miércoles, 1 de febrero de 2012

Mi “tacho “ y yo – Luis Redolfi

Mi tacho y yo (tanguera)

7 y media de la mañana de un día gris y desapacible de mediados de Agosto, día fulero para el tachero…después del 10 no queda un mango en la calle, pero se hace lo que se puede y lo que no, se compra hecho, como decía mi sabia y autodidacta abuela del campo.

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Llegando a las cercanías de Lanús, con un ojo en el trafico y otro rastrillando las veredas en busca del posible Perucho descubro a un personaje estrafalario: muy alto y extremadamente flaco.  Vestía un saco oscuro, muy corto y entallado, pantalón gris a rayas negras, muy angosto, calzando unos zapatos negros muy brillantes y puntiagudos. Cubriendo su abundante y canosa cabellera un sombrero negro de angostas alas, inclinado hacia la izquierda de su cabeza.  Un poblado bigote negro dejaba caer sus guías bastante mas abajo de su labio inferior.  Cubría su cuello y parte del pecho una bufanda blanca con letras bordadas.  Me miraba con una mirada entre risueña y severa a la vez, como estudiándome despacio.

El chillido de las pastillas de freno parecían decirme: presta atención boludo!!!! Si, porque aunque parezca mentira, mi taxi me carga, me reta, me habla y….me salvo la vida varias veces.

Pensando que retrucarle, lo cual no es fácil, porque siempre que me ligo un reto tiene razón, pero esta vez, no, recién se estaba poniendo en amarillo el semáforo, cuando con una sonrisa de triunfo me disponía a contestarle adecuadamente, siento unos golpecitos en la ventanilla de la puerta delantera derecha.

Era el personaje estrafalario que me había llamado la atención metros atrás.

Estas libre pibe?

Si señor.

Ma’ que señor, el Señor esta en el cielo, llamame Félix, y vos como te llamas?

Luis, pero me dicen Luchino: yo y mi cochina bocota!! porque tuve que decirle el sobrenombre que me habían puesto mis amigos.

Pero había algo en el hombre que me inspiraba confianza.  Dale arranca ya se puso en verde. Al colocar la primera me pareció escuchar una risita ahogada pero se la deje pasar al tataguan(con g  con  diéresis y acento) así lo bautice a mi taxi en recuerdo de mi viejo, al que le llamaba tata y guan por one, uno en ingles.

- Vamos a la esquina de Centenera y Tabaré en Pompeya, conoces?

- Siii, ahí en esa esquina esta la letra de”mano blanca” del inmortal Homero Manzi.

- Ah! pero  veo que a pesar de ser pichón te gusta el tango.

- Si, lo descubrí hace poco, en la época en que trabajaba de noche, cuando buscaba al pasajero trasnochado, y el tango no solo me acompañaba con su melodía sino también con  las historias orilleras que desfilaban por mi cabeza.

- Orillera dijiste?

- Si por?

- No, por nada… por nada.

El hombre se quedo en silencio, yo lo relojeaba de tanto en tanto por el espejo y veía la seguidilla de pequeños gestos que hacia su rostro.

El tata estaba silencioso el ronronear parejito de su motor era tapado por el chasquido que hacían las ruedas al pisar algún charco de agua ya que había llovido intensamente la noche anterior.

- Pibe…

- Señor?

- Que te dije del señor?

- Perdón señ…eh Félix

Así esta mejor… Mira te voy a contar una historia.  Una historia orillera de esas que dan para la letra de un tango.  Yo soy músico y me gane la vida poniéndole música a las letras que los poetas tangueros creaban.  Así hasta que el tango empezó a decaer, y entonces me las rebusque como pude, enseñando música, tocando en alguna orquesta de mala muerte, en fin, no viene al caso.  La historia que te voy a contar empieza cuando me caí a las vías del subte de Constitución.  Me salve porque no me piso, me golpeo muy fuerte dado que venia muy rápido porque tenia un problema de frenos y los paragolpes fijos que se encuentran al principio del anden lo detuvieron evitando así que me pasara por encima.

