martes, 20 de julio de 2010

Nicolás Mascardi – González Carey

EL SUEÑO DEL JESUITA NICOLÁS MASCARDI

Fernando González Carey

image ( Texto ficcional en el que se relata cómo el sacerdote jesuita Nicolás Mascardi sueña que ha llegado a la legendaria ciudad de los Césares en la Patagonia austral (llamada Lin Lin por los aborígenes), antes de ser sacrificado por habitantes originarios el 5 de Febrero de 1673, en cercanías del valle del río Deseado.)

…Sus pasos desacomodaban al acólito Domingo (1) y lo obligaban a apurar la marcha. Mascardi, con el rostro desfigurado y las manos como tenazas sobre el gastado crucifijo de plata que pendía de su cuello, avanzaba con trancos decididos .

Pocas veces se detuvo, y observaba siempre el Occidente clavado entre cumbres, y era entonces cuando postrado en tierra clamaba con voz entrecortada por la fuerza necesaria y la palabra justa que abriera las conciencias perturbadas de los poyas que cerraban su camino.

Mientras oraba, olvidado de la presencia de su fiel acólito, caía la tarde sobre el lago que filtraba sus aguas por el río Deseado y entonces creyó divisar murallas y fosos (2) donde el infinito bosque de lengas, ñires y cohiues manchaban el sector occidental de la cordillera tantas veces superada, tantas veces caminada. Oteó con suma atención ese rincón, advirtiendo dos cerros que vestían de diamante y de oro sus cúspides y, en ángulo, las siluetas de las cúpulas de las torres y los techos de las casas.

Mascardi subió atropelladamente un cerro cercano y abrió sus ojos para llenarlos de una nueva arquitectura de templos, innumerables avenidas, palacios, fortificaciones y puentes levadizos. Todo era magnífico para él y el oro vestía las calles. Una gran cruz coronaba la iglesia mayor y los sones de la campana eran una música de alturas celestiales. Descendió corriendo para dar la buena nueva de haber encontrado la ciudad encantada llamada Lin Lin por los aborígenes, cuando advirtió la presencia de un nutrido grupo de sus habitantes, altos, blancos y barbados que vestían capas y sombreros con plumas, de anchas alas.

Sus armas mostraban la bruñida plata y calidad de los aceros españoles. Mascardi, atónito, creyó escuchar sus cantos y alcanzó a gritarle a Domingo que no podía resistirse a que lo alzaran en andas y lo llevaran entusiastas hacia la ciudad fantástica.

Creyó haber llegado, haber recuperado esa ciudad que había intranquilizado el sueño de tantos españoles que llegaban al Río de la Plata, o que venían del Perú o estaban en Chile. La ciudad que tantas expediciones militares habían buscado a través de la pampa ya estaba decididamente encontrada. Le llamó la atención a Mascardi que lo habitantes fuesen los mismos que la edificaron hacía más de un siglo y que nadie naciera ni muriera en ella, que nada pudiera igualar su felicidad. Los que allí llegaban perdían la memoria de lo que fueron mientras permanecían en ella, y si un día la dejaban se olvidaban de lo que habían visto. Interrogando a sus moradores, supo que no es dado a ningún viajero descubrirla, aunque la estuviera pisando.

Una niebla espesa se interponía siempre entre ella y el viajero, y la corriente de los ríos que la bañaban alejaban las embarcaciones que se aproximaban demasiado. El padre Nicolás les explicó a los fantásticos habitantes los inútiles esfuerzos por encontrarlos, pero éstos le aclararon para su conocimiento que solo al fin del mundo se habría de desencantar la ciudad, por lo cual nadie debía tratar de romper su secreto.

Cuando Domingo se acercó con premura al padre Nicolás para informarle que no muy lejos había indios poyas con dudosas intenciones de aceptarlo, él se incorporó súbitamente y trató de dibujar la situación. Bien sabía que esos paisanos de narices agujereadas y colgantes de chapas de metal y chaquiras colgando, que no habían oído su predicación ni querían que anduviese por sus tierras cordilleranas enseñando la doctrina del santo evangelio, eran un obstáculo serio para proseguir con sus objetivos.

Acarició varias veces la cruz plateada que llevaba sobre su pecho, tomó su mochila y preguntó por Manqueunai, cacique fiel y baqueano sin cuyo concurso difícilmente hubiera podido llegar hasta Punta Vírgenes, en las puertas del Estrecho de Magallanes el año anterior, y ahora hasta esas regiones cercanas al valle del río Deseado.

Le recomendó la caja de ornamentos sagrados que llevaban y se postró en oración. La tarde de aquel 5 de febrero de 1674 lo encontró madurando en sus labios la misma súplica que elevó al cielo en oportunidad de iniciar su actividad apostólica en su Misión del Nahuel Huapi: “dichoso yo si lograra derramar toda mi sangre por Cristo y así fecundar esta tierra hasta ahora estéril” (3)


 

Notas

(1) Muchacho que acompañaba al sacerdote, con funciones de monaguillo. Fue quien rescató el cuerpo del jesuita para llevarlo a la isla de Chiloé (Chile). Finalmente, Mascardi fue inhumado en la ciudad de Concepción, pero sus restos se han perdido debido a un terremoto que sufrió esa localidad. Posiblemente por esta circunstancia, la Iglesia no ha querido iniciar los trámites de santificación del jesuita.

(2) La Ciudad de los Césares (también denominada LIN LIN) fue un lugar fantástico que intranquilizó el sueño de los conquistadores españoles que llegaban al Río de la Plata, venían del Perú o estaban en Chile.. El nombre de “Ciudad de los Césares” le vendría por el capitán Francisco César, a quien Sebastián Gaboto comisionó para que reconociese nuevas tierras. El relato vivido por sus protagonistas constituyó una de las génesis del mito de la Ciudad Encantada, que fue ubicada en lugares que iban desde las pampas hasta la cordillera atlántica y la Patagonia austral.

(3) Si bien el relato es ficcional, debe aclararse que la narración se basa en hechos históricos extraídos de libros de autores como Diego Rosales, Milcíades Vignati, Guillermo Furlong, Pedro de Angelis y Clemente I. Dumrauf entre otros. Al no tratarse el presente relato de un texto estrictamente histórico, el autor considera que no es necesario perturbar al lector con precisiones acerca de las fuentes consultadas.

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sábado, 29 de mayo de 2010

Carlos Rey: Gracias por tu aporte a nuestra cultura

Recibimos la noticia que nunca quisimos escuchar, la muerte de un amigo nos enfrenta inevitablemente con nosotros mismos.  Miramos sin ver la tinta que quedó en el tintero, las hojas mudas de palabras que ya nunca se dirán.  Los espacios vacíos que jamás llenarán otras personas.

Ser escritor es muy honroso, pero si además, el escritor trabaja dura, gratuita y desinteresadamente en la difusión de la actividad literaria, es un ser imprescindible, aún cuando no se encuentre el reconocimiento justo, ni el apoyo de aquellos que se benefician aún sin haberlo solicitado.

Posiblemente, haya quien levante la pluma caída, digite la tecla y escriba obituarios. Posiblemente la tinta transparente de una lágrima escriba en su recorrido un homenaje al hombre de letras. 

Quizás un poeta encuentre una rima en la prosa de la fatalidad, y un coro declame sus versos en la despedida. 

Pero más allá de las palabras escritas, las libradas como bandada de pájaros en el cielo de los cafés literarios, algunos escuchen las nunca dichas, las nunca escritas y puedan sentir en la ausencia, la presencia de quien, seguramente nunca se irá.

Hermanos de las letras, nos ha dejado un amigo… Luego del justo minuto de silencio, los invito a estrechar aún más los vínculos con los que seguimos todavía en el caminos.

Un abrazo

Enrique Carlos

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miércoles, 28 de abril de 2010

LO PRIMERO ES LA NOTICIA- Rubén Mir

LO PRIMERO ES LA NOTICIA

image En afán de la primicia
la TV nos atosiga.                      
No importa a quien se persiga,
lo primero es la noticia.
Estamos todos inmersos
en un sistema perverso,
que nos lleva de la mano
a luchar contra otro hermano.
El terror y la violencia
ponen en evidencia
el fracaso y la ignominia
que imperan en la justicia.
La TV nos atosiga.
En afán de la noticia
No importa si es verdadera
o está llena de malicia.
Al rico porque es famoso,
al famoso porque es rico;
al pobre porque es visible,
al niño porque es vendible.
En un loco carrousel
ponen a un mismo nivel
al ladrón y a la justicia,
la familia y el burdel.
Pisotean la decencia,
desconocen la inocencia
por la urgencia de informar,
que los lleva a preguzgar.
En afán de la primicia
la TV nos atosiga.
No importa a quien se persiga...
lo primero es la noticia.

Un cordial abrazo patagonico.
Ruben Mir

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jueves, 15 de abril de 2010

Martha Perotto premiada en literatura infantil

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martes, 13 de abril de 2010

Secretos bien guardados – González Carey

Secretos bien guardados

Fernando González Carey

image

Eran las 9 de la mañana y ya el hombre estaba parado en la estación observando el arribo de los micros de larga distancia. Vestía bombacha, camisa floreada y botas de cuero. Una faja ancha rodeaba su cintura. De vez en cuando saludaba gentilmente, con una inclinación del cuerpo, llevándose la mano a la visera del sombrero. Más tarde, Feliciano Cuevas descubriría que llevaba un facón cruzado en la cintura.

El colectivo de la Línea Sur, muy distinto de los que arribaban a los andenes de la estación de Roca, era un micro que parecía un cascarudo. Sobre su techo viajaban valijas y bultos amarrados con cuerdas por todos lados. A medida que el pasaje iba ascendiendo, el chofer saludaba y controlaba los boletos.

Feliciano ya se había instalado junto a la ventanilla cuando el paisano que viera en la explanada se acomodó a su lado.

-Para dónde va, mi amigo, -preguntó Feliciano con el fin de iniciar una conversación.

-Pues al Cerro Policía, ¿conoce? -respondió el paisano y añadió-: vamos a tener un viaje largo y caluroso…

- La verdad -alcanzó a decir Feliciano acercando sus palabras al oído del otro (el ruido del motor era insoportable)-, es mi primer viaje por la línea Sur, voy a cobrar un dinero que me deben.

Ambos hombres guardaron silencio. El traqueteo del colectivo invitaba a echarse una siestita.

-Mi nombre es Paulino, -aclaró el paisano un tramo más adelante, cuando estaban llegando al puente de Paso Córdova.

-Feliciano Cuevas, a sus órdenes -contestó de inmediato su compañero de asiento, intuyendo que el viaje podría no resultar tan aburrido.

Después de cruzar el río Negro, la ruta asciende hacia el sur con curvas pronunciadas para luego instalarse sobre una meseta árida, surcada por extensos valles. El pequeño colectivo debió poner primera marcha y, una vez arriba, fue como si tomara aire y emprendiera un galope tendido. Feliciano comentó a su compañero de viaje sobre la inclemencia del tiempo. Ya promediaba enero y el calor castigaba fuerte a esa hora de la mañana.

- No está para andar caminando por este desierto, ¿no? -deslizó Feliciano señalando la vastedad de la meseta.

- A todo se acostumbra el hombre -respondió Paulino sin mirarlo y, tomándose todo su tiempo, apuntó-: aquí, en el campo, solemos soportar temperaturas muy altas. Usted estará al tanto del geólogo que días atrás se perdió por estos terrenos -Paulino sacudió la cabeza demostrando contrariedad-. Varios días estuvimos tras de él, marchaba en dirección equivocada a su campamento de base. Pobre hombre, sin agua, sin sombra, sin rumbo. Claro, acostumbrado a la vida de ciudad...

- Usted, Paulino, ¿estuvo en el contingente de búsqueda? -preguntó Feliciano.

