palabras de un poema del Poeta Pablo Neruda que recordó y que decían:

“Ya ves, noche estrellada, canto y copa en que bebes el agua que yo bebo, vivo en tu vida, vives en mi vida, nada me has dado y todo te lo debo”.

La niña extendió un pedazo de papel y en nombre propio y de sus hermanos dijo:

“Nunca, mujer, rayo de luz, pulpa blanca de poma, suavices la pisada que no te hará sufrir. Sembraremos la llanura antes de arar la loma, Vivir será primero, después será morir”

Tiempo después autorizó a los varones, ya hechos unos hombrecitos, para que buscaran un regazo de mujer que los acunara en las noches de invierno y que a su vez los convirtieran en padres de muchos hijos, tantos como pudieran criar, sin olvidar que debían respetar a las mujeres que decidieran compartir con ellos el tiempo que Dios, omnipotente, les hubiera fijado a cada uno. Cuando esto sucedió, ellos, en recompensa hicieron lo posible para que su hermana se entregase a ese hombre que un día trajo su madre.

Al poco tiempo, Marte de Fuego desfloraba a la que no veía tanto como una adolescente, sino como una mujer que se le había ofrecido en prolongación de su madre y meses después le daba una niña a la que le pusieron Luna de Verano, como lo hubiera deseado Flor de Loto y así continuó la vida de esos seres humanos en la inmensidad de esa parte del Amazonas.

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viernes, 7 de agosto de 2009

Te debo una - Valls

Recuerdos Patagónicos página 1 de cuatro

Relato

Cristhian Walls

La caña colihue, conocida en el sur argentino por su nombre mapuche de quila, forma gruesos montes en las planicies aluvionales al pie de los cerros, alcanzando grosores y alturas increíbles. A diferencia de las tacuaras de nuestras pampas y Delta, son macizas. No huecas. Por crecer tan abigarradas, en las fuertes nevazones la nieve se deposita en su dosel formando una techumbre y dejando las partes media y baja absolutamente vacías, sin nieve. Tan solo las puntitas, que semejan yuyitos sobresaliendo de la superficie helada.


El golpe fue tremendo, brutal. Había caído dando vueltas desde unos cuatro metros. Al aturdimiento lo siguió gran ardor en la cara, manos y brazos. No entendía qué había pasado. Estaba oscuro y primero creí estar en un pozo. Me rodeaban gruesas cañas, de corteza muy lisa, vidriosa. Por suerte había algo de nieve y hojarasca que amortiguaron mi caída. Allá arriba creí vislumbrar el agujero por donde había caído.

Me acompañaba mi máuser y creí tener el cuchillo en la cintura. Pero no fue así.

Las cañas, que al caer se habían curvado con mi peso, al enderezarse me habían desollado parte de la cara, manos y brazos. Roto las mangas y volado el cuchillo.


Atardecía. Desde aquella loma cercana al lago Pichi Currhué, se apreciaban los grandes manchones de nieve de los días anteriores. Había sido un Abril nevador y la brama del ciervo ya llegaba a su fin. Manadas de diez, doce hembras seguían a los machos ganadores de las contiendas. Muchos de los cazadores que habían arrendado aquellos cotos, ya se habían retirado a sus países de origen llevando hermosos trofeos, medidos y precintados por los guarda parques. Se esperaban récords mundiales como pocos.

Casi anochecía cuando un macho de buena cornamenta apareció trotando valle abajo. Venía como desorientado. Tal vez algún puma lo había separado de su manada. A mi lado, Guillermo “Christy” Alder lo miraba por su mira telescópica. “Es bueno y parejo”, comentó en un susurro. “Es tuyo”. Mi máuser del 7,65 nunca tuvo mira óptica. El tiro desde elevación, cambia la relación geométrica de la línea de puntería con la de trayectoria. Es necesario apuntar algo más bajo. El ciervo ya trotaba ligero. Adelanté un poco la puntería y apreté la cola del disparador... El bramido del 7,65 se repitió en decenas de ecos rebotando de cerro en cerro. El ciervo se detuvo en seco y dobló las manos, pero de inmediato emprendió una veloz carrera vertiente abajo. Yo estaba seguro de haberle acertado: el golpe seco de la punta blanda era inequívoco. Pero algo había pasado.

Bajé corriendo y haciendo rodar piedras hasta encontrar la huella del ciervo. Sobre la nieve, algunas manchas de sangre, primero pequeñas y luego mayores indicaban que estaba herido. El rastro iba derecho hacia el bajío, donde el río Currhué corría encajonado entre grandes bardas de nieve. No iba a dejarlo sufrir y mi obligación era rematarlo.