Con el impacto se lastimo mucha gente, vos ni habías nacido. Fue allá por la década del 40.  El diario Critica lo saco con letra catástrofe dado que hubo 30 muertos y 60 heridos.  Bueno como te decía, che, se puede fumar?

- No pero si se banca el frio y abre las ventanillas puede hacerlo.No se porque pero usted me cae bien.

- Gracias pibe, vos también. - Sacando un cigarrillo sin filtro procedió a encenderlo con un pequeño fosforo blanco. Se quedo pitando exhalando grandes bocanadas de un humo azul y pestilente.  El tataguan demostró su enojo con varias explosiones por su caño de escape y una porción de los gases de la combustión se coló dentro del habitáculo. - Estos Fontanares vienen cada vez peor, - murmuro al tiempo que apagaba el cigarrillo en el cenicero del apoya brazos.

No se, yo no fumo, le respondí, mientras le agradecía mentalmente a mi taxi que el hombre dejara de fumar.

- De nada, me respondió, de la misma manera. - Mira pibe te estuve engañando, no me llamo Félix, ni soy músico; mi nombre es Lucindo Romualdo Quiroga y soy el guapo que el negro Amarilla achuro, aprovechando que me distraje cuando la Luciana Ramírez pego ese grito espantoso. Luciana, percanta linda que me sorbió el seso ni bien baile el primer tango con ella. Laburaba de vitrolera y yiro a la que el negro Amarilla hacia trabajar de puta.  Me termine de enganchar cuando en el peringundín la vi desnuda con ese cuerpo con forma de guitarra, con sus largas y torneadas piernas, sus brazos cubriendo sus generosos pechos, y sus ojos…ah, sus ojos, negros como una noche sin Luna pero con estrellas que titilaban como luceros mientras el rio de sus lagrimas se deslizaban por sus pálidas mejillas.

Vestite, le dije, mientras su mirada triste y resignada me perforaba el alma.

- Pero….ya me pagaste… No importa, si algún día te hago mía va a ser porque vos lo quieras y cuando digo mía es mía, sin compartir con nadie y para toda la vida. Las lagrimas se deslizaban abundantes por sus hermosas mejillas y con una deslumbrante sonrisa me dijo:

Lucindo quiero ser tuya ahora y para siempre. Fue la mas hermosa conjunción de sexo, placer y amor, sobre todo de amor.

Escapamos a Rosario y por 3 años vivimos muy felices hasta que una noche…

Volvía yo medio tarde, cansado pero contento, por fin parecía que la suerte me sonreía, mi patrón me había propuesto que me encargara del reparto de materiales de su corralón.

Por fin podía dejar las changas de albañil y con lo que ganaría, podríamos iniciar la construcción de la casita con la que tanto soñábamos, y así poder dejar la pieza del conventillo.  Pero el destino siempre te emboca.  Al llegar a la pieza me extraño la oscuridad reinante.  Rarísimo, mi negra siempre me espera levantada arreglando alguna ropa o tejiendo.  Al prender la luz veo la habitación totalmente revuelta, las sillas rotas junto con platos y vasos.  Una puñalada finita se me clavo en el pecho.  La camita del pibe vacía y rota sus patas, los colchones tajeados por donde se escapaba la lana y en medio de todo ese caos sostenida por el crucifijo una nota  escrita en un pedazo de papel grasiento de estraza que decía:

Me robaste a la negra, la que mas guita me dejaba.  Por tu culpa se me retobaron las otras putas, y el negocio se fue al carajo.  Si queres recuperarlos a ella y a tu hijo venite al boliche “La Matanza”, donde dobla el arroyo Maldonado cerca de los campos de Pedro Luro, pero eso si, venite dispuesto a matar o morir mas bien a morir… “el negro Amarilla”

Estrujando la nota de rabia e impotencia la arroje al piso. Sabia la fama de cuchillero y ladino, pero no me importo, mi mujer y mi hijo estaban en sus garras.  Busque entre los vidrios y la loza rotos la tabla floja del piso en donde guardábamos los ahorros y allí estaban envueltos en un pedazo de hule, atado con una cinta de esas que en la panadería te envuelven las masas finas y hasta con moñito y todo, que prolija que era mi negra. Con la mirada enturbiada por las ardientes lagrimas que se escapaban de mis ojos, eche una ultima mirada a la  habitación y emprendí el viaje a Buenos Aires.