- El comisionado de Cerro Policía nos llamó a mi hermano y a mí porque solemos rastrear animales perdidos en las sierras. Nos explicó el caso: que era hombre de ciudad, de unos 40 años, y que seguramente había perdido el rumbo. Ernesto, así se llamaba el geólogo -Paulino hacía pausas que a Feliciano le parecían interminables-. Había salido temprano aquella mañana, como es costumbre de hacer entre estos investigadores, pero nunca regresó. Entonces se dio el alerta a la policía de Roca, a grupos especiales -el paisano se alisó el bigote con sus dedos curtidos por el trabajo y la intemperie-. No resultó. Recién al cuarto día nos fueron a buscar -hizo un gesto desaprobatorio-, se acordaron un poco tarde. Era un 24 de Enero, recuerdo, y no llovía desde hacía mucho tiempo. Calor juerte pa’un hombre de ciudad… -volvió a menear la cabeza y repitió con cierto engreimiento-: Se acordaron muy tarde de nosotros. Igual hicimos la tarea… Teníamos muy pocas posibilidades de encontrarlo vivo; se lo advertimos al comisionado -se acomodó en el asiento y cruzó los brazos-. Sin agua, por estas vecindades, uno es hombre muerto.

A Feliciano le pareció que el paisano se sentía satisfecho por el fracaso de la búsqueda; al fin de cuentas habían recurrido a él y a su hermano cuando ya no quedaba nada por hacer.

Entre el ruido del motor y una radio mal sintonizada, le costaba entender a Paulino. Como tenía seca la garganta, buscó la cantimplora con agua fresca en su mochila, la sacó e invitó al compañero de viaje a tomar un trago. Después, siguieron la conversación.

- Con mi hermano no dudamos. Salimos bien montados, y cargamos bastante agua de reserva. Teníamos encargo del señor comisionado, en caso de que lo encontráramos, de que debíamos prender una hoguera, pa’que el humo los alertara y vinieran en auxilio. Nada de eso fue necesario.

- ¿Cómo es eso? -preguntó Feliciano alzando las cejas con ingenuidad, sabiendo muy bien qué había querido decir el otro.

- Pues… que nunca lo encontramos vivo. Hicimos todo lo que aprendimos en la vida pa’rastrearlo. Aquí, en el campo, mientras no llueva o no corra mucho viento, las huellas no se borran. Siempre se encuentra algo con que orientarse: brasas apagadas, ramas cortadas, ropa olvidada, pasos en busca de sombra; digo, porque con seguridad el geólogo habrá buscado algo de sombra pa’descansar… -sacó un cigarro del bolsillo de su camisa y, en lugar de encenderlo, se puso a mordisquearlo.

El colectivo tenía paradas irregulares y en todas partes subían paisanos cargando jaulas con gallinas y bolsas con productos de sus quintas.

-Van a tener una buena venta en el pueblo -dijo Paulino buscando un fósforo.

En la ruta un cartel indicaba que faltaban aún 50 kilómetros para llegar a Cerro Policía. Decidido a saber el fin de la historia del geólogo, Feliciano le confesó a Paulino lo extraño que resultaba que no hubiesen hallado rastros, así que lo apuró un poco.

- Paulino, ese hombre no pudo haberse esfumado -y se quedó mirando fijamente cómo el paisano prendía el cigarro.

- Con mi hermano levantamos un campamento en el lugar, resueltos a rastrillar bien la zona e hicimos cálculos inverosímiles de por dónde pudo haberse alejado… o arrastrado, porque le soy sincero: después de más de 30 kilómetros de marcha, de seguro el hombre ya había perdido el control de sus actos, la sed, el cansancio… -se detuvo como si se hubiese arrepentido de haber iniciado esa línea de pensamiento.

- ¿Por qué más? -preguntó ansioso Feliciano. Percibió que Paulino no estaba diciendo todo lo que sabía. Éste tardó en contestar, y sus palabras lo sorprendieron:

- ¡Por lo que pudo haber visto! Lo que nosotros encontramos, muy lejos del lugar de las últimas pisadas, fue un cuaderno, un diario personal, y un montón de güesos que sabrá Mandinga de quién serían. Francamente, apenas sabemos leer; además, era una letra borrosa, difícil de descifrar… El cuaderno fue a parar a manos del comisionado, y los güesos los enterraron detrás del cerro, cerca de donde estaban tirados.

-¿Qué decía la última página de ese diario? -inquirió Feliciano con inquietud, y observó que Paulino mostraba cierta resistencia a proseguir la conversación. Insistió-: ¿Cómo terminaba ese diario, Paulino?

- “Pisadas, pisadas raras… pisadas, pisadas raras…”

Después de estas palabras, ambos se sumieron en completo silencio. Feliciano miraba por la ventanilla y trataba de decodificar semejante respuesta.

Habían llegado a Cerro Policía y la mayor preocupación de Feliciano fue encontrarse con el comisionado, dejando de lado lo que venía a hacer: cobrar el dinero que le correspondía. No bien descendieron, Paulino saludó cortésmente y con paso apurado, ingresó a la pulpería.

Las palabras encontradas en el diario del geólogo quemaban los oídos de Feliciano. La actitud de Paulino, de no terminar de aclarar todo, fue un poderoso estímulo para seguir hurgando en aquella historia.

El comisionado era un hombre de unos sesenta años, bajo y ya casi calvo; tenía un carácter enérgico, dominante. Saludó a Feliciano sin ponerse de pie. Algo sorprendido por el motivo de la visita, hizo tomar asiento al recién llegado, y empezó a darle vueltas a la historia, tratando de obviar el final.

-¿Qué tan importante puede ser ese diario para rebobinar el calvario del geólogo? ¿Ud. encontró en él algún dato relevante? -preguntó Feliciano con voz calma, tratando de no herirlo en su orgullo.

-Mire -dijo encendiendo el enésimo cigarrillo al que tan sólo daba un par de pitadas y luego abandonaba- el cuaderno no contiene grandes precisiones sobre su destino final. Llaman la atención los últimos trazos que, por lo que me refiere, usted ya conoce… pero en nada nos ayudaron. Sabemos que su desorientación lo llevó a caminar más de 30 kilómetros hacia el Este, cuando debió ir hacia el Sudeste. Así lo indican las señales encontradas. El calor, la sed, el cansancio… seguramente pudieron más que su afán por reorientarse y regresar al campamento.

-¿Por qué “pisadas raras”? ¿Encontraron algo los rastreadores? -inquirió Feliciano sin mucha convicción de obtener una respuesta satisfactoria.

-Bueno, tenga en cuenta que el geólogo debería estar sin mucha conciencia por los efectos de la deshidratación… “pisadas raras”… Alucinaciones, vea don, no vale la pena considerarlo.

La respuesta tenía lógica, pero no lo conformaba.

Ya estaba Feliciano por averiguar los horarios del colectivo para emprender el regreso, cuando recordó que Paulino había enfilado rápido hacia la pulpería. Ahora o nunca, pensó, y se acercó a tomar unos tragos.

Más que una pulpería parecía ser una tienda de ramos generales. Un palenque para los caballos, cerca de la entrada, un mostrador reluciente y, detrás, infinidad de estantes con mercaderías de lo más variadas. Los paisanos, de pie y apoyados en el mostrador de bebidas, conversaban en susurros, sólo interrumpidos por la voz del dueño que iba solicitando el listado de las compras. Al fondo, derrumbados en una mesa, se hallaban Paulino y su hermano extendiendo la jornada con algunas copitas de ginebra. Paulino le hizo un gesto de saludo, pero que no guardaba intención de convite. Feliciano pidió una gaseosa con Gin y se acomodó junto a un viejo que bebía solo. El viejo, como es costumbre en los pueblos, lo saludó quitándose el sombrero y dijo:

- ¿Usted es el que está averiguando cosas?

- ¿Y usted, cómo sabe? -contestó a sabiendas de que mostraba las cartas del juego.

- Aquí se sabe todo, amigo -replicó sin mirarlo, con tono intimista.

Feliciano se acercó al oído del viejo y le preguntó en voz muy baja:

- Hable, hombre, qué me puede decir.

- Que pierde el tiempo con esos rastreadores. Si no se lo dijeron al comisionado, menos se lo van a decir a un extraño. Se han juramentado para guardar el secreto.

- ¿Qué se murmura en el pueblo?

- Que las pisadas eran largas y profundas, y que la osamenta que han enterrado no está completa.

- Pero… ¿de dónde venían, a dónde iban? Para algo son rastreadores…

- Es gente muy desconfiada.

- ¿Y el cuerpo?

- El esqueleto, querrá decir. Estaba irreconocible, no destrozado ni desgarrado, más bien… desarticulado -e hizo gestos firmes que traducían sus palabras.

- ¿Y por qué no lo desentierran y analizan la causa de su muerte?

El viejo se tomó todo el tiempo del mundo para contestar. Luego lo hizo mirando a su alrededor, temeroso de que alguien lo escuchara.

- La gente de lugar asegura que a la noche suceden cosas extrañas, como si ese finado emitiera luces desde su túmulo. Por eso nadie habla, y menos los dos hermanos que fueron los únicos que tuvieron contacto con el finado.

- Oiga, don, no me venga con esos cuentos de difuntos. Yo no creo un pito en apariciones -dijo Feliciano ofuscado ante la irracionalidad de las palabras del viejo. Un mutismo cargoso se produjo entre ellos, pero el otro con una sonrisa socarrona le largó un desafío imprevisto:

- Recorra el campo, todos conocen el lugar de las luces malas. Ande con cuidado, no sea cosa que, después, tengamos que ir a buscarlo a usted también…

Feliciano bebió el último trago sin decir nada, saludó con una breve inclinación de cabeza y salió como huyendo de la pulpería. Los dos hermanos rastreadores seguían sentados en el fondo y se incomodaron al ver esa salida tan apresurada.

A mí no me van a joder, se dijo ofuscado Feliciano.

Ya en la calle se dio cuenta de que en ese pueblo, él era un perfecto extraño, y que necesitaría ayuda para llevar a cabo la búsqueda. Enfiló hacia una capilla que enarbolaba una cruz frágil sobre su techo de paja. Encontró al cura rezando su breviario y no tuvo que esperar mucho para que le prestara atención.

- Dios lo bendiga, ¿qué hace un hombre de ciudad por estos pagos tan distantes de la civilización? -dijo el cura sin levantar la mirada de su rezo.

A Feliciano le gustó el tono bonachón del saludo, el humor que trasuntaba. Era un cura de pueblo, la imagen de don Camilo, del italiano Guareschi.

- Es que uno viene aquí como quien viaja a Japón, a orientarse un poco. -y sonrieron los dos en una tarde que ya se iba.

- ¿Sabe algo del geólogo perdido, padre?

- Hace un tiempito le recé una misa, pero sin cuerpo presente.

- Me dicen que los paisanos ven luces raras en su sepultura.

- ¿Usted cree? -y lo miró con los lentes bajos y una sonrisa que decía todo-. A mí, lo que me llama la atención, son las últimas palabras escritas en su diario acerca de las “pisadas raras”, y el silencio de los rastreadores; usted ya sabrá que se han juramentado para no decir nada.

Charlaron un rato más y, a causa de la insistencia de Feliciano en llegarse al lugar del que todos hablaban, el cura finalmente le indicó el rumbo.

- Vaya con la fresca mañana, hoy duerma tranquilo -aconsejó el cura despidiéndose.

Antes de que saliera el sol, Feliciano se puso en camino hacia el lugar en que, supuestamente, se habría perdido el geólogo. Si bien al principio descreía de las barbaridades oídas, a medida que iba subiendo y descendiendo cañadones, una mortificante duda hizo presa de él. Observaba todo con mucha atención y cuidado. De vez en cuando se daba vuelta para asegurarse de que nadie lo seguía. Su sombra se dibujaba vacilante cuando el sol ya atormentaba, así que puso su energía en buscar reparo. No fue fácil encontrar un chañar que le prodigara un mínimo refugio de frescura; por fin lo vio a lo lejos amarrado a una tierra estéril en medio de jarillas brotadas de la nada. Se sentó algo fatigado, preocupado e intranquilo. Para distraerse trató de recordar letras de canciones, pero nada le restituía la seguridad perdida.

Recostado en la arena, fue entrando en un sueño liviano. Cuando despertó, aparentemente todo seguía como antes, salvo un viento susurrante que se delizaba silbando entre las ramas del chañar. Feliciano se incorporó con premura y echó una mirada en derredor, pues le pareció estar viendo pisadas que antes no detectara. Pisadas largas y profundas…

El colectivo hacia Roca paró en Cerro Policía y ascendieron varios paisanos. Uno de ellos, de nombre Paulino, vestido con bombachas y ancha faja, saludó ceremoniosamente al chofer y fue a sentarse en primera fila. Una vez que el micro se puso en movimiento, estiró el cuerpo y con un tono intimista les dijo al que manejaba:

- Oiga, maestro, ¿sabe algo del caso del visitante que anduvo husmenado por aquí?

