domingo, 22 de agosto de 2010

La noche de las Arañas – Ameijeiras

La Noche de las Arañas
Cuento Corto
Enrique Ameijeiras – El Bolsón (RN)


A pesar de la lluvia torrencial, el calor no cedía. Los limpiaparabrisas no daban abasto con su tarea. Sobre el pavimento, las gotas de agua rebotando y el vapor elevándose, daban la sensación de estar flotando sobre una nube de plomo.
Ya iba a caer la noche, a pesar que nada hacía presumir que aún fuera de día.
Avanzaba lentamente y mis nervios estaban a punto de estallar; El ruido ensordecedor de la lluvia sobre el techo, el de los chorros de agua contra el chasis y el maldito e hipnótico tic – tac del limpiaparabrisas me estaban matando. Al poco de sufrir tanta tensión, no veo un bache cubierto de agua, lo paso violentamente. Mi auto da un salto luego de un golpe brutal que me dolió a mí y se detiene el motor. Con la inercia avanzo unos metros más y cuidadosamente bajo a la banquina. ¡Ahora si que estoy jodido!- dije entre dientes. La lluvia, la soledad, el lúgubre panorama que me rodeaba, y mi decidida inoperancia para la mecánica, me hundieron en la butaca por unos instantes.
Cuando amainó el viento decidí hacer lo que la mayoría hace: abrir el capot, rascarme la cabeza y empezar por tocar cuanto cable, caño o aparatejo yaciera frente a mi. Por supuesto, nada anormal se veía a simple vista. Claro que el que no sabe es como el que no ve. «La pampa es grossa y la p... que lo re parió...» Esa era mi grito primate, cuando metía la mano entre metales muy calientes o cables engrasados. Entre toqueteada y puteada, subía al coche y le daba arranque, bombeando frenéticamente el acelerador.
Ya agotado de tanta tragedia, y sin lograr ningún resultado, me senté, puse mis manos en el volante y dejé caer mi cabeza sobre él. Un bocinazo me hizo dar un respingo. Por supuesto que no era otro coche sino yo mismo. – ¡Que cagazo! - grité exasperado. ¿Que más me puede pasar ahora? - gemí acongojado. Y la vida siempre te sorprende.  Nunca digas peor no puedo estar, por que siempre hay algo de imaginación en esta tierra vasta y generosa para joderte la vida: Frente de mi, en el parabrisas, a escasos 20 cm de mi nariz, como resbalando por la humedad, queriendo ascender, una tremenda, gordota, repugnante y rechoncha arañota. Si, una araña que, lejos de parecer una calcomanía, se movía pesadamente en tri dimensión. Un sudor frío corrió por mi frente, cuello y espalda, y no se si fue sudor u otra excreción lo que empapó mis calzoncillos.
Ahora, algunas apreciaciones:
1) soy aracnofóbico,
2) casi no había luz,
3) La bicha era realmente muy grande,
4) Nunca maté una araña en mi vida, solo, tal vez, con la indiferencia del cobarde que huye con sus piernas como ventilador por la carretera.
Con un hilo de esperanza volví a encender el limpiaparabrisas rogando que la araña estuviera del lado de afuera. Minga, estaba ahí, del lado de adentro, frente al conductor que a la sazón era yo.
No tardé un segundo en saltar del vehículo a la calle. Cerré de un golpe la puerta y a esa hora estaba más jodido todavía.
- Esto es el colmo. Solo en la Patagonia, casi llegando la noche, con una terrible araña Pollito, con su ocho patas y dos púas, esperando para clavarlas en mis trémulas carnes. ¿Qué más podía pasar?
Miré despacio dentro del auto, por suerte la luz interior estaba prendida. Ahí estaba, como una mano tensa, impaciente, tamborileando sus dedos. Di otro grito primate que me salió desde el centro mismo de mis entrañas. Decidí hacer algo, no podía quedarme allí parado.
Fui al baúl y busqué algo para matar la bestia. Me corrían por el cuerpo un centenar de patas peludas. Cada gota que surcaba mi rostro era contrarestado por un sopapo que me daba a lo bestia, pensando que era un insecto.
Abrí el baúl, había herramientas, un palo... Si un palo, ¿que menos? Ah! También una linterna, que bueno, ya era de noche. Me armé de coraje, cerré la tapa y me dirigí decidido a enfrentarme con el diablo.

Peor que ver una enorme araña es, no verla y saber que está allí, en alguna parte. No estaba más. Desde afuera recorrí con la luz de la linterna todo el frente, el techo, la consola, los asientos, el piso. Nada. No había caso, no estaba más. Seguro había encontrado un recoveco para hacer su nido.