- Pibe... no vamos a Pompeya, mejor llevame donde dobla el Maldonado cerca de las tierras de Luro.

- Ah, por la cancha de Vélez.  Que cosa? Vélez Sarsfield, el cuadro de futbol.

Vos decís un cuadro de fobal, como el Alumni?

- Eh..si pero, si me lo hubiera dicho antes agarrábamos por otro camino mas corto. Este viaje le va a salir un poco caro…

- Por la plata no te preocupes pibe, quedate tranquilo.

- ¿Queres cobrarme ahora?

- No ..no… No lo dije por eso, si yo se que no me va a cagar el viaje.

- Sos de los míos Luchino.Te sigo contando?

Si, por favor.

Alguna vez leí que no hay nada mas lindo que escuchar el sonido de tu propio nombre modulado por una voz agradable como la de mi extraño pasajero. Me dijo que llegado a Buenos Aires, después de alquilar una pieza en una pensión de La Boca, me puse en contacto con algunos amigos de la noche de la época en que yo también tallaba, me informaron que efectivamente el negro Amarilla frecuentaba el boliche La Matanza pero que no se sabia donde vivía, ni tampoco se sabia que andaba con una mujer que tenia un pibe.  Me pase muchas noches visitando el mencionado boliche, pero el negro no aparecía.  El bolichero, hombre mal entrazado de mirar huidizo, una noche, y al tiempo que me servía la ginebra que yo todavía no le había pedido y mirando para todos lados en voz muy baja me pregunto:- ¿Usted lo anda buscando al negro Amarilla?

- Si, porque usted sabe algo?

- Si, pero como se dará cuenta es muy peligroso para mi.

- Cuanto? - Le pregunte viéndome venir lo que seguía. El hombre me lo dijo después de regatear un rato y me dio una dirección del bajo flores.

Allí me encontré con algunos amigotes del negro, cómplices seguramente de sus fechorías. Estos, pago por medio, se ofrecieron a llevarle una nota en donde lo intimaba al negro a encontrarnos el Sábado siguiente a la medianoche, en el bar La Matanza, claro, siempre y cuando fuera lo suficientemente hombre y que también llevara a mi mujer y mi hijo.

Llegado el día del duelo, me apersoné bastante antes de la hora fijada y me puse a recorrer los alrededores, era una noche muy oscura y el barrio era muy pobre compuesto por muy pocas casas e iluminado malamente.  A unos cien metros del boliche había un galpón semi derruido en donde me pareció escuchar el llanto de un niño, al acercarme entre las sombras descubro un auto estacionado al costado del galpón la tenue luz de su interior me permitió ver a mi mujer que abrazaba desesperada a nuestro hijo mientras un sujeto agarrándola del pelo le pasaba  un cuchillo por la cara mientras que el otro, sentado al volante, al tiempo que armaba un cigarrillo, se reía entre dientes.

Hirviéndome la sangre, abrí de un tirón la puerta trasera y aferrándolo del cuello a quien amenazaba a mi mujer lo arroje al suelo pegándole una patada en pleno rostro. Se escucho el sonido que hace  una madera al quebrarse seguido del grito de dolor del individuo.  Una vez que dejé fuera de combate al que amenazaba a mi familia, me dispuse a enfrentarme a su compañero que saliendo por la otra puerta, se dio a la fuga llamando a los gritos al Negro. Dejé que se fuera y me abracé a mis dos amores. Sollozando quedamente, mi mujer se me abrazo quedando nuestro hijo entre los dos.

-¡Bajate, mierda!- me grito la inconfundible y rasposa voz del Negro mientras me clavaba el cañón de un revolver en mis riñones.

Me baje sintiendo la bronca y la frustración por haberme dejado madrugar. Sin dejar de apuntarme me condujeron al interior del boliche y ahí entregándome mi cuchillo que anteriormente me había quitado uno de sus secuaces, el Negro me dijo: -Tomá si sos hombre vas a pelear conmigo en duelo limpio y el que gane se queda con la mina y el pibe. ¡Que nadie se meta. El Negro Amarilla se basta y sobra para despachar a este infeliz!