- Lo mismo que todos -contestó el chofer- es como si se lo hubiese tragado la tierra.

Una vieja emisora a transistores sonaba desde la parte trasera del colectivo y los paisanos seguían subiendo parada tras parada.

Paulino, mientras tanto, disfrutaba del viaje.

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viernes, 9 de abril de 2010

Por Siempre - Duarte

POR SIEMPRE

Nada puede derrumbarme
Ni cientos de otoños a tus pies
Ciprés valiente te veo
Como antaño supiste ser.
Contra el viento y el invierno
Dureza al afrontar
El cruel clima de la vida
Que te quita antes que dar.
Tus raíces profundas
Se agarran al mundo nativo
Del cual solo seremos
Un puñado de arena al pasar.
Nuestras miradas sostienen
El tiempo que puede ser
Sereno cuidador secreto
Del bosque por siempre seré.
Gabriel

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lunes, 22 de marzo de 2010

44 Magnum

44 MAGNUM
Por fin lo tenía conmigo...!!!
magnum44Meses de sacrificio para juntar peso a peso el montón de plata que pagué por él.

 

Y aún más terrible la espera tensa y frustrante hasta que llegaron los benditos papeles que me habilitaban formalmente a sentirme su dueño y usarlo a mi arbitrio y responsabilidad.

Al fin sentía en mi cuerpo el abrazo de la sobaquera y el peso inquietante de mi nuevo, poderoso e intimidante amigo: el 44 Mágnum. El sueño de todo “fierrero”. El revólver mas potente del universo.

Las ansias de probarlo, la sensación de poder y el saberme envidiado por más de uno, inflamaba mi ego y sentía como si hubiera crecido algunos centímetros... y hoy era el día señalado... hoy lo usaría por primera vez.

Mientras aguardaba, convenientemente resguardado, venían a mi memoria, agitando aún más la adrenalina, relatos escuchados en rueda de cazadores, allí donde al borde de una parrilla y al impulso del vino, a medida que avanza la charla crecen cada vez más las medidas y pesos de las piezas abatidas y la potencia brutal de las armas.

Allí se comentaba con admiración especial un esquivo trofeo, lo grande de su tamaño, sus defensas imponentes talladas por mil embates en la lucha diaria. La subsistencia lo había llenado de cicatrices. Los caminos recorridos le daban una respetable experiencia.

Nadie había logrado todavía vencer su astucia y su coraje. Su fama, irremediablemente, lo llevaría a la muerte, y la legendaria cacería alimentaría las trasnochadas sobremesas de los viernes o las ahumadas madrugadas de campamento. Yo soñaba con hacerlo.

La lluvia, tenue e intermitente, formaba lagunitas a mis pies que reflejaban las luces del atardecer como cristales brillantes que se desvanecían y volvían a formarse al impulso de la brisa.

Mientras aguardaba anhelante sentía a mi alrededor los tenues sonidos del entorno. El aroma de la tierra mojada entremezclado con la fragancia de las plantas que me rodeaban y repasaba una y mil veces la estrategia a emplear y la impaciencia que  me carcomía hacia que acariciara, inconscientemente, la culata de mi arma.

Cuando ya había perdido la noción del tiempo y sintiendo mi cuerpo dolorido por la tensión y la espera... Llegó.
Lo vi acercarse despacio, desconfiado, poderoso y bestial.

Su inmensa figura resaltaba con la última luz del día que lo iluminaba desde atrás.
Sus defensas descomunales y brillantes generaban reflejos restallantes.

Y su color...
Imposible describir su color, mezcla de cien matices diferentes.

Lentamente se fue acercando, como con desconfianza y guiñando los ojos amarillentos.

Me invadió su aroma penetrante de cuerpo caliente y en vibrante tensión; dispuesto a salir disparado nuevamente.

Y... por fin... estuvo a mi alcance...

Abandoné entonces mi refugio de la plaza y con un poderoso envión subí al ultimo escalón del viejo colectivo y pedí un boleto hasta el polígono del Tiro Federal.

Rubén Miguel Mir, Marzo 2010

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miércoles, 17 de marzo de 2010

Celos – Sergio Roda

CELOS

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El joven se volvió sombra entre las sombras, cuando vio que ella salía de su casa. La siguió decidido a todo sin ser advertido, hasta que finalmente llegaron a la intersección de su angustia. Alguien con una gabardina color arena la esperaba. Cuando lo vio se acercó sonriente y besó sus mejillas, tomándole ambas manos con cariño. La felicidad que irradiaban hizo que se volviera inestable. Sintió que su corazón drenaba cada gota de sangre hasta quedar convertido en una pasa. “Ajeno es todo lo que deseamos”. ¡Cuánta verdad había en esa frase! Está bien, él tenía la culpa por esperar tanto tiempo. Ahora dejaría de ser un imbécil. No permitiría que alguien más le quitara esa oportunidad.

Agazapado detrás de un puesto de revistas a sólo seis metros, y vigilando todos sus movimientos, esperó paciente. Fue un tiempo breve, pero el suficiente para que sus uñas quedaran melladas. Se contuvo de encender un cigarrillo para que el aroma no delatara su presencia. La espera llegó a su fin cuando la pareja caminó despacio hasta un pequeño restaurante. El mozo los ubicó en una mesa cercana a la vidriera y recibió el pedido. A veces se tomaban de las manos; otras, ella lo miraba con dulzura acomodando sus cabellos. Ese fue el pulsador que activó sus celos.

Su rostro se enrojeció de furia. Sin pensar rompió con su puño el escaparate de una zapatería; los vidrios delataron su presencia y comenzaron sus aullidos nocturnos al instante. La sangre brotaba en abundancia de sus nudillos pero la ignoró. La alarma activada era un cuchillo cortando una rebanada de silencio. La policía, atraída por el intenso alboroto, no tardaría en patrullar el lugar. Se agachó con un movimiento sigiloso, apresurándose a tomar lo necesario antes de correr protegido con el manto oscuro que lo beneficiaba. Camuflado detrás de un árbol, vio desde la vereda contraria a la mujer que rozaba la mano de su acompañante. La rabia hizo que el objeto extraído de aquel negocio provocara una profunda herida en su mano. No sentiría el dolor hasta más tarde, cuando su destino ya estuviese marcado.

Dos horas después salían y se dispuso a continuar jugando a los detectives, ayudado por el cielo que había cerrado los millones de ojos para no ser testigo de sus actos. Consiguió seguirlos dos cuadras antes de exaltarse. Cuando el hombre de la gabardina rodeó la cintura de su pareja, el enamorado se arrojó como un salvaje sobre él; cortándole el cuello y descargando puñaladas en varias partes de su cuerpo. La embestida sorpresiva menguó cualquier intento de defensa. El frenesí únicamente se detuvo cuando los gritos quedaron ahogados por el silencio. La víctima se desplomó como un espantapájaros.

Escapó arrepentido, pero a la vez una alegría lo embargó cuando un pensamiento picoteó su cabeza para anidar allí: Ella era libre... y ahora él tenía una ocasión más para conquistarla. Corrió algunos metros y volvió la mirada. No pudo evitarlo, su instinto lo obligó a hacerlo. Un hombre sostenía el cuerpo contra su pecho. Sus gritos pidiendo ayuda, roncos por la desesperación, atrajeron a un grupo de personas. Alguien manteniendo la calma hizo una llamada desde su propio teléfono. Fue testigo de los últimos espasmos y de un detalle que tardó en comprender. Una pierna asomó por debajo del abrigo. La pierna de una mujer... una mujer aún con esa gabardina color arena, ahora manchada de sangre, sobre los hombros.

Consciente de los hechos que ocurrieron, aunque su mente se negaba a aceptarlos, volvió...

Primero muy despacio; pronto apresuró el ritmo de sus pasos, sincronizándolos con sus acelerados latidos. Se detuvo y observó más cerca el cuerpo. Pensó, “No. No es ella, por suerte no es ella... ésta mujer es pelirroja”. Pero su instinto la reconoció con una sublime angustia. Sí, era; y no se había teñido sus cabellos dorados. Advirtió la sangre que manaba de las heridas. Las lágrimas impidieron su visión algunos segundos y al enjugarlas con el dorso de la mano dejó sobre su cara, un acentuado rastro rojizo.

La muchedumbre habitual, que jamás falta en un accidente, ya había concurrido al lugar para sentirse importante y tener algo que contar durante la semana. “Mirá la apuñalaron”, dijo una mujer con varios kilos de más. “¿Está muerta?”... “Creo que sí”... era el diálogo que mantenían dos jóvenes con aretes y pelo largo de color verde. Uno de ellos tenía tatuada la cruz svástica en la base del cuello. Lo vigilaba de cerca un hombre disfrazado de payaso. Su sonrisa melancólica, pintada no sólo en su exterior, expresaba una inconmensurable angustia; aunque sus pensamientos y pesares eran ajenos a la escena. La gente proseguía concentrándose en torno a la mujer herida. Un grupo de niños andrajosos se acercó cauteloso; para ver mejor se adelantaron a empujones con dificultad.

Y continuaban acercándose al cuerpo. Algunos para curiosear; otros expresando un profundo y sincero dolor por el destino que había hallado esa joven que ni siquiera conocían. Se sentía como hipnotizado. Sin entender lo ocurrido se agachó, todavía empuñando el agudo trozo triangular de vidrio, que había conseguido unos minutos antes. Todos depositaban su atención en los trágicos hechos. Un hombre quiso acercarse pero se arrepintió y desvió su camino, reanudando la ansiada búsqueda de un trago que pudiese salvar su vida. Nadie advertía la presencia, observándolo todo desde la otra calle; un anciano sonriendo con cinismo, oculto en las sombras formadas por la antigua sotana que vestía.

El joven no podía retener el llanto; permanecía en un mutismo anormal. Su rival, el hombre que lo incitó a cometer esa injusticia, levantó los ojos para emitir una plegaria... y sus miradas se encontraron frente a la verdad, actuando de intermediaria. Vio la sangre en su cara... en sus manos... mientras escuchaba sirenas en la lejanía. Vio el arma con la cual habían arrebatado de su vida a la mujer que más apreciaba en el mundo. Siempre lo había protegido y ahora, cuando necesitó su ayuda, no pudo hacer nada para evitar que le hicieran daño.

Las sirenas ya podían palparse. Llegó la ambulancia y un par de enfermeros bajaron desplegando una camilla. Luego de revisarla se miraron entre ellos negando con la cabeza. Tres policías hacían preguntas a los curiosos, para identificar al agresor.

El hombre que no se apartaba de ella, venció la angustia que tenía atravesada en la garganta y pudo regalarle a su oponente un grito envuelto en lágrimas.

- ¡Él! –Dijo señalándolo– ¡Él la mató! ¡El maldito la mató! ¡Él, mató a mi hermana!

SERGIO J. RODA

Extraído de “El Extraño Viejo de la Noche”

ISBN: 10:987-05-0674-7

DATOS DEL AUTOR

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jueves, 11 de marzo de 2010

DESCRIPCIÓN - Torres

DESCRIPCIÓN

Hay un hombre en la cabecera de la pista…

image

Ayudará saber que se traga el aire que viene del mar enfermo de sal…

da la espalda al conjunto de edificios que gobiernan el paisaje…

Hay hombres en ese conjunto de edificios que miran al hombre parado sobre la cabecera de su pista…

el hombre confluye desde una multitud de puntos apostados en las colinas…nódulos de prosperidad en la campiña… ¿el punto mas importante de todos…? el que esta sobre la cabecera de la pista 3. tres 6. seis. 0. cero…

TRASCRIPCIÓN

Estoy en la cabecera tres seis cero en un punto que conecta los nodos que pueblan las colinas… Lejos de los edificios los hombres miran… miran hacia aquí… la pista es larga pero también ancha… llegué hace unas horas… cruce la ruta y camine pasando por una serie de puntos que se conectan entre si a través de mis pasos… luego apareció la sed… mas tarde (pero tan solo unos segundos mas tarde) camine hasta la cabecera de la pista 360…

¿Es lógico suponer que hay un punto en uno ocho cero? Si!!! es lógico suponerlo… Entonces he de razonar del siguiente modo desde aquí este punto neural de la felicidad:

Supongamos ahora que formulamos una pregunta como posibilidad combinando los atributos dicotómicos que la presente situación sugiere: HAY OTRO EN 180 grados parado sobre un punto neurálgico de la sucesión de nódulos…

Puedo pensar que esa presencia no es obra del azar sino de la necesidad… que esta ahí, justo en frente de mi… puesto que soy el ocupante del primer punto neural de la sucesión, para traer compensación, para armonizar el sistema… El es el eje del extremo unoochocero y en tanto que yo soy el eje del treseiscero…

VARIACIÓN:

Las nubes comienzan a llegar desde el mar cubriendo de sombras las colinas arenosas salpicadas de pompas verde oscuro…

Hay otro hombre en la cabecera de la pista… en el otro extremo… luce una camisa negra con vivos rojos y cree estar ocupando un lugar importante en la larga serie que forman los nodos de la prosperidad… el piensa que ese punto encima del cual se para representa una interjección neural de la prosperidad… un ahhhh!!! De la prosperidad. La unión de las líneas silenciosas que pasan a través del desierto por los puntos ciegos asimilados en la colina que se juntan en la interjección del AHHHHHH!!!...