¿Qué más, que más puede pasar? Gritaba enloquecido, mirando el cielo.
La lluvia era más suave; ni un puto coche pasaba por ahí, ni un camionero que me diera una mano.
Decidí caminar, dejar el puto auto en la puta carretera, con las llaves adentro, las luces prendidas y el parabrisas accionándose intermitentemente.
Como un autómata seguí mi sombra unos metros, pero algo fantasmagórico estaba sucediendo en ese instante: frente de mi y, no solo frente de mi sino, por todos lados, rodeándome, una espeluznante procesión de arácnidos tan groseros como mi copiloto, cruzando la ruta. Seres repugnantes, como una nube ponzoñosa queriéndome cubrir.
Presa de una ataraxia irreal, como un zombi que vuelve a su tumba, retorné a mi coche. No quise mirar que provocaba ese ruido a nueces rotas a cada paso.
Como quien sube una escalera, pisé primero el paragolpes, luego el capot, y de un salto subí al techo del coche. Con la linterna me golpeé, siempre "a lo bestia", mis pantalones, para desprender algún eventual arácnido. Ya estaba entregado a mi destino. La lluvia volvía y se iba a su antojo. La caravana era interminable. Por suerte, desde mi atalaya divisaba la superficie de mi vehículo, cuidando que las hordas no subieran por mi. Las luces iban atenuándose. La batería estaba por agotarse irremediablemente. Eran las tres de la mañana, cada tanto me estiraba y miraba el interior para localizar a mi involuntaria pasajera. Nada. Estaría durmiendo a ocho patas anchas.
Entre tiriteos, cabezazos y sobresaltos noto un resplandor en el horizonte. Si. Era mi salvador. Seguramente un grueso camionero, con brazos peludos y robustos, consecuente con esa tradición de ayudar a los menesterosos de la ruta.
Me paré y empecé a hacer señas con mis brazos, como si fuera difícil ver un loco empapado hasta las pelotas, a los saltos sobre un renault 12 blanco en el medio de la noche.
No fue un camión el vehículo salvador sino, un pequeño rodado que se estacionó frente de mi. Tampoco un “pícnico” chofer experimentado el que descendió del vehículo. Sino una pequeña, pero muy bien formada cuarentona que me miraba con sus ojos claros, como Favio Zerpa observaría atónito su primer contacto del tercer tipo.
Luego de unos segundos de titubeos y vanos devaneos, la curiosidad pudo más que el espanto y la frágil señora dio un paso hacia mi.
Cuidadole grité Hay arañas. Ella se sobresaltó , miró el pavimento y empezó a avanzar con cuidado, como Maya Pitziscaia en el cascanueces. ¿que le pasó? Me cuestionó sin retaceos. Me sentí un tanto incómodo. Ella de pie y yo sentado, con mis patitas colgando como un nene atemorizado, le hubiera pedido que me hiciera upa, de no haber sido la dama en cuestión de tamaño reducido. Pensé un instante en lo que hubiera pensado si hubiera llegado un grueso camionero en su lugar, ante un espectáculo tan peculiar.
Mire, tengo varios problemas: Se paró el coche y no lo puedo hacer arrancar, pero adentro, y no se donde, hay una araña gigante. Yo soy alérgico y....
-¿A ver? Dijo resuelta la muchacha y abrió la puerta delantera, se fijó, levantó las alfombras sin percatarse de mis escalofríos. Se tiró debajo de las butacas, me pidió la linterna y registro todo el coche. ¿Estás seguro que la viste? -Preguntó lo mas campante.
-Si, es enorme, estaba en la luneta delantera del lado del volante ....
Ahí está – dijo ansiosa- yo levante mis pies, me sentía muy ridículo pero no iba a hacer nada para disimular mi cagazo.
-Dame un pañuelo.
-¿Qué vas a hacer? – inquirí angustiado
-Dame un trapo o algo así... Rápido –ordenó
yo busque en mis bolsillo que eran muchos, -No tengo nada.
-No importa, aquí hay una franela.
-Esta mina está loca y yo me voy a desmayar. -pensé mientras me rascaba violentamente la nuca.
Estuvo un buen rato lidiando con la «pollito» por risueño que parezca el nombre; le hablaba con dulzura, le pedía por favor que se entregara, hasta que de repente el grito de Eureka.
-Ya está, hummm..., si que es un buen ejemplar. - Sacó su pequeño cuerpo de mi auto, blandiendo la amarilla franela. Con suavidad depositó en el piso la bicha que sin más, se perdió entre los yuyos, a la vera del camino en busca seguramente de su comparsa.
-Bueno, ahora ¿a ver si anda ésto? Lo dijo por mi coche. Se sentó y le dio marcha, no funcionó, se bajó como una ardilla, levantó el capot.