El sonido de murmullos de aprobación se mezcló con el Sollozo de la negra que afirmando a nuestro hijo me miraba con ojos angustiados, mientras intentaba zafarse del sujeto que la aprisionaba con su brazo al rededor del cuello. -¡Soltala hijo de puta! le grite con toda la rabia y la angustia que me producía el dolor de mi compañera.

-Tranquilo Lucindo, la va a soltar cuando me ganes la pelea, no antes, y como eso no va a ocurrir...je je.

Su burlona risita me crispó los nervios al tiempo que se me congeló la sangre cuando sacando un cuchillo, el asqueroso individuo se lo apoyó en el pecho al pibe.

El traicionero del Negro se me abrazó y a duras penas pude evitar el puntazo que iba dirigido a mi pecho. Una fría calma me invadió, mi rival en pelea limpia, era poca cosa para mi. Pero era yo contra cinco secuaces, y uno de ellos la tenía agarrada a mi mujer y a mi hijo.

Por otro lado los otros parroquianos y el bolichero no iban a mover un dedo por nosotros. La única alternativa que me quedaba era llevar la pelea a la calle y allí tratar de llamar la atención  de los vecinos.  Era una muy pobre posibilidad, pero no se  me ocurría otra. Reculando lentamente y haciéndole creer que me podía (hasta dejé que me hiciera un tajo en el brazo) nos fuimos acercando hacia la puerta. La algarabía que armaban los secuaces del Negro era indescriptible, lo cual convenía a mis planes.

-Antes de matarte voy a decir algo muy cómico ¿sabés cual es mi nombre?...LUCINDO, ¿qué te parece?. Somos tocayos. Que broma ¿no?

Ya estábamos afuera del boliche y lo que acababa de decirme lo tomé como una burla, lo que hizo que odiara aún mas a mi rival.

Por el rabillo del ojo vi como se encendían algunas luces en las ventanas de las casas linderas y se oían ruidos de corridas. Viendo que se cumplía lo que había planeado arremetí contra mi "tocayo" logrando que se percatara que era yo el que tallaba ahora. El Negro se las veía en figurillas para parar la supremacía de mi ataque emitiendo un aullido cuando le tajeé la mejilla izquierda.  Ante la vista de su propia sangre se me vino al humo en ciega embestida. Lo esquivé con facilidad y al pasar trastabillando a mi lado le clave la muñeca haciéndole caer el cuchillo. Con una mirada de increíble estupor y barbotando palabras incoherentes intentó darse a la fuga pero no pudo, yo agarrándolo de la pechera y poniéndole la punta de mi  cuchillo en la garganta y le dije: -Y ahora Negro hijo de puta?

-Por favor favor Lucindo no me mates. Llevate a la negra, a tu hijo y todo lo que tengo, pero no me mates, por favor...Todo esto dicho entre medio de aterrados sollozos.

En ese momento pasaron por mi mente las felonías que me había hecho.  Mi vista se nubló y empecé a ver todo rojo.  Mi mano empezó a crisparse en la empuñadura de mi arma, cuando en ese momento...

- Ay pibe...

Esperando que continuara lo miré por el espejo y lo que vi me altero profundamente, no estaba, Lucindo había desaparecido. ¿Tata que pasó?

- No pasó nada Luchino. Lo afecto tanto el recuerdo que se diluyó pero no te preocupes ya vuelve.

Sin entender ni jota lo que me había dicho mi auto volví a mirar y ahí estaba mi pasajero. Se lo veía calmo pero con la mirada perdida, como si su espíritu estuviera muy lejos.

- Don Lucindo se siente bien?-

- Si pibe, no hay problema. Falta mucho?

Echando una mirada a la altura de  la Avenida Juan B. Justo le dije : - No, unas treinta cuadras. Después de la cancha de Vélez unas diez cuadras más. Pero, y después, que paso?

-En ese preciso momento, justo lo iba a degollar a ese mal nacido, justo ahí escuche a mi negra que con infinito terror me gritaba -¡Lucindo mirá lo mato a mi hijo!!