TRANSLITERACIÓN:

“Representar los signos de un sistema de escritura mediante los signos de otro…”

Si… hay uno sujeto alto en la tres seis cero y uno mas bajo en uno ocho cero… un cielo lleno de nubes oscuras y debajo el desierto articulado de arena y polvo de antiguas estrellas muertas… Entonces hay un sujeto en uno de los extremos que especula con la posibilidad de un sistema de ambiguación negativa… el cree estar en condiciones de producir sus propios pensamientos… su propia contemplación critica y refleja… además están las personas de los edificios…

ZOOM ÓPTICO DEL CONGLOMERADO

¿¿¿Mi nombre??? Soy Mónica empleada del bar… detesto a la gente que se para en las cabeceras de la pista y se quedan allí creyéndole antenas… siempre dicen lo mismo que son referencias insalvables de la prosperidad… líneas que unen puntos de igual prosperidad. Ellos dicen que sobre las cabeceras se posan puntos de gran intensidad… en donde hay interjecciones… yo creo que están locos y que tan solo son una molestia para las autoridades del aeropuerto…

Mi nombre es Aureliana… y trabajo en el aeropuerto desde 2016… mas o menos… no recuerdo bien ahora… ellos son dementes y mas molestos que las palomas o los megaroedores… no se porque no los liquidan…

ADAPTACIÓN

Puedo ver al sujeto e incluso puedo ver a Mónica hablar del sujeto… puedo ver sus interrelaciones en forma de grafo… SUJETO---MONICA---CONGLOMERADO---PISTA---CABECERA UNOCHOCERO---YO

Una simple articulación semántica… una red de sentidos… hiponimica, hiperonómica, meronímica… un conjunto de acciones lingüístico-narrativas o de elementos relacionados semánticamente mediante alguna relación de significado… No mas que eso…

CONTRAPOSICIÓN

Hay conjuntos V o de vértices del sistema formados en general por n elementos… los hay… se que los hay… esquemas de redes semánticas cruzándonos con sus lineas difusas… menoscabando nuestras entrañas a fuerza de trayectos y vectores… estructuras de testimonios en forma de nodos de prosperidad unidas por arcos que representan las relaciones entre los nódulos y entre los sujetos que se paran sobre los puntos álgidos del sistema… los sujetos neurálgicos… Se que los hay…

Y estas tu lector.

Que dispones de un conjunto de procedimientos de inferencia para operar sobre esta estructura que tienes entre tus manos llenas de caprichos semánticos….

Se que estas ahí lector eres el sujeto cree leer… no mas que otro nodo… un nodo dinámico que intenta darnos vida… un buscador de trayectos sobre como atravesar los puentes de Koningsberg…

La pista esta vacía hace horas que nadie se mueve que nadie habla… el hombre más alto piensa que debería hablarle al de traje negro y rojo. No hay aviones ni pájaros ni moscas ni abejorros en el aire… solo un tedioso conjunto de nubes densas y negras que creen invadir el desierto… los edificios de Mónica y Aureliana aumentan su temperatura, las trayectorias, compuestas de líneas punteadas, obstinadas, unen toda clase de puntos…

No hay nada real, salvo la sucesión de nódulos de la prosperidad y una lata de leche condensada en el segundo estante de un depósito del bar donde trabaja Mónica… la realidad.

¡¡¡Hay quienes quieren historias reales!!! Sin embargo

Una narración no es mas que un conjunto de signos combinados en función de unas cuantas reglas discretas… nodos de la prosperidad que buscan hombres para transformarlos en ejes de las líneas…

¿Quien quiere historias reales Libre de artificios……?

Toda vez que Artificio. (Del lat. artificĭum). Es decir en su primera acepción Arte, primor, ingenio o habilidad con que está hecho algo. En la segunda… Predominio de la elaboración artística sobre la naturalidad. En la tercera artefacto (ǁ máquina, aparato). || y finalmente Disimulo, cautela, doblez.

RESURRECCIÓN

Soy un hombre débil, pienso, que debe cavilar a cada instante sobre su condición sin haber logrado que el artefacto que me narra se emancipe de su propio YO… somos artefactos esperando que las líneas de igual prosperidad emerjan…

Si, digo yo, y también pienso, ARS FACTUS… eso debemos ser la “res cogitans” pendientes de las trayectorias y que la realidad se construya a si misma…

22:23 hs. La pista esta despejada.

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lunes, 8 de marzo de 2010

Silvia Clemente – Ronquillo y Valeria

image silvia_clementi_escritores42 Silvia Clemente

El Bolsón – Río Negro

Últimos libros editados

Ronquillo, el dragón

Esta es la historia de un dragón que vivía en un pueblito de montaña. Tenía una particularidad, roncar..., entre otras, pero el ronquido de un dragón no es fácil de ignorar por lo tanto en este libro sabremos por las peripecias que pasan Ronquillo y sus vecinos.

Es un poema escrito con letra cursiva de maestra.

Valeria, la duendecita de la Feria

Esta es la historia de Valeria y su amigo Tintín, un par de duendes que viven en el Cerro Amigo y disfrutan yendo a pasear a la Feria Regional, donde comen, juegan y hacen travesuras... Pero un día se encuentra con un gran problema y entre los seres mágicos y los humanos le darán solución.

Los dos libros son para leer y pintar

- Vale, Vale, despertate que vamos a llegar tarde… -decía Tintín mientras sacudía suavemente a su amiga tratando de despertarla.

- Sí, sí, ya me levanto -dijo mientras se estiraba y empujaba a un costado a un caracol que dormía profundamente dentro de su caparazón.

- Te dije Vale que hoy es un día muy especial, que llegan los payasos y los equilibristas en tela…

- ¡Sí, qué bueno!

El enorme tronco de coihue ahuecado ya hace muchísimos años, servía de casa a un par de duendes, por suerte estaba medio cubierto por la rosa mosqueta llena de flores y espinas impidiendo que visitas indiscretas los descubrieran.

Bajaron al pueblo correteando entre las picadas que descendían del Cerro Amigo.

Llegaron a la plaza donde se arma la Feria Regional y fueron directamente al puesto de Doña María quien siempre les dejaba un vasito con miel.

Luego salieron a recorrer la Feria mientras esperaban la llegada de los payasos.

Transitar entre los puestos no era tarea fácil en época de turismo pero la tentación de ver las piedras brillantes y de mil colores los atraía irresistiblemente.

- Vení Tintín a bailar conmigo, es muy divertido. "La lará, la gente viene y va"

- "Le leré, cuidado con los pies"

- "La ralá, qué risa que me da"

- "Le relé… ¡Cuidado no te ven!"

- ¡Divertite Tintín!

- ¿Qué te parece si vamos al puesto de los duendes?, ¡¡vamos apurate!!

Y salieron corriendo entre la multitud hasta llegar al lugar donde venden duendes, gnomos y hadas de todo tipo. Treparon rápidamente al puesto y se ubicaron entre las figuras mimetizándose con ellas.

- Mirá Tintín qué bonita ésa, se parece a mí, ¿viste?

- Shhh… callate Vale que ahí viene una turista. ¿La asustamos?

- Ji,ji,ji… no aguanto la risa

- Silencio… que te escuchará…

- Ahí viene, ahí viene...

- Dale… ¡Ahora!

- ¡Buuuuuuu!!!!!

Aparecieron saltando y agitando los brazos entre las estatuitas...

- ¡Qué susto se pegó! ¡Ja, ja, ja!

- Pero ves Tintín, después los humanos dicen que somos traviesos...

- ¡Y tienen razón! ¡Pobre señora... jamás hubiera imaginado que el duende se movería!

- Uh... mirá... le quebraste una oreja... pobrecito... -dijo Valeria besando cariñosamente al duendecito de cerámica..."

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domingo, 7 de marzo de 2010

El Debut - Gandulfo

El Debut

Estéban Gandulfo

Las Golondrinas – Lago Puelo – Chubut

gandulfo_golondrinas_escritores42

Eran otras épocas, no como ahora en que todos los pibes saben de sexo como para aprobar un doctorado. ¡Y las pendejas! Ni hablar.

Yo era muy boludo. No, gracias, no creo que fuera tanto un problema generacional. Yo estaba especialmente atrasado. Todos mentían, por supuesto, hasta un momento en que la embocaban en serio, y dejaban de mentir.

A veces te contaban las cosas con tantos detalles que vos te decías, no, este tipo no puede estar macaneando. Cuando los del equipo fueron a correr en el Panamericano, Panamá creo que fue, volvían con unas historias que te sentaban de culo: dos minas con un tipo, ahora vamos de a cuatro, y de premio el que acaba más veces sin sacarla no paga… Se ve que allí el tema de los quilombos estaba bien organizado y las putas se daban un banquetazo con los deportistas recién llegados, con las pelotas que le reventaban de hormonas.

Yo mentía, por supuesto… sí, en el barrio hay una piba que se deja con todos, y bueno, yo también le doy… pero mentira, por poco yo ni sabía por donde se le arrimaba al agujerito. No, si yo ya era grandecito. Trabajaba de cadete en una agencia de publicidad, que llevas un original, traés un cheque, buscas la pauta… trabajo de cadete, pasar taxi y viajar en colectivo o darle a pata. Entró una dibujante, Ana María se llamaba la guacha. Se llama, debe seguir viviendo. Un poco más grande que yo.

Súper callada, tímida diría. El tema era que formábamos una pareja casi obligada. Ninguno de los dos tenía novio, y éramos los más pibes del grupo. Yo me sentía como un sapo torpe, feo y pelotudazo. Ahora veo las fotos y digo ¡pero si tenía una facha de matar! Pero las cosas son así, no son como son sino como las sentís.

Ana María estaba bastante bien. Buenas tetas sobre todo. ¿Querés creer que yo todavía no le había metido mano a una teta? Para colmo era la época de los corpiños súper-armados, reduros. Vos sabías que la mina tenía mucha teta, pero de la calidad ni hablar.

Podía ser un flancito delicioso, o podía ser una operada de mamas que el carpintero del barrio, fabricante de baleros, le había hecho un parcito de madera balsa para que no le pesen mucho.

Ana María tenía tetas grandes, y antes de palparlas al desnudo, vos podías tener la esperanza de que fueran suaves, blandas y tersas.  Buena figura, mala sonrisa, de esos que se tapan la boca cuando sonríen, ocultando una ventana o dientes marrones. A Ana María yo la espié un tiempo, porque no iba a planear nada con una mina con un buraco en la boca o dientes marrones. El problema era que, simplemente, la sonrisa no era linda.  O mejor dicho, tenía una carita que daba mejor seria que sonriendo, y como ella también debía tener su mambo, se tapaba la boca cuando sonreía. Decile al gallego que traiga otra cerveza, bien fría que esta ya está caliente.

¿Ves?, en eso los brasileros son capos, tienen unos termitos que meten la botella, perdón, la garrafa adentro, y la podés estirar media hora, una horita, y vas tomando cerveza siempre fría. No Ana María no era brasilera, bestia, estoy hablando de la temperatura de la cerveza. El plan mío, porque tenía un plan, no es que fuera ingenuo, sino que era retorcido, complicado y torpe. Yo te conté que de chicos íbamos siempre a remar.