-¡aja! – gritó –Se desconectó un cable del distribuidor, debés tener el chasis roto, se movió el motor y se zafó este contacto.
Chino básico para mi. – A ver, a ver... – Se sentó nuevamente, le dio arranque, el motor giró pesadamente y arrancó. Yo seguía sentado en el techo de mi auto, solo que mi boca estaba más abierta que el capot del vehículo, me sentía tan ridículo pero feliz por escuchar el motor de mi abollado auto. Cerró el capot y yo mi boca. Me bajé de un salto no sin antes cerciorarme que ya había pasado la procesión "ochopática", me quedé mirándola a los ojos esperando que me dijera alguna ironía o algo que me humillara aún más. Lejos de eso, me dio la mano y me guiño un ojo.
quedate tranquilo, no tenés más arañas. El coche anda bien y ya esta por amanecer, andando un poco vas cargando la batería.
Debés pensar que soy un idiota... – le confesé
-No digas eso, te la bancaste muy bien. No es fácil lidiar con los miedos.
Bueno... Yo no lidié mucho que digamos, al contrario. Me hubiese quedado toda la vida aquí arriba de no ser por vos.
Me están esperando – dijo mirando su reloj.
Ah, si... Claro, gracias, muchas gracias... pero... ¿te debo algo? ¿qué puedo hacer por vos en agradecimiento?
Ella era hermosa, blanca, muy blanca, mucho más aún en contraste con la noche, su tapado negro, solo cortado por la hebilla roja de su cinturón.
Me tomó de las orejas con ambas manos y jaló suavemente hasta posar sus labios sobre los míos. Yo estaba muy confundido, pero me dejé llevar por la situación. La abracé tímidamente y ella enredó su pierna en la mía. Nos miramos un instante muy breve y volvió casi furiosa a besarme mientras con una mano desabrochaba la hebilla roja de su tapado negro.
Como explicar que, bajo ese tapado no había mas que un cuerpo desnudo, blanco como la nieve, pero fogoso y dulce como el azúcar.
No voy a continuar con el relato, por que no soy hombre jactancioso, y a juzgar por mi experiencia anterior, no fue mi masculinidad lo que deslumbró a mi compañera, lo dejo librado a tu imaginación y obviaré mencionar lo imaginable, por que no extrañé la horizontalidad, ni la propia desnudez para gozar de lo gozado.
Con mis labios recorrí su pequeña humanidad varias veces, ella usó mis piernas para mantenerse en pie. Las brisas abrasadoras de su aliento desbastaron mi piel y me sentí devorado por sus labios de fuego.
Que loco... Solos en la ruta, con los coches en marcha, sin lluvias copiosas, ni arañas indiscretas, los dos, al mismo tiempo amanecimos de placer como el día a nuestro alrededor.
Ella quedó como dormida en mis brazos y, aún así sus piernas aferradas a mi cintura no se desprendían. Caminé lentamente hasta su vehículo, abrí con cuidado la puerta y la deposité suavemente en la butaca del conductor. Aún era presa del éxtasis orgásmico y una sonrisa angelical iluminaba su rostro aniñado. No me sorprendió ver una pistola 9 mm en la guantera, viajar de noche por estas rutas inhóspitas es muy peligroso. Lo que si me conmovió era el titular del periódico de Río Negro, sobre el asiento del acompañante:
FRENÉTICA BÚSQUEDA DE LA VIUDA NEGRA: La policía sigue la pista de la misteriosa asesina conocida de esta forma por asesinar a sus ocasionales compañeros....."
No pude seguir leyendo. Un micro venía a toda velocidad, ella abrió sus ojos y me miró fríamente. Me erice y otra vez el sudor frío, la sensación de miles de arañas recorriendo mi piel. Me subí la bragueta y corrí hacia mi coche, subí, puse primera, al rato puse la cuarta y me alejé raudamente. Tras de mí, la viuda negra, las arañas, la lluvia, la noche, los miedos y la incertidumbre de saber si era o no era la asesina del camino, el tremendo misterio de saber si los miedos paralizantes nos cuidan o son sencillamente los asesinos de lo que pudo haber sido.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es un cuento con suspenso, conflictos, algo de humor, sensual....qué más? Yo creo firmemente que los miedos son astucias de la vida que nos previenen de traiciones impensadas, Guauuuu
Veo que te gusta el Yo autobiográfico (a mí también), es que sin querer nos escondemos allí, en ese narrador, A veces sacamos la cabeza sin querer y nos descubren... Lindo relato.
FGC

Enrique Carlos Ameijeiras dijo...

Gracias FGC, no me había fijado en eso del yo autobiográfico, pero puede ser que sea así en este cuento. Gracias por gritarme "Piedra Libre detrás de la viuda negra" ja ja
Enrique Ameijeiras