Se estaba haciendo noche y al bajar la temperatura comenzó una leve llovizna que a poco se fue convirtiendo en nevada.

El rastro llegó hasta las orillas del río, que angostado por la acumulación de nieve, tenía unos pocos metros de ancho. Pero así como se había angostado, también estaba de veloz y profundo. El agua saltaba de piedra en piedra y el ruido ahogaba todo sonido. Evalué la posibilidad de cruzarlo. Tenía puesto un grueso gabán con cuello de piel y borceguíes antárticos. Al mirar a mi derecha, pude distinguir a pocos metros un mimbre patagónico que parecía cubrir con su rala y ladeada copa la anchura del arroyo. Verlo y ponerme en movimiento fue uno solo. Me tercié el máuser a la espalda y trepé una rama que parecía fuerte y apropiada al cruce. Lo hice con los pies y las manos, colgando mi torso por debajo. Comencé a avanzar, pero... al llegar al medio del riacho mi peso, más el de la nieve que cargaba el ramaje, hizo que la rama cediera con un quejido y mi cintura comenzó a sentir el agua que ya la empapaba. Mi decisión había sido apresurada y errónea. Solté primero las piernas y al segundo ya estaba con el agua por la cintura, haciendo fuerza contra la corriente que pugnaba por arrastrarme. Con mucho esfuerzo y buena suerte pude llegar a la orilla; me separaban apenas un par de metros. Trepar por la barda helada fue una odisea: Subía medio metro y resbalaba otro tanto desprendiendo nieve a medio congelar. Y otra vez el agua por la cintura.

Me costó bastante, pero al fin lo logré. La emoción y el movimiento no me dejaron sentir frío: estaba empapado casi hasta el pecho. Comencé a seguir otra vez la huella. Y a los pocos metros tropecé con el ciervo, que bien muerto estaba.

Pero, OH sorpresa... Aunque ya la luz era muy escasa, a la leve luz del crepúsculo logré percibir unas gruesa pisadas de puma que daban vueltas alrededor del ciervo muerto. Evidentemente, el felino me disputaba la presa. Y en segundos la nevada cambió por noche al crepúsculo de tan cerrada que era. De todos modos, al saber que un puma estaba rondando, seguí sus huellas sin linterna y como pude. Estas se internaban en lo que parecía ser un pastizal bajo, de unos yuyitos que sobresaldrían un palmo de la nieve...

 

Porteño e inexperto, hice lo que el astuto felino quería... seguí su rastro, hasta que de pronto me quedé sin piso y caí dando vueltas entre unas cañas que se curvaban y zafaban como ballestas... La ropa y la piel de los brazos, y parte de mi cara quedaron a jirones en las cañas que se enderezaron... Allá arriba se veía un oscuro hueco por el que casi no entraba nieve, y que estaba como a cuatro metros. Cuatro patas bien grandes de un félido, distribuyeron mejor el peso que dos pies de un humano inexperto... Me quedé sentado en el fondo de hojarasca húmeda. Me dolía todo el cuerpo y comencé a darme cuenta de lo comprometida de mi situación. Era noche, nevaba, la temperatura bajaba y yo, empapado y aprisionado en el profundo hueco.

Reflexioné sobre el riesgo que había corrido por cazar un ciervo. Allí, en el fondo de ese hoyo angosto y profundo, sentía que estaba pagando mi culpa, que hoy y a la luz de los años transcurridos considero un crimen. Pensé en mi esposa y en nuestro pequeño Jr. que allá en San Martín de los Andes ignoraban lo que estaba viviendo...¿Volvería a verlos?

Pero no estaba dispuesto a terminar con mi vida allí. Así que me incorporé y tanteé mi cintura buscando mi filoso cuchillo. Seguramente con él habría de improvisar una escalera usando las cañas quila. Pero no estaba ni siquiera la vaina. En el brusco enderezarse de las colihues, seguramente el cuchillo habría volado quien sabe dónde.

Ahora sí que la cosa estaba difícil. Las cañas no tienen en su parte baja nacimiento de hojas donde afirmarse. Peor aún, son resbalosas como vidrio. Hurgué con dolor en las manos los bolsillos de mi gabán. Una cuerda de paracaídas –amuleto de aquellos años recientes donde el paracaidismo había sido mi gran pasión-, hecha un ovillito y que siempre llevaba para no sabía qué, fue lo único que encontré además de una carga de cartuchos del 7,65. Por ser la cuerda tan delgada, aunque muy resistente, no me servía para enlazar una caña y tratar de trepar. Ensayé entonces otra estrategia. Medía por entonces algo más de metro ochenta. Con mis brazos bien estirados al lado de la cabeza, podría llegar a los dos metros veinte, o treinta, quizás. Me faltaban unos cuarenta o cincuenta centímetros para poder sujetarme de los nacimientos de las hojas. Y un metro más arriba aún, las cañas casi salían por el hoyo.