Y de adolescentes le seguimos dando. El hecho es que de tanto andar curioseando habíamos descubierto una casillita a la que nunca iba nadie, y nos metíamos a boludear.

No me acuerdo bien si era en el Abra Vieja o en el Pajarito… ¡Alzeimer tu hermana! Pelotudo, ¿No ves que pasaron como cincuenta años? Aparte ¿Qué tiene que ver el nombre del río? Yo te estoy haciendo un análisis cultural acerca de la adolescencia y el sexo y vos te detenés en pendejadas que no hacen ni a la historia ni a los conceptos… ¿Por donde iba? Bueno, el plan era que yo me la llevaba al río, como decía Federico, que antes sí leíamos poesía, y la recitábamos, y no como ahora que leen nada más que mensajitos, y en medio de una romántica soledad, yo hacía mi debut con Ana María, sin que ella advirtiera mi inexperiencia. Era un feriado nuestro, el día de la publicidad, y ella había aceptado la invitación para ir a remar, aunque nunca lo había hecho.

Las complicaciones venían de entrada: Porque ella vivía en la zona Sur, yo en el Oeste, y teníamos que ir al Norte. No, ni auto ni moto. Nada. ¡Eran otras épocas! ¿O vos tenías auto a los diecisiete? Nos encontramos en determinado punto y de allí en tren, que en aquel entonces se podía tomar el tren a Tigre.

El comienzo fue divertido, porque todo el mundo iba a laburar, y nosotros como unos bacanes salíamos de farra. El tiempo no estaba demasiado cómplice con las actividades planeadas. Otoño, supongo, no me acuerdo bien. Problema número uno: Como yo era socio cadete en el club, no podía sacar invitados, así que Ana María tendría que abordar el bote de contrabando.

La dejé en un muelle de las inmediaciones, esperame que ya vengo, fui al club a los repedos me cambié de ropa y saqué lo que se llama un par de paseo. Un botecito chico y finito, con un punto que rema en un carrito mirando para atrás, y el otro sentadito enfrentándolo, mirando para adelante, y con un par de soguitas manejando el timón, que como yo no tenía timonel en ese viaje, ni había calzado el timón. Ya en el agua, tenía que remar hasta donde estaba Ana María, sin que me junara desde la rampa el ñato del club, que sinó me daba la cana.

El rio estaba desierto, una colectiva bien lejos, una chata cargando sauces pop pop pop acercándose de a poco, agua tranquila. Solamente el arrime por la escalera del muelle delató que Ana María no tenía la menor experiencia náutica. De esos que te escoran el bote solamente con el cagazo. Bueno, con ella a bordo empecé a pegarle despacito hacia boca del rio, como para que la chica se fuera acostumbrando y ganando confianza.

Pero el rio estuvo tranquilo no más de diez minutos. Empezó a soplar la clásica sudestada: Se achataron las nubes, bajó la temperatura y empezó a venir aire fuerte del sudeste. Esa fue mi primera oportunidad perdida. Tendría que haber dicho: Bueno, ya conociste lo que es esto. Como se pone feo mejor nos vamos al cine. Con lo que habría evitado todas las desgracias subsecuentes ¿No te digo que era muy boludo? Bueno, sobre la actualidad no emito opinión, estoy hablando del pasado.

Seguí remando y en menos de media hora estaba en la boca del arroyo, ya te dije el Abra Vieja o el Pajarito. Y ahí empezó a llover. Dentro de mi cadena de imprevisiones no le había dicho, traé ropa para cambiarte, así que ambos empezamos a mojarnos, yo con mi pantaloncito y remera y la ropa en el bolso, y ella con lo único que traía puesto. Por suerte la casillita estaba ahí cerca y llegamos enseguida. Eso sí, desembarcar otra aventura porque el muellecito era minúsculo, y de esos hechos con sauce verde que brota todo, era como atravesar el monte para salir del bote, lo aseguré con un cabito al muelle y nos metimos dentro de la casilla.

Era una de esas de madera, elevada sobre columnas también de madera, precisamente por las sudestadas como esa que estaba empezando. Chiquita, una mesa, dos sillas, una catrera… Lo primero, prender un cigarrillo, porque yo fumaba… Y, unos cuantos años después. Ella debe seguir fumando, ahora sonrisa marrón garantizada, no, nabo lo digo en joda, ¡Yo que sé! Gallego, haceme un favor, traete un quesito… Prendimos un cigarrillo y yo traté de encaminar la situación: Soledad, río, lluvia sobre el techo, intimidad… Parecía que las cosas se habían vuelto favorables. Pero no. Ana María estaba tiritando y le castañeteaban los dientes. Como yo había remado como un descosido ni me enteré de que había refrescado de lo lindo.

¡Y esa era mi oportunidad! ¿Te das cuenta Tano? Ahí tendría que haberle dicho: Pero no Mamita no tengas frío, sacate la ropa que tenés mojada que yo te caliento toda, y no me interesa que tengas los dientes negros porque yo empiezo chupándote el culo, ¡Que hoy estoy para cualquier cosa! Pero no, yo a mi me habían dado el Master de Pelotudo en Harvard y lo único que se me ocurrio fue darle una remera mía, seca, que tenía en el bolso, para que se pusiera.

Y lo único que hice fue mirar de reojo cuando se cambiaba. No debía haberse mojado mucho porque se dejó el corpiño, y sus tetas seguían siendo una incógnita. Che ¿este queso está bueno? Tiene gusto a papa hervida… Gallego, por favor, traete un salame, con gusto a salame de ser posible… ¿querés? ¿Dónde andaba? No comer, no me acuerdo…

Aunque yo debía de haber llevado algo, porque fui morfón toda la vida. Ponele que llevé un pancito, o algunas galletas, o un salamito, mejor que éste, y para que sea medio simbólico para la situación. Digo, la cosa fálica que puede tener un salamín. Imaginate la escena: Joven pareja en una cabaña, por la ventana se ve un juncal, comiendo pan y salame y mirándose lujuriosamente a los ojos. Bergman: Un poroto. ¿Te acordás? El tipo hacía una película inocente y un ejército de críticos argentinos encontraba una tonelada de símbolos que dejaba al mismo Bergman rascándose la cabeza. Antonioni, ni hablar.

Yo me la imagino más onda neorrealismo, porque esa casillita era bastante miserable. Tipo Rocco y sus Hermanos, en que Alain Delon ¿O era Renato Salvatori? no se podía lavar la cara porque se le había congelado el agua de la palangana. No ahí ni baño había, literalmente: Los yuyos. Bueno…

¡Esperá un segundo! Claro, terminamos en la cama. Vestidos por el momento, y yo, dentro de mi boludez, me animé y le saqué el corpiño. Las tetas, al tacto, eran bastante buenas. Tetas generosas, suaves, maternas. Estaba medio como para quedarse a dormir un rato, pero no, las hormonas y el amor propio hacían lo suyo, y era cuestión de arremeter. Pero no pude: Ana María me dijo que estaba muerta de frío, no pareció que estuviera mintiendo.

Hasta yo mismo empecé a sentir la baja temperatura. Esa fue la segunda oportunidad de cancelar el ataque y emprender la retirada. Pero no, además de pelotudo, cabezón. Me dije, vamos a calentar el ambiente. Había una de esas estufas rusas: Un tacho de metal con una puerta para alimentarlo y un tiraje hacia arriba.

El problema es que no había leña a la vista, así que tuve que salir. Al bajar pude ver que el repunte, porque le llaman así cuando el agua sube con la sudestada, venía a los piques. Encontré unos tronquitos y me metí en la casilla a encender el fuego.

No te cuento el laburo que me costó porque sinó se nos va la tarde, primero que no encendía, después que parecía un ahumadero de arenques y al final, la rusa encendió de lo lindo. Pero la cama estaba medio lejos de la estufa, así que nos levantamos y pusimos el colchón a una distancia prudencial de la estufa, como para que nos diera calor.

Ahí traté de montarme a Ana María, pero yo era como la luna ¿viste? La mitad helada y la mitad que quema. Si vos mirabas para la rusa, nos veías a los dos de perfil, como los egipcios, y la mitad del lado de allá que se achicharraba, y la mitad del lado de acá: congelada. Hice un par de pruebas: misionero, perrito, pero no hubo caso, no la embocaba.

Mejor dicho, promediando una de las posiciones perdí el equilibrio y en mi inconciencia me apoyé en la rusa: Un bife de chorizo me quedó la mano. Un olor asqueroso y un dolor que ni te cuento: agua, aceite, de todo le metimos a la mano, y tenía que volver remando: figurate que diversión la mía. No te voy a aburrir a vos ni hacer sufrir a mí, porque me acuerdo y todavía me duele. El tema es que decidimos volver, manoteamos nuestras pertenencias y subimos al bote, que para ese entonces ya se había elevado casi al nivel de la casilla.

No me preguntes como hice para remar en esas condiciones ¿No te dije Tano que no me preguntaras? La cosa es que volvimos al muelle donde había subido Ana María y ella se bajó y yo seguí al club a devolver el bote y cambiarme… Galleguito ¿no te traés unas aceitunas por favor? Entonces, en el vestuario me avivo que me había olvidado el Lee blanco.

Estaban de moda, eran blue jean que en realidad eran white jean. Unos pantalones caros, muy de moda, andá a saber si no eran importados ¡Verdes! Y unas papitas fritas ya que venís… Así que me tuve que laburar al tipo del vestuario para que me consiguiera unos pantalones, unos tipo buzo de gimnasia me prestó.

Así, todo ridículo y con la mano vendada volví a mi casa. No, no hablábamos casi nada. Ves esa era una virtud de Ana María, hablaba poco, y en una mina, eso vale oro. Digamos, una tetona callada… Al fin de semana me voy a buscar los Lee y estaban hechos mierda, llenos de manchas barrosas, lo peor es que tuve que explicarle a mi vieja, que era quien me lavaba la ropa, y que se esforzaba infructuosamente en volver a dejarlos blancos.

En la escalera los había dejado apoyados, mejor que se los hubiera llevado el río… Y bueno, seguía preocupado, el amor propio ni te cuento, si hasta pensaba si yo no sería medio puto, pero no, los tipos no me atraían, me gustaban las pendejas.

Finalmente debuté, pero fue más adelante, otra vez te cuento porque sinó me voy a quedar sin temas. El problema es que no estaba sistematizada la iniciación. Sin ir más lejos, en Samoa…

Bueno, sí es lejos. En Samoa los veteranos instruyen a los que se inician. Clases prácticas digamos. Entonces los que tienen experiencia, se acuerdan y todavía pueden, les enseñan a los que no saben y quieren como locos, porque los pendejos están que se salen de la vaina en todo el mundo. Si aquí fuera así, a mi me habría agarrado una madurita canchera, y yo no tendría esta cicatriz en la palma de la mano, y de paso, yo ahora podría estar dando clases con alguna potranquita…

¡A tus hijas no las voy a tocar! Quedate tranquilo… A tus nietas en todo caso… ¡Pará! Largá la botella, te imaginás el titular de crónica “Reyerta entre borrachos en el bar del club Brisas del Plata arrojó un herido de arma blanca” si es que una botella de cerveza reventada contra el piso puede considerarse un arma blanca.

Sí Tano, la próxima vez te cuento como pude perder mi virginidad. Ahora, si te acordás, contame las memorias de tu debut. Gallego, otra cervecita… Fría por favor.

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sábado, 6 de marzo de 2010

EL CANTAR DE JAMUWARKA… - Torres

EL CANTAR DE JAMUWARKA…

image CANTO I

Henchida la memoria rebelde

Sembrada a la sombra húmeda y estupefacta de los maderos de un apartado ancladero…

Con las vísceras aun en la boca

Y los gritos del padre lacerando sus oídos…

Y la madre lejana, la cabeza negra entre los espigas rubias,

Los muslos enormes sosteniendo la mole fatal del trabajo

Las lagrimas acurrucadas en los ojos,

La sonrisa sepultada en la niñez

Hecha un recuerdo borroso…

Hincada la dignidad cabeza al piso

Y la selva eterna que la mira con recelo…

Lanzándole al rostro el escandaloso verdor de la tierra…

¿Hasta cuando beberás de este licor amargo del Chirri?