Las cosas se precipitaron a una velocidad increíble, girando sobre mi mismo veo a mi compañera llevando en brazos al niño que lloraba desconsolado abrazado a su madre de cuyo brazo manaba abundante sangre (se ve que la cuchillada dirigida al pibe la paró con su brazo), gritos, corridas y el sonido inconfundible del pito de los canas que se acercaban al lugar. Y aquí termina la historia: un intensísimo dolor en mi costado izquierdo me hizo volver mi atención al Negro, quien aprovechando esos segundos de distracción, se agachó a recoger su cuchillo y me lo clavó al costado de mi pecho.

-¡Perdiste, mierda, el Negro siempre gana!

Gritos, corridas, puteadas, todo esto lo percibía como a través de una espesa niebla, mientras me deslizaba al suelo.

-Lucindo Romualdo, mi amor, mi único- Alcancé a escuchar a mi amor mientras se arrodillaba a mi lado y acariciaba mi frente con una mano, la otra sostenía a mi hijo quien sonriendo mientras me miraba balbuceó muy bajito -Pa_pá?

Con esta imagen se me hizo la noche, la mas oscura noche...

-Pero, pero, ¿qué pasó? El Negro lo mató?  Sí pibe, me mató. Pero mirá ya estamos llegando, parate ahí, en esa casa la que tiene las rejas negras con florcitas blancas.-

Detuve al Tata frente a una antigua casa de esas tipo chorizo que tenía un pequeño jardín en su frente donde se encontraba un hombre muy anciano que se dedicaba a regar los rosales.

-Esperame, Luisito-, me dijo mientras se bajaba y acercándose a las rejas murmuró - ¿Como estás hijo de puta?-

El hombre se volvió sorprendido  y al verlo a Lucindo tiró la regadera que tenía en la mano y llevándose la mano al pecho exclamó con evidente terror -¿¡Vos!? ¿Pero de donde saliste?

El estruendo que producía el paso de varios camiones me impidió escuchar la respuesta de Lucindo. Solo veía como se descomponía el rostro del anciano mientras que gesticulaba como si negara lo que le decía mi pasajero.

-Ahora por fin podré descansar en paz- le dijo Lucindo al viejo

Esto lo escuche porque habían terminado de pasar los camiones.

El hombre se recostó en un árbol que había en el medio del jardín, deslizándose lentamente hasta quedar sentado en el suelo y con una mezcla de aullido y sollozo gritó

-¡¡¡NOOOO!!!

-Vamos pibe!- me dijo Lucindo al tiempo que subía a mi taxi.

-¿Pero quién era ese hombre?- le pregunté totalmente perplejo

-Ah, ese, era el Negro Amarilla

-Pero, como?...

-Te explico. Después que me achurara, los chafes, los canas lo metieron en gayola por muchos años, el Negro no solo ejercía la trata de blancas, sino también estaba metido en la droga y en las apuestas. Por buena conducta lo largaron a los veinte años y desde entonces se dedica a espectáculos tangueros y le fue muy bien. En cuanto a la negra volvió con sus padres allá en la Patagonia, nunca se casó, y mi hijo que es doctor y que ejerce en un pueblito entre dos montañas y muy cerca de un lago.  Ya me dio un nieto, que, mirá que casualidad, se llama como vos.-

- Pero, pero ¿como es posible que esté aquí, si, si usted está muerto- dije susurrando.

- Mira pibe, aunque te lo explicara no lo entenderías, todavía no estas preparado, pero que te baste saber que la muerte no existe. Somos espíritus y por lo tanto eternos. Esto que los humanos llamamos "vida" es una mera ilusión pero además es una escuela de aprendizaje. ¿O acaso entendes a tu auto? ¿No es que simplemente lo aceptás?           

-Si, es cierto. No lo entiendo pero lo acepto y también lo quiero mucho.-

-¡Bravo! ese es mi pollo. Bueno Luis aquí me bajo, ¿cuanto te debo?-.

Volviendo la vista hacia adelante me di cuenta que estábamos estacionados junto a una plaza. Asombrado me día cuenta que el Tata nos había llevado hasta allí. Y el reloj marcaba cero.