Hice entonces una precaria cama con algunas cañas quebradas y sobre ellas asenté la cantonera de mi máuser. Apoyé al cañón trabando el guión de su mira contra algunas cañas que se entrecruzaban. Entonces hice lo único que se me ocurrió para zafar de aquella difícil situación: até primero un extremo de la cuerda al arco guardamontes del rifle y sujeté la otra punta con los dientes. Me subí con mucho cuidado a su empuñadura, por suerte bien generosa, del tipo “pistola” y segrinada, con un borceguí antártico a cada lado. Precario, el estribo. Pero al tercer intento pude elevarme esos centímetros que necesitaba para alcanzar el nacimiento de las hojas, cercanas a la boca del derrumbe.

Y después, apretando los dientes y concentrando el resto de mis fuerzas me elevé a fuerza de brazos hacia el agujero. Mis manos ardían y sangraban. Las cañas empeoraban mis laceraciones. Pero haciendo fuerza con mis pies que abrazaban las cañas, pude asomar apenas mi pecho y luego en desesperado esfuerzo alcanzar algunas puntas de cañas que sobresalían más allá... No podía creerlo, pero al rato ya estaba boca abajo, muy cerca aún del hoyo, resoplando de nervios y cansancio sobre la nieve. Tiré con cuidado de la cuerda y recuperé mi preciado rifle. No me animé a incorporarme y fui reptando hasta donde estaba el ciervo. Recién allí me incorporé.

Era bien entrada la noche de aquel otoño neuquino. Nevaba bastante.

Me había separado de Christy Alder harían al menos dos horas.

Tenía otra vez un arroyo correntoso de por medio. Me dolía hasta el alma.. y un ciervo inútilmente muerto yacía en la nieve.

Nueve cartuchos en total. Resolví sacrificar cuatro, y a espacios de cinco segundos comencé a disparar al aire.

Es realmente impresionante oír como resuenan en la montaña los estampidos de las armas grandes... el eco rebota de ladera en ladera. Va y viene y parece no terminar hasta cuando el nuevo disparo se le superpone...

Terminé la salva y esperé. Y al rato, el resoplar de un caballo y la socarrona voz de Christy saliendo de la nada: “¿Qué andás cazando, con tanto tiro ché?” Alder, preocupado por mi tardanza y la nevazón que arreciaba en la noche, había salido en mi búsqueda. Los disparos lo habían orientado.

Subir el ciervo muerto sobre el equino fue otra dificultad: no lo aceptaba, bellaqueaba y tiraba coses. Pero al fin Christy se le impuso y luego subió en ancas, por detrás del ciervo. Y con este cristiano sujetado de la estribera izquierda cruzamos el arroyo y rumbeamos hacia la cabaña del guarda parques. Allí estaba Don Ernesto Mathieu, gran tipo al que recuerdo con cariño.

Recuerdo que tuve que ponerme en bolas mientras mi ropa se secaba en otra habitación, y churrasqueamos al calor de una salamandra que estaba al rojo. Tacos de ginebra y ajíes chilenos muy picantes sobre la carne, me hicieron entrar en calor.

Pero aún con esa nevada, dolorido y de noche emprendimos el regreso a San Martín de los Andes. En doble tracción y baja, guiado por el increíble instinto de Christy Alder que parecía tener en su cabeza ese notable instrumento hoy llamado GPS, que por entonces no existía pero que no creo llegue a reemplazar la natural baquía de esos lugareños privilegiados.

Llegamos de madrugada, y aquel pequeño pueblo que por entonces estaba mal iluminado y con apenas dos o tres calles asfaltadas, me supo aún así a refugio cálido y seguro.

Te debo una, Christy. Te la devolveré del otro lado, porque hace poco emprendiste el Gran Viaje.

C. Valls

Dic / 2006

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lunes, 3 de agosto de 2009

Comisario Antúnez - Cerdá

EL COMISARIO ANTÚNEZ

Cuento Corto

Roberto Miguel Cerdá – Lago Puelo

-¡Oficial, Oficiaaaal! -desde el teléfono.

- ¿Qué pasa, hombre? -el Oficial del Destacamento, acercándose al Cabo.

- ¡Se suicidó el rico, don Janson! ¡Ahí llamaron del casco, llegó ayer de la capital y anoche se pegó un tiro!

- ¡No se muevan de acá, que paso a buscar el médico y voy! Hagan escuchar de radio, y en cuanto llegue el Comisario Antúnez, le dan parte.

En la estancia, a dos leguas del pueblo, el médico constató la muerte acontecida unas doce horas antes: con un 22 en la boca, se había disparado un balazo que salió por su nuca. El muerto estaba sentado en un sillón del escritorio.

Mientras revisaban, una corriente de aire helado se sintió en el ambiente.

- Nunca arregló el ventanal -comentó el médico policial, que también lo era de la familia Janson- cada vez que abren las celosías y hay viento, termina abriéndose.

El Oficial interrogó a los cinco presentes en el casco: el casero, y cuatro hombres que llegaron con el difunto la tarde anterior. Coincidieron todos en que, pese al malhumor conocido de Janson, nada hacía prever que se iba a suicidar.

Habían llegado en dos vehículos, tras una leve nevada, y con el frío pegando fuerte.

La esposa y su hija estaban en el pueblo, pero el estanciero y empresario no quiso entrar y fueron directo al casco.

De los cuatro acompañantes (Que, en cierto modo, no dejaban de ser su seguridad personal), mandó uno al pueblo con el casero a comprar “lo que haga falta, después voy y arreglo”, otros dos fueron a la leñera antes que oscureciera del todo, y el cuarto quedó en la cocina de la casa.

Al volver los del pueblo, el de la cocina dijo que “el viejo está de lo más idiota, si no llama, mejor no lo molestemos”.

La madrugada siguiente, conocedor de las costumbres del dueño (Incluida la de soler dormir en el sofá), el casero golpeó suavemente la puerta del escritorio y entró con la bandeja del mate y las tortas fritas. Se halló con el muerto en el sillón.

Pensaba, el Oficial, qué lo llevaría al suicidio

Miró el lugar, típico escritorio de estancia, con su mesa, bibliotecas, baño privado, mullidos sillones, ¡hasta televisor, con lo novedoso de las pantallas satelitales!... televisor que continuaba encendido desde la tarde anterior aparentemente, cuando aún vivía el dueño, porque el volumen estaba algo elevado (La edad del finado ya le había disminuido un poco la audición).

Le dio lástima la abolladura de un dorado adorno en forma de faro, que resultó ser un elegante encendedor de mesa. Todo era fino y caro allí.

Llegó la ambulancia. En ella llevaron el cadáver y en ella se fue el doctor. “Cuando terminemos la autopsia, me llego con los papeles al Destacamento”.

Regresando, el oficial se apiadó de un linyera que, al frío viento, miraba pasar la ambulancia.

- ¿Va al pueblo? ¡Suba que lo acerco!

- ¡Hace frío! -subiendo- ¿Qué pasa, algún enfermo en el campo?

- No. Se suicidó el dueño, que es el ricachón local.

- ¡Já! Lo que casi siempre les pasa a los ricos es que los matan para robarles...

- Esta vez, no. Suicidio... ¿Y usted? ¿En qué anda?

- Andando, nomás, buscando alguna changuita como para seguir tirando...

* * *

- Vea, jefe, ni bien dejé al croto en la entrada al pueblo, me empezó a dar vueltas lo del robo y volví a la estancia.

- Bien... ¿y? -Antúnez, Comisario trasladado al pueblito a esperar tranquilo el retiro.

- La abolladura de un adorno, un encendedor, tenía pelos canosos y algo de piel, la alfombra tenía marcas de barro de una suela con igual dibujo que los zapatos del que estaba en la cocina mientras los demás andaban por otra parte, y que dijo que no molestaran a Janson... qué sé yo, lo traje, ahí está, en el calabozo meta decir que no tiene nada que ver. Y a los otros les dije que no se podían ir del casco. Clausuré el escritorio.

- ¿Vieron si falta algo? -Antúnez, acomodando en el sillón su pesado cuerpo.

- No encontramos por ninguna parte su maletín ni su billetera. Por lo demás, nadie sabe muy bien cuántas cosas tenía en el escritorio, ni su valor.

- ¿Huellas en el encendedor?

- Ninguna.

Antúnez mueve su rechonchez, se acerca a la reja, y girando su aburrida cara mira al detenido.

- ¿A qué entraste al escritorio?

- Me llamó para pedirme un cigarrillo.

- ¿A qué hora?

- Un rato antes que llegaran los del pueblo... las ocho y media, nueve de la noche, serían.

- ¿Qué hiciste con la billetera?

- No la vi. No maté ni robé. Aparte, el viejo tenía todo dentro del maletín, con llave.

- ¿Y cómo sabés que la tenía allí?

- ¡Siempre estaba allí!

- ¿Y cómo sabés éso?

- ¡Qué sé yo! ¡De verlo!

Los negros ojitos de Antúnez se entrecierran al bostezar.

- Qué cosa, iba a sestear un rato, pero mejor vamos a echar nafta en la doble cabina y le pegamos otra mirada al escritorio.

- ¡Teléfono, Comisario! –desde la Guardia.

- Hola... ajá... ajá... mire usted. Hasta luego, doctor.

- Vamos yendo –al Oficial- y tenías razón, che, le encajaron un porrazo en la nuca. Casi seguro que lo durmieron y le dispararon acomodando las cosas como suicidio. Fue como a las nueve de anoche.

El Oficial, a la pasada, mira al del calabozo como diciéndole “de acá no te vas”.

Camino a la ruta, donde está la estación de servicio, ven andar al linyera a paso sostenido sobre la helada huella.

- ¿Y ése? –observa Antúnez.

- El caminante que le conté.

- Mirá vos... mirá vos... –pensativo, el jefe.

- No va a pensar que éste infeliz robó y mató... ¿le revisamos las pilchas, por si acaso?

- ... Hmmm... no hace falta... ése, si tiene algo robado encima, no pasa de la ropa... andá parando la camioneta...

Luego, al croto: ¡Oiga! ¿Va para la ruta?

- Ehh, sí, ¿qué tal? –contesta el otro.

En el surtidor, el linyera agradece y toma su bolsa de alpillera de nailon para descender.

- Vos no te bajás, y si te me escapás, te hago correr con todos los milicos que tengo. Volvés al pueblo con nosotros –los ojos renegridos del gordo y petiso Antúnez se clavan en el croto, metiendo miedo.

El Oficial, sin entender lo más mínimo, pero atento, espera que carguen, firma el vale, y sin decir palabra arranca para la Comisaría.

Cuando llegan, están allí la viuda y la hija de Janson. Esta última mira al barbudo entrar llevado del brazo por el Oficial, frunce el ceño, palidece, y:

- ¡¿Vos?!

- Dije que me cobraría- el nuevo detenido.

* * *

- ¿Me aclara, jefe, algunas cosas?- el oficial, mientras acaban la cena en la cocina del Destacamento.

- ¿A ver?- Antúnez, tratando de frenar el bostezo, echado en un sillón medio destartalado.

- ¿Cómo sabía que no era croto?

- Primero, el tranco largo. ¿Qué apuro tiene un croto?. Después, la ropa...

- Estaba sucia y rota...

- No interrumpás: estaba ensuciada, no sucia. Puro barro, tenía. Y los tajos no tenían hilachas, eran nuevos. El sobretodo no tenía roces de la bolsa de alpillera en los hombros. Y cuando subió, no tenía olor a humo... bah, tenía olor a humo, pero sólo de cigarrillo... uñas limpias... pelo revuelto, pero brillante... Clavado que era croto falso. El tranco ya lo vendía... ¿Croto apurado?...

- ¿Y qué robó?. Los de la Jefatura Central no le hallaron nada ajeno cuando se lo llevaron para los Tribunales.

- Porque no robó nada.- Bostezo incontenible del gordo.

- ¿...?

- Trabajó hace como cinco años en la administración del campo de Janson, como quiso noviar con la hija, el viejo lo echó como un perro. Quedó con la sangre en el ojo y, viajante ahora y de paso por la estación de la ruta, vio que el otro bajaba para el campo y decidió ensayar su venganza dejando el auto ahí y disfrazándose de linyera para acercarse al casco.

- ¿Cuándo y cómo entró al escritorio?

- Mientras los otros comían y farreaban en la cocina, por la ventana que cierra mal... ¿O ya te olvidaste que trabajó allí? El ruido del televisor lo ayudó.

- ¿Y el maletín?

- Pucha, que sos duro para entender a un tramposo inexperto... ya va a aparecer tirado entre las matas... el mozo exageró queriendo hacer pasar por robo un asesinato que ya estaba disfrazado de suicidio... es lo que se llama mezclar pilchas –otro bostezo más.

- ¡Que lo tiró...! Buena deducción ésa, la del croto, si no, quién sabe qué estaríamos mirando...

- No tanta deducción... sólo haber conocido y olfateado crotos, nomás- otro bostezo, una removida en el despatarrado sofá, como para acomodar el peso de la comida y el litro y algo de tinto- cuando uno anda, va aprendiendo... zzz...zzz....zzz

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