¿hasta cuando te dejaras sangrar las manos?

Ebria de miedo… mujer!!!

Te han quitado todo

Te han quitado todo

Hasta tu niño crecido en la humedad de la sombra

Te han quitado…

El vino prudente de los Cuios ya no esta en tu vaso amable

Y por el camino al Yacar solo la sombra retorcida de unos cuerpos…

Incendiada de odio únicamente la hierba vela la estirpe de los entrañables

En la reiterada soledad de tu maldita choza

Crece el humus negro del  desagravio…

Cuando te vejan, una y otra vez, por la tarde miserable, pues el patrón no trabaja y entonces no se cansa,

Germina la ponzoña con la que se nutre el humus negro del desquite

El deseo procaz de blandir la daga

Pone densa la sangre y turbia la vista

El acero perfecto que destroza piel, la carne, la venas, los huesos…

Se traslada henchido con mil abominaciones el odio hasta que sus músculos

Que se hacen una pasta blanda y dócil

Que puedes comer… regada de jerez.

Ya no están los amargos chuños mal colgando de las ramas del palo rosado

Ni tus hermanos jugando con las sonrisas…

No han dejado más que un éter de execración…

El aliento nauseabundo de sus bocas fermentadas

Las grietas en el alma de los otros niños…

Los que ya no son tus niños

Viajo el vástago

Al chile

Solo como perro

Viajo

Mas que por llegar por irse

De ver a la madre con la cabeza negra hundida en el trigo rubio

Con los muslos violentados

Con la frente sucia y la selva que la mira a fuerza de verdor…

Se ha ido el vástago

Al chile

Detrás de la huida

Se ha escapado

Solo por no ver más  a la madre

Cederle la choza al que le carga los muslos…

Cederle los muslos nuevamente…

Piedras sembradas en la conquista de su paso…

Ardorosas brasas bajo sus pies de selva

Ellas que saben esperar resignadas el tiempo exacto

En el que mataran el deseo del caminante

En que estrangularan por las piernas su sed de destino…

Mira a solas las  inflamadas porciones de horizonte con forma de serpiente

La extrema fragmentación del infinito

Que el sol no se anima a interrumpir…

Todo es soledad aquí, soledad y fluctuación.

Camina ahora el Pequeño devenido peregrino…

Quemando sus sueños y sus pies durante el día

Colmado de frío por la azulina marea de la noche

Se siente morir acribillado por los gélidos clérigos de la luna…

el frío de mármol romano con la cara de sus maestros

Que le imponían la lengua fría, la pálida vos que le comió el alma…

Camina el niño hacia chile

Desde Potosí

Dejando el monte de plata y barro coagulado en sangre y mercurio…

Camina sobre el hediondo recuerdo su madre lejana

Con los muslos como tapiz y tela…

Insolados de aliento…

¿Que mas puede hacer ese niño que camina sobre la piedra?

¿Qué mas que abandonar la buena selva?

¿Qué mas que llorar a su madre?

¿Qué mas que crecer chileno y rebelarse?

Habrá un destino para  Jamu

Sino perplejo de futuro…

Turbado en las sombras atiborradas de la selva

Su conciencia precoz obliterada en el pasado

Reventará al final del camino de las piedras

Y entonces será libre cuando lave los muslos  corrompidos

De su madre…

La doncella mestiza

La sucia aberración de la mixtura…

La hibrida caída como ángel…

Una Wallace y un Vilca…

El destino inicuo desafiado

La madre de dos mundos

Nacidos para la guerra…

Esta también ese odio pardo, de gusto ocre

Embebido de pena y dolor

El odio balsámico al grueso conquistador

al que tanto presume de su música de altares

Como de los gaznates cortados en nombre de dios…

Allí su cuerpo se amplio bajo el dominio eficaz del cielo chileno  

Allí ese niño de apenas 22 años

Alimento con la chicha

La memoria de la resistencia al inca y a la pacificación de la araucanía…

De allí salio Jamu,

Capsula hibrida en la atmósfera del tiempo…

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miércoles, 3 de marzo de 2010

Puel, Puel - Mir

puel

Ruben M. Mir
Cipolletti, Febrero 2010

PUEL - CANTO A LA VIDA
Puel... Puel... viene la lluvia,
Puel... Puel... viene del Este...
Puel... Puel... llega la vida...
otra vez nace mi flor celeste!!!

Con ella vuelve la primavera...
trae consigo esperanzas nuevas!!!
Crece la espiga, semilla el árbol...
Canta la vida... revive el campo!!!

Y en apretado abrazo de hermano,
quiero fundirme con mis paisanos...
que Puel nos traiga la lluvia mansa...
con eso basta... con eso alcanza...

Puel... Puel... viene la lluvia,
Puel... Puel... viene del Este...
Puel... Puel... llega la vida...
otra vez nace mi flor celeste!!!

Viva la vida, viva el amor...
viva la lluvia y la esperanza...
con eso basta...
con eso alcanza...

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miércoles, 24 de febrero de 2010

Amor entre Poetas - Matar

matar

AMOR ENTRE POETAS.

Nos encontró la vida escribiendo poesías…
     Te embriagaste en mis versos.  Yo necesitaba emborrarte en mis estrofas.
Entre mis libros se hilvanaron palabras escritas en carta de papel. Nos comprometidos con locura y en dueto transformamos nuestros versos en interminables versìculos de encuentros y desencuentros.
Detuviste el reloj de mi pulsera y me sentí dueña de tu espacio, inmovilicé el calendario de tus días y te profesaste amo de mi sitio…
       Marcamos territorio uno a otro en viceversa para encontrarnos nuevamente en armonía…
No fui yo ni fuiste vos… fuimos los dos que  buscamos geografía  para sorprendernos en permanente inspiración, enredando metàforas  de magia y sentimiento...
              En hechizos de pluma y algodón…
Nadie lo sabe, ambos lo ocultamos… te vestiste de duende yo de hada.
Fingimos travesuras en un paraíso imaginario de cuentos con verdades absolutas…
    Fuimos niños correteando inexistencias y adultos frente a frente leyendo borras de café…
¿En qué lugar estabas que mis versos te llegaban? Si yo escribía al amor inmaculado  y desde lejos le agregabas pentagramas de románticas canciones al azar…
… Me sorprendiste y te dejaste sorprender en los mensajes…
       Nos atrapamos nuevamente en poesía… documento de pasión entre poetas que se dejan querer en demencia de cosas que se dicen…
       de otras que se callan…

image

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martes, 16 de febrero de 2010

Y coleando… - Ameijeiras

imageNo te mueras nunca, gordo

Cuento Corto
Enrique Ameijeiras – Lago Puelo
Comarca Andina – Chubut y Río Negro

Un aroma extraño… Como el de sahumerios exóticos, denso, espeso, maderas de oriente.
Levanto mi rostro, cierro los ojos, como para ver en lo profundo de la memoria. Como un lobo perdido en la estepa.

Suena una campanilla electrónica; un mensaje de texto. Desciendo los pedestales de la plataforma del viaje astral y, displicente, pulso una tecla y se despliega: “Krlos el gordo se fue de gira. By”
Miro la ventana, la noche fría y tormentosa me devuelve espejos.
Vuelvo al mensaje, frío, codificado, pero contundente… Murió Carlitos, el Gordo Pope. Gran tipo, gran escritor. Cabrón y egotista, pero de gran corazón. Cultura amplia pero gente humilde. Gran hincha de Platense. Qué joda. Hace tres meses que no lo veía. Siempre dije que lo iba a visitar a la casa, pero por hache o por ve, lo postergaba.
La muerte precipita los remordimientos, hace prescribir las causas y nos deja como a Sísifo sin la piedra.
>Durante toda la noche, la presencia de la ausencia del gordo me hizo compañía. Quise escribir pero no pude, los recuerdos venían en ronda, y sonrisas mansas se instalaron en mi boca.
Puse música celta, me serví un whisky y me tiré en el sillón a desgranar el rosario de los recuerdos.
Inevitablemente, me pregunté quién sería el próximo. Desfilaron de uno los colegas del Grupo de escritores. A cada cual le ponía mentalmente cara de espanto y cuernitos en sus manos.  No pude hacer otra cosa que reír; Pero muchachos, alguien tiene que ser el que le siga.
¿Y quién fue el anterior? Elga, si pero ya estaba viejita, en cambio el gordo no llegaba a los sesenta. Bueno, estaba hecho mierda, mucha birra, pucho, y poco laburo en su vida; pero era un pibe, igual que yo, igual que casi la mayoría de los cumpas… A pesar que el loco Quintín se nos fue a los treinta y pico, pero bueno, la vida te la alquilan y no sabes cuando te rescinden el contrato.
La música se detiene.  Es raro, porque antes los casetes duraban 30 o 45 minutos, ahora los mp3 pueden sonar un sinfín de horas. Me levanto, verifico que el winamp tenga toda la música de la carpeta misdocumentos/mimusica/étnicas/celta. Vuelvo a pinchar el comando y la alegría de los duendes vuelve a inundar la cabaña. Sigue la música, los espejos y la noche lluviosa detrás.
Estiré la mano con el vaso vacío, el gélido cristal chocó contra el borde, arrancándole una nota aguda al silencio. Luego, una catarata ambarina lo inundó.>No quiero que me vengan con la pelotudes del velatorio, del café literario en su nombre, ni con la gacetilla/obituaria en los medios. No quiero que nadie me consuele, o se consuele con interminables collares de recuerdos. No quiero rescatarme de la culpa de no haber dado todo, ni permitir que alguno sublime su indolencia haciendo coronas de poemas, carrozas de prosas alusivas, ni capillas ardientes de cuento y verso. El gordo ya no está, y como el cuervo de Alan Poe, se ha posado en los dinteles tristes y sombríos del recuerdo.
¿A dónde van las almas, si es que hay alma en estos cubos de Carne?
¿Cuánto tiempo interfaz, aguarda en esta tierra, el espíritu descarnado, hasta partir, quién sabe a dónde?
Me discurría en estos pensamientos, si desatender el contenido de mi vaso cuando un golpeteo suave se hizo apenas audible. Alguien el la puerta. Que siga golpeando, hoy no estoy para sociabilizar. Las luces estaban apagadas, solo las lenguas ocre de la chimenea. Otra vez, pero los golpes tronaron interminables. Dejo el whisky en el piso, me levanto y refriego mis ojos para desalojar un par de lágrimas indiscretas. Tomo aire como para sumergirme en la realidad y abro violentamente la puerta. En el marco, como el retrato de un vampiro, aterradora la figura lúgubre del gordo, chorreando agua de lluvia, impertérrito y sorprendido por la violencia con que abrí la puerta.
– Gordo Puto ¿No te habías muerto vos?
– Si, estoy en eso, dijo y apartándome de su camino entró a la cabaña y pasó directo a la chimenea, con sonidos guturales se restregaba las manos frente a la llama. Yo parado, con la boca abierta y los ojos aterrados, observaba impávido la figura de ese fantasma tan real como repulsiva, tomándose el whisky de la botella sin preocuparle ensuciar mi encerado piso de madera con esas canoas embarradas y mojadas.
– Pasá, pasá nomás, le dije irónicamente, ¿Qué haces acá?
– Me estaba yendo a la costa con los libros, y me quedé empantanado antes de llegar a la ruta, estuve tratando de sacarlo pero me quedé sin batería, así que vine a pedirte la chata. ¿Tenés algo para comer?
– Si, en la cocina. Bueno gordo, bienvenido al mundo de los vivos, le dije mientras lo abrace cálidamente.
– Che, pará un cachito que todavía tengo rollo para rato. Ah, ¿te avisó Cachito que me iba de gira?
– Si, gordo, y ya te estaba extrañando. Vamos que te hago un churrasquito.
– ¿No te estarás haciendo puto vos?, me dijo mientras manoteaba la botella de whisky y se secaba la barba con la cortina.

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sábado, 6 de febrero de 2010

8Truchas y un guarda parques

Recuerdos Patagónicos:

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 Las ocho truchas y el guarda parques

Christian Valls – Buenos Aires

Habíamos llegado con mi familia a ese hermosísimo paraje llamado El Bolsón, que se divide en dos: al Norte la Provincia de Río Negro y al Sur la del Chubut.