-Nada, don Lucindo me basta con haberlo conocido y su historia es mi propina-

-¡Chá que sos de ley pibe! Acepto tu regalo y te adelanto que te va a ir muy bien en la vida. Cuidate, o mejor dicho, dejate cuidar, ¿no es así Tata?-

Se escucho un "si" resignado proveniente del parlante de la radio.

-Se puso en verde arrancá dale- dijo el Tata

Mirando a mi alrededor me percato que estoy en punta de la plaza de Lanús donde subió mi pasajero, me inclino hacia el asiento trasero y no había nadie. Del cenicero del apoya brazo derecho asomaba una colilla de cigarrillo. Un coro de bocinazos me hizo arrancar el auto, mientras que un torbellino de pensamientos se atropellaban en mi cabeza.

¿Fue real?

¿Acaso lo soñé? Yo sentí su mano apretando mi hombro.

¿Que fue lo que pasó Tata?

-Cosas, señales, lecciones.¿Quién sabe?- dijo el Tata

Me vino a la mente la última frase de Lucindo

-¿Tata vos sos mi ángel de la guarda?-

-...-

-Tataaa...-

-No preguntes boludeces Luchino. Siempre el mismo tarado che...-

-Y vos el mismo sabelotodo que no sabe nada...-

-Sí, pero yo...-

Así seguimos todo el día discutiendo como siempre lo hacíamos, pero esta vez con elocuentes silencios que demostraban cuanto nos había afectado la experiencia vivida con nuestro primer pasajero del día.

Trabajamos muy bién esa jornada. Tan bién que me permitió el lujo de hacerlo lavar al Tata. Ahí me acorde del pucho, pero cuando fui a ver el cenicero, el muchacho del lavadero ya lo había aspirado. Renegando por haberme perdido la única prueba de la existencia de mi pasajero me fui haciendo a la idea de que fue un sueño.

A la mañana siguiente mientras desayunaba y todavía dándole vueltas a la experiencia del día anterior, la radio que hasta ese momento emitía los inmortales compases del tango Mano Blanca, se interrumpió con la excitada voz del locutor que decía: -Interrumpimos nuestra programación para dar una noticia de último momento "En el jardín de su casa sito en Juan B. Justo al 8400 de ésta capital se hallo muerto al famosísimo autor, compositor y productor de tantas obras de nuestro acerbo tanguero Don Lucindo Amarilla, más conocido como "El  Negro Amarilla". La más destacada de sus obras fue el tango "Una Historia Orillera" en donde narra el duelo de dos guapos por el amor de una mujer, curiosamente fue la única que firmo con el seudónimo de Félix Sol. El cadáver se encontraba sentado en el suelo de su jardín apoyado en el tronco de un árbol.

Lo más insólito de esto es la beatífica sonrisa que iluminaba su rostro.

Azorado apagué la radio y me vino a la memoria la frase de Don Lucindo: "Te digo pibe, que no vengo a vengarme del Negro, vengo a ayudarlo a ver si esta vez pasa de grado".

Lentamente me dirigí a donde me aguardaba el tata quien tenía abierta la puerta trasera derecha. Intrigado me acerque a cerrarla y fue entonces que en el piso se encontraba un pequeño bulto, al levantarlo veo que se trataba de un arrugado paquete de cigarrillos sin filtro en cuya marquilla se veía el dibujo de unas palmeras con la palabra Fontanares atravesada en diagonal. Sin dar crédito a lo que veía noto que lentamente se va esfumando dejando vacía la palma de mi mano.

Sin ánimo para intentar comprender lo que había visto, puse en marcha al Tata al tiempo que lo saludaba.

-Buen día Tata parece que va a ser un lindo día-

-No te hagás el boludo y acordate que hoy tenés que cambiarme el aceite-

-Pero si hace apenas tres semanas que te lo cambié-

-Si, pero ¿te olvidás del viajecito que hicimos el martes a Bahía Blanca?-

La rutinaria discusión que siempre manteníamos me indico que volvíamos a la normalidad.

¿Volvíamos a la normalidad?

                                                                                                                                                 FIN ?

                                                                                                                                             Luis Adolfo Redolfi.       18 de nov 2011

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