Tal como acostumbraba hacerlo, nos hospedamos en la Hostería Steiner, ubicada justamente en el paralelo que divide a las dos provincias patagónicas.

Horas antes se había realizado el encuentro con la familia de Don Carlos, con quien nos habíamos citado para ese catorce de marzo a la entrada del pueblo, allí donde había una frondosa arboleda de nogales. Desde lo alto, viniendo de Bariloche, veníamos viendo aquel puntito blanco que era el Peugeot 404 , nuevecito y brillante, que nos esperaba según lo acordado quince días antes en Capital Federal, para las 14:30 hs. de aquel día. Yo miraba mi reloj pulsera cada vez que me lo permitían la sinuosidad del camino y el cuidadoso manejo a que esta me obligaba. Ya eran casi las dos y media y faltaban aún unos tres kilómetros... y el Peugeot de Don Carlos que exactamente a la hora indicada, comenzaba a moverse hacia el centro del pueblo... Tuve que correrlo como dos kilómetros para que Don Carlos, bajando el vidrio y muy serio me dijera: “Oiga Christian, quedamos a las dos y media y van a ser tres menos cuarto”. El detalle es que la cita se había concertado quince días antes y a 1700 kilómetros de distancia...

Bueno, ya hospedados y acomodadas las prendas y menesteres, me ocupé en mostrarles a mis amigos aquella maravilla de trabajo fecundo que a lo largo de los años había desarrollado Don Juan, ese austriaco buenazo y grandote que había arribado a la comarca de chiquitín, cuando su padre vino a trabajar de mecánico en la empresa inglesa que tendió el Ferrocarril de trocha ancha que llegaba hasta Ing. Jacobacci. Les mostré los corrales, las plantaciones de ciruelas, cerezos y guindos que limpios y bien cuidados abastecían de fruta a la cocina donde su esposa y dos hijas las transformaban en dulces, jaleas, mermeladas y riquísimas tortas. Y vieron también la usina, con su rueda Pelton movida por aquel chorrillo de agua desviado desde el Quemquemtreu, que estaba a no más de doscientos metros del fondo de la finca.

Durante la cena, decidimos que al siguiente día iríamos a conocer el lago Puelo, distante unos pocos kilómetros.

Y así fue.

Canasto con vituallas y equipo de mate.

Y una caña y reel de pesca que trajo Don Carlos, préstamo de su amigo el Dr. Miguel Copello.

Y acomodados en aquella orilla de canto rodado a la vera del Quemquemtreu que realmente cantarín y sonoro desembocaba en el lago, nos entretuvimos tomando fotos y mate. Nos acordamos luego de la caña de pescar. La armamos y elegimos una cucharita que nos pareció apropiada. E hicimos nuestros primeros lances, que las aguas rápidas llevaban en segundos hasta el lago. Pero lance y lance, cambios de señuelos varios y ni un pique...

En tanto el sol ya llegaba al mediodía y a la orilla del río unas poderosas truchas marrones proyectaban sus gordas sombras en el fondo pedregoso... Daba bronca verlas como muy orondas despreciaban y hasta cabeceaban la cucharita que le pasábamos por arriba.

En eso estábamos cuando llegó un muchachito al que habíamos visto en la hostería. Creo recordar que era un sobrino de Don Juan. Nos miró y sentenciosamente dijo: “Las truchas de por aquí no comen fierro”

-Y qué, entonces? Le pregunté.

Pruebe con lombrices, respondió.

-¿Lombrices? ¿Y dónde las consigo, aquí entre las piedras?

No, respondió. En los fondos de la Hostería. Venga conmigo.

Subimos a mi jeep y fuimos raudamente hasta lo de Steiner. Efectivamente: en un par de paladas cerca del chiquero, sacamos un puñado de gruesas y movedizas lombrices de tierra.

Con la lata y las lombrices volvimos al Puelo, donde esperaban las familias.

Y allí sin perder tiempo le pusimos un racimo de lombrices a los anzuelos dobles del señuelo.

Fue tirar y ahí nomás, donde las aguas del río se mezclaban con las del lago, se produjo el primer pique, fuerte y decidido. Y una primera arco iris fue traída hasta la orilla. La pusimos a la sombra de unos arbustos, tal vez de rosa mosqueta, porque el sol y el aire seco las transformaban en algo de aspecto fósil y poco apetecible en menos de una hora.

Era cierto: las truchas de por allí no comían hierro.

Y así en un rato, todas parejitas, ocho truchas fueron a la sombra.

Entretenido estaba cuando escucho el resoplar de un caballo sobre mi hombro izquierdo.

Medio asustado di la vuelta y me topé con un hombre de uniforme verde y sobrero aludo con insignia que me miraba desde las alturas.

–Hola, me dijo. ¿Qué tal la pesca?

Regular, le contesté. Las truchas están muy ariscas.

-Pero veo que ya ha pescado varias.

Sí, es verdad. Pero están ariscas.

Para ese entonces el señuelo se movía allá lejos, en la turbulencia que formaba la unión de las dos aguas.

Yo comencé a rogar que una trucha picara para dejarla comer las lombrices sin clavarla... Pero el pique se había cortado y nada pasaba. Nada más que el tiempo, que comenzó a estirarse y a latir en mis sienes.

Sabía muy bien que estaba en contravención y grave. No se permitía el uso de carnadas vivas. Solamente artificiales.

-Ajáh... – dijo el Guarda Parques.

-Parece que se cortó el pique...

Si, ¿Viooo? Argumenté tímidamente rogando en mi interior que alguna maldita trucha mordiera las lombrices...

Y al mismo tiempo imprimía al sedal cortitos tirones como para tentar a la más harta de las truchas.

Pero ni así...

Pasé de las oraciones a la otra punta. Las puteadas masculladas muy por lo bajito...

Y nada de nada...

Y aquel hombre de uniforme que desde la altura de su montura me observaba muy quieto y dueño de todo el tiempo del mundo.

-Le convendría cambiar el señuelo, don. Me dijo

-Las truchas se acostumbran a ver siempre el mismo y dejan de picar...

Sí, tal vez. Le respondí. Esperemos un poquito...

-Ajáh... Espetó lacónicamente el Guarda Parques, autoridad mayor por aquellos lares y en aquellos tiempos.

-Le digo que si recoge y lo cambia, tal vez vuelva la suerte...

Pero vea señor, le contesté. Hasta ahora me ha dado buen resultado. Y además ya probé los otros y no pasó nada. Y además este señuelo...

Y yo seguía soltando un poco de tanza y dando tironcitos. Pero ni una p. trucha se dignaba morder el señuelo, es decir las lombrices.

Y el caballo que de vez en cuando resoplaba y cambiaba de apoyo en sus patas como para decirme: “aquí seguimos estando”

Y llegó entonces el tan temido momento:

-Vea don, ya ha pasado bastante tiempo...¿Porqué no recoge?

Yo ya no tenía excusa.

Había gastado todo mi arsenal.

Y comencé entonces a recoger lentamente, rogando otra vez pero para que el señuelo se enganchara entre las piedras y poder así tirar y cortar el nylon...

Regularmente, casi diría todas las veces, recoger lento una cuchara en esos ríos es perderla por un enganche.

Pero, ¿Saben que esa vez no sucedió?

El Guarda parques tosió. El caballo resopló una vez más. El sol ya quemaba en ese día diáfano.

Mis manos transpiraban. Nadie hablaba. Detrás de mi imaginaba a un Don Carlos que desde la madurez de sus años contemplaba y disfrutaba todo como una obrita de teatro...

Y el señuelo llegó a la orilla, sin engancharse, y la cuchara con su ramillete de lombrices quedó exhibiéndose sobre una lisa y redonda piedra.

El Guarda Parques avanzó unos pasos con su cabalgadura, y sin apearse se agachó un poco y tomó el sedal, levantando el señuelo que llegó hasta sus manos...

Cuchara y lombrices. Ya ahogadas, pero lombrices al fin.

El ala de su sombrero ensombrecía más aún su cara...

-¿Y esto? Preguntó...

Dios me asista, pensé.

Y al instante, en aquel terrible momento se me ocurrió una estrategia salvadora a la que me aferré como náufrago a la tabla... Y dije:

¿Sabe Señor? Es un señuelo mixto...

Me pareció ver, aunque no lo juro, que aquel guarda parques serio y ceñudo, curtido por muchos vientos cordilleranos, esbozó una ligera sonrisa... Alenté la esperanza de haberle llegado por lo jocoso, recurso último de mi posición ya vencida.

Y tal vez así fue.

Porque aquel Guarda Parques, que luego supe se apellidaba Williams, descendiente seguramente de galeses, dijo:

-Vea don, si le aplico el reglamento de Parques, por pescar con carnada viva no solo debo confiscarle el equipo (que no era mío) sino además aplicarle una fuerte multa.

-Pero veo que son gente novata y porteños... me espetó despreciativamente.

-Así que por esta única vez, solo voy a confiscarle la pesca.

Y aquellas hermosas ocho truchas fueron a parar, con toda seguridad a la cocina de Williams.

Christian Valls

Febrero 4 de 2010

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domingo, 24 de enero de 2010

Micema - Blanco

Micema

Carlos Enrique Blanco

Cuento Corto

El Bolsón – Río Negro – Comarca Andina

escritores42 Me regalaron a mi gata hará ¿cuánto? ¿10 años? Tal vez más. O tal vez menos. Ya no puedo saberlo. Sí recuerdo que me la llevaron al departamento en el que vivía en la ciudad la tarde de un verano en el que las gomas de los autos se derretían sobre el pavimento, un verano en el que dormir era nadar y tratar de no ahogarse, un verano en el que el sudor se evaporaba antes de ser transpirado.

Llegó apaleada la pobrecita. Golpeada. A smash potato. Blanca, radiante, albina, pura o casi pura. Sus hermanos la odiaban, me dijo la veterinaria que me la regaló. La detestaban profundamente, agregó. Sentían un profundo desprecio por esta criatura, dijo y me convenció.

Le puse comida en un plato y leche en otro y comió y bebió y se escondió bajo el sillón durante 3 semanas. Sólo salía si sabía que no había nadie en el departamento. O salía cuando yo estaba cogiendo, lo que le daba tiempo para pasear y reconocer el lugar en el que, suponía, viviría durante el resto de su vida.

¿Cómo podría saber que estaba equivocada, que otros pisos, otras paredes, otras ventanas y otros balcones la esperaban?. Otros ruidos, otras calles, otros árboles, otras palomas, otras macetas donde recostarse y dar vueltas y remolonear y llenarse de tierra y perderse y caerse hacia la vereda desde la altura de aquel balcón, un viaje directo a las baldosas, viaje del que varias veces la rescaté, más por egoísmo que por su propio bien.

No sólo ella dejó aquel departamento que sería para siempre, para siempre. También yo tuve que hacerlo acuciado por las malos tiempos y las bajas recaudaciones, por las palabras sin filo y los papeles con manchas de café. Tuvimos que abandonarlo e instalarnos en lo de mi madre por algún tiempo.

Pronto sentí que había llegado el momento de largarme a andar por caminos de naranjas y chapas oxidadas, de árboles caídos y hojas de otoño, rutas sin destino ni carteles indicadores. Mi gata dejó de ser mía y pasó a ser de mi madre. No firmamos ningún papel ni documento ni manifiesto ni factura ni boleto de compraventa ni nada. Solo se quedó viviendo allí y así pasó a pertenecer a mi madre por simple abandono de su dueño natural.

Lo pasamos bien mientras vivimos juntos en aquel departamento, mi gata y yo. Se hizo conocida en el barrio. Es que mi gata, la gata de mi madre, es/era muy puta. Era la gata más puta de todas las gatas que conocí en mi vida, y he conocido, debo decirlo, muchas, muchísimas, tantas gatas que ya no las recuerdo a todas, aunque sí recuerdo que mi gata, la gata de mi madre, es/era entre todas esas gatas que conocí a lo largo de mi vida, la más puta de todas.

No la escuchaba quejarse con maullidos largos y dolorosos cuando algún gato la penetraba de manera furiosa, voraz, veloz. No mi gata, la gata de mi madre. Ella no. La escuchaba ronronear y atraer amantes desde diversas terrazas, vizcos siameses despeinados, enjutos albinos, gordos negrimanchados, marroncitos de cara simpática. Eso sí, mi gata, la gata de mi madre, era muy puta, pero nunca, nunca en su puta vida se dejaría tocar por un gato negro.

Una noche de insomnio, de estómago revuelto, de mucha fritura en el hígado, de mal aliento y calor estival ciudadano, ese calor estival que se diferencia del calor estival de pueblos junto a playas bañadas por mares lejanos y que se diferencia del calor estival en montañas más bajas que un cieloraso, podría asegurar, estaría en condiciones de afirmar, sería capaz de confirmar que, mientras respiraba caldo de aire y sopa de oxígeno, la vi fumando recostada sobre una pared junto a su amante más asiduo, il gattopardo. Creería que me vio y que por eso no llegué a tiempo para sacarle una foto con mi cámara reflex, una cámara de fotos antigua, una de esas cámaras que usaba algo llamado rollodefotos, rollodefotos que debía ser llevado a una casa de fotografía para ser revelado y disfrutado (o no). La cuestión es que tras esa noche me quedé en vela varias noches más, tratando de atraparla in situ, in fraganti, in pectore. Pero no hubo caso. Durante los días siguientes mi gata, la gata de mi madre, se comportó como una virgen camino el monasterio.

Mi gata, la gata de mi madre, tenía nombre. Siempre creí que yo se lo había dado, que fue mi labia divina la que eligió su nombre, su bautizo, su denominación humana. Mi gata, la gata de mi madre, me rebatió diciéndome que su nombre no le había sido dado ni por mí ni por nadie más, sino que ella sola lo había elegido una tarde que salí del departamento donde vivía, aquel departamento en que más de una vez me ahogué y resucité gracias a los conocimientos médicos de mi gran amor, gran amor que se convirtió en un gran amor porque, justamente, dejó de ser un gran amor cuando ella (mi gran amor) se fue diciéndome que me amaba pero que se iba porque sí, porque el nuestro era un gran amor, pero que todos los grandes amores debían terminar a lo grande o no terminar en lo absoluto, y que ella quería que terminara para que dejara de ser solo un gran amor y se convirtiera en el gran amor.

Pero volviendo a mi gata, la gata de mi madre, en aquella discusión que mantuvimos a la luz de una bombita de 60 watts, me decía que eligió su nombre una tarde en que salí de aquel departamento para hacer unas compras. Me fui esa tarde dejando el televisor encendido, como solía hacer cada vez que salía del departamento y según la gata de mi madre refería, el televisor encendido, una malsana costumbre fruto de mi paranoia y mi apego enfermizo a las cosas materiales: pensaba que si un caco o un ladrón o ambos llegaban a la puerta de mi departamento y escuchaban el sonido de la televisión pensarían que dentro había alguien y desistirían de intentar robar o sustraer o ambos, elementos de aquella propiedad. Creo que el sistema funcionó cientos o tal vez miles de veces o ambos, porque siempre que dejaba el televisor encendido cuando salía de cacería o de caza o ambos, al volver jamás me faltaba nada. Hoy sé que un sistema de seguridad tan básico no convencería o haría dudar o ambos a ningún caco o ladrón o ambos. Los criminales de hoy carecen de códigos.

Volviendo a mi gata, la gata de mi madre, al parecer esa tarde que ella citaba, dejé el televisor sintonizado en el canal Retro, ese canal que transmite día y noche series antiguas, series blanquinegras, series de los días en que nos daban la leche y nos castigaban por las malas notas prohibiéndonos prender el televisor para ver a Larry, Curly y Moe pegarse cascotazos. Habrá sido un domingo, que es el día en que los canales de este tipo programan maratones de alguna serie antigua. La serie que aquel domingo mi gata absorbió como un Alex en pleno proceso de reeducación fue "The avengers". De allí, según su teoría que no comparto, que su nombre oficial sea Miss Emma Peel. No discutí mucho el tema. No tiene sentido discutir con una gata cuando se empaca. En último caso, yo sé quién le puso ese nombre, aunque carezca de pruebas irrefutables para probarlo.

Desde la ruta me comunicaba regularmente con mi madre, quien, como ya expliqué, se convirtió en la dueña de mi gata, su gata. Lo hacía vía mail o correo electrónico y cada tanto, después de haber trabajado en alguna cosecha o en alguna fundición de acero o en la construcción de algún matadero, le hacía un llamado telefónico que le alegraba la tarde, hasta que volvía a sus preocupaciones diarias.

Recorrí rutas de nombres y direcciones diversos, anchas y angostas, pavimentadas y de ripio, de tierra, de piedra, caminos y senderos. Monté en camiones, autos, camionetas, motocicletas y en dos oportunidades, en carros tirados por caballos. Pagué boletos, invité almuerzos, meriendas y cenas; convidé cigarrillos y a un camionero que transportaba vacas de mirada extraviada, le leí, para que no se durmiera durante la noche, parte de un libro que cargaba en mi equipaje.

Fue un viaje largo y con muchas paradas. A veces viví solo, pero varias veces acompañado. Ninguna de aquellas compañías se convirtió en nada más importante que un albergue o una compañera de visita o una buena conocida. No escuché sollozos ni vi lágrimas derramadas al partir. Nunca miré atrás.

Finalmente recalé en el puerto de un pueblo sin ríos navegables ni mares cercanos, pero puerto al fin, uno de esos sitios donde hay dos clases de personas: quienes nacieron allí y quienes llegan escapando de algo. Y yo nací allí.

La comunicación con mi madre se tornó todo lo fluída que podía ser considerando la distancia que nos separaba. Ella me contaba de sus peripecias para alimentarse sin plantar especias en el piso del patio y yo le hablaba de los caminos de astillas y cáscaras de nueces quebradas que bañaban las laderas de las montañas. Siempre le preguntaba por mi gata, la gata de mi madre. Me decía que estaba muy bien pero que hacía rato que no iba de visita il gattopardo, y eso la extrañaba. Le parecía que entre mi gata, la gata de mi madre e il gattopardo había surgido algún tipo de desacuerdo que los había separado, según su opinión, "sólo por el momento".

Entré en la era moderna el día que compré un teléfono celular recuperado por alguien del pueblo/puerto de quien me había hecho, digamos, amigo, alguien que cargaba con la fama de ser un gran recuperador de elementos que no le pertenecían. "Funciona al pelo y está liberado" me dijo. Se me ocurrió preguntarle porqué había estado preso, pero no podía imaginarme qué clase de fechorías podría cometer un teléfono celular como para que alguien lo privara de su libertad, así que me abstuve de preguntar.

Con la llegada del celular, las novedades comenzaron a viajar en ambos sentidos con mayor asiduidad. Supe día a día cómo estaba mi gata, la gata de mi madre, cómo pasaba los otoños, los inviernos, los veranos. No las primaveras. Durante las primaveras mi madre prefería no contarme nada sobre mi gata, la gata de mi madre.

Una tarde recibí un mail donde mi madre me decía que se iba a visitar a mi hermano, quien llevaba varios años viviendo en el exterior y que pensaba quedarse con él entre 8 y 12 meses, por lo que había invitado a su amiga Analia para que se instalaran en su departamento de inmediato antes de que ella partiera y se quedaran allí durante el /ese tiempo en que se ausentaría de su casa, de su ciudad, de su país, de su continente.

Creo que pensó que yo me había olvidado de que Analía tenía una gata.

- ¿Y la gata de Analía?.

- Bueno...también se instalará con ella en casa.

- Ajá.

El día que partió me llamó desde el pie del avión. No escuché nada, solo ruido a turbinas, gritos, órdenes y maldiciones lejanas. Le dije chau, buen viaje, saludos, escriban, manden fruta y corté. Esa misma noche revisé mi casilla de correo en el ciber y encontré que mi madre me había enviado un mail más largo que los que solía enviarme, y que podía resumirse en:

- la gata de Analía y mi gata, la gata de mi madre (a quien a partir de ahora llamaremos Miss Emma) no se llevan nada bien.

- Miss Emma parece asustada, al borde de sufrir ataques de pánico.

- la gata de Analía (de quien mi madre no refería si tenía o no nombre) está enojadísima y se le notan "serias intenciones de matar, finiquitar, acabar con la vida de Miss Emma. Lo veo en sus ojos" (sic)

- para bien de ambos animales, Miss Emma será confinada a vivir en el cuarto de mi madre con salida al balcón y la gata de Analía vivirá en el resto del departamento.

Redacté un mail ofuscado y protestón, reclamando por los derechos de Miss Emma frente a la gata invasora, usurpadora, okupa recién llegada, un mail lleno de imprecaciones y palabras imprecisas, repleto de sonidos verborrágicos y onomatopeyas intraducibles. Al final, justo un segundo antes de apretar el botón de "send", borré todo el texto y escribí apenas un par de líneas, pidiéndole a mi madre que me enviara, en cuanto pudiera, la dirección de mail de Analía, para tener algún contacto más directo con quien sería la gatekeeper de Miss Emma durante los siguientes meses.

Comencé a comunicarme casi a diario con Analía, la amiga de mi madre que quedó a cargo de Miss Emma y del departamento. Analía, hermosa mujer que durante años afiebró mi cerebro, recalentó mi cráneo, hizo hervir los pelos de mi nuca, calores que se encargó de enfriar con su mirada helada y sus palabras de glaciar, resistiendo estoicamente mis embates, los embates de un adolescente más viejo que los demás, pero no lo suficientemente mayor como para que ella se dignara a bajarle la temperatura del termómetro de otra manera que no fuera vaciándole encima una cubetera recién sacada del freezer.

- ¿Cómo van Miss Emma y tu gata?.

- Pésimo.

Tenía un estilo de escritura minimalista Analía.

- Hola, ¿cómo va todo por allá?. ¿Los animales?.

- Mal.

Su forma de escribir suscinta nunca dejaba de sorprenderme

- ¿Y?. ¿Las gatas?.

- CEO

expresión que, después de intentar distintas opciones, opté por decidir que significaba "Como el orto".

- ¿Miss Emma vive?.

- Sí.

Finalmente llegó al grado más elevado del minimalismo cuando respondió a mi pregunta

- ¿Cómo siguen las cosas entre tu gata y Miss Emma?

con un

- .

Pasaron los meses y me olvidé de Miss Emma, desresponsabilizándome de interesarme en ella al visitar la iglesia local para pedirle a Dios que la cuidara y que se hiciera cargo de todo. Así tranquilicé mi conciencia y pude sacarme el tema de encima por un buen tiempo.

Mi madre regresó a su casa después de casi 11 meses en el exterior. Apenas unos días después de su vuelta, Analía se fue del departamento, porque, le dijo a mi madre, "me siento invadida por vos".

- ¿Se llevaron a la gata con ellas me imagino?.

- No.

- ¡¿Cómo que no?!.

- La gata de Analía se murió hace varios meses - me dijo. - Se enfermó de odio, se enfermó por no poder matar a Miss Emma, se contagió con el virus de su enojo, con su frustración ilimitada. Su saliva se volvió belladona. Se mordió, infectándose con su propio veneno. Luego sus dientes se dieron vuelta y se le clavaron en las encías. Dejó de comer. Pasaba las mañanas, las tardes y las noches trazando planes para atrapar a Miss Emma, planes que siempre fallaban. Veía a Miss Emma, vidrio de ventana de por medio, y se enloquecía. Gastó sus uñas tratando de atrapar aquella imagen del balcón y al no lograrlo, enloqueció de rabia. No dormía y caminaba de lado a lado como un león de zoológico esperando ver África en el horizonte. Al final enfermó y expiró su último aliento mientras señalaba aquella foto tan hermosa que vos le sacaste a Miss Emma y que yo colgué en una pared del living.

- ¿Y Miss Emma?.

- No derramó lágrimas.

- Entiendo.

- Pero tampoco se tomó revancha con Analía ni con Francisca. Las observó con respeto y a la distancia, me dijo Analía.

- ¿Ahora cómo está?.

- Libre de vuelta.

- ¿Hubo reencuentro?.

- No. Ahora sólo anda con gatos cachorros.

- Mandale saludos - dije. - Besos para vos. Chau - me despedí.

Me quedé allí parado en la cabina de teléfonos, viendo al sol hundirse en la cumbre de un cerro cercano. Miss Emma era libre de nuevo. El veneno no la había tocado. Era hora de emprender el regreso